Foto de archivo de Pilar, regente del bar de Irueste (Guadalajara).

Foto de archivo de Pilar, regente del bar de Irueste (Guadalajara).

Sociedad

La resistencia del bar en la Castilla-La Mancha que se vacía: "Absorbe las funciones que tenían otros espacios"

Las tabernas "son los últimos establecimientos que cierran en los pueblos", resalta Javier Rueda, sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid.

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Villanueva es un pueblo de Albacete que no existe, pero conserva un bar abierto que es el centro de la vida social de sus pocos vecinos. Como pervive una taberna que articula lo que pasa, el municipio que Javier Rueda describe —y ha rebautizado con el extendido topónimo— se parece a otras tantas pequeñas localidades de Castilla-La Mancha.

El artículo Sabía yo que os encontraría aquí: el bar como dispositivo cultural en una zona de extrema despoblación de Castilla-La Mancha, publicado por Rueda el pasado año, recorre el potencial del bar para la cohesión social en las periferias de la región.

El profesor de la Universidad Complutense ha dedicado parte de su investigación académica al papel que estos recintos desempeñan en los municipios amenazados por la despoblación, un saber que ha desarrollado en diferentes publicaciones y compendiado en el ensayo Utopías de barra de bar.

La difícil resistencia del bar cuando la población mengua describe "una realidad que no es positiva en origen, pero que sí es buena en algunos de los efectos que provoca".

Los bares "son el último establecimiento que se cierra en los municipios", concluye Rueda. La caída poblacional que recorre a tantos, incluso el abandono de algunos de ellos, conlleva la pérdida de "otros negocios e instituciones públicas" que resultaban muy importantes para la vida pública.

Cuando cesa la actividad de la escuela o la farmacia, el bar del pueblo "lo que hace, en cierto modo, es absorber otras funciones que tenían estos espacios en el municipio".

Las tabernas desbordan su función primigenia para transformarse en estanco, administración de lotería, oficina de correos, espacio para la prestación de servicios sociales o centro cívico.

Las funciones que los servicios públicos dejan de ofertar, también algunas de índole privada, "las acaba asumiendo, de un modo u otro, el bar", añade el docente.

Rueda insiste en la cuestión de "por qué es el bar el último espacio que desaparece", mientras esboza la paradójica evolución que alimenta la resistencia de muchos negocios en los pueblos más pequeños: cuantos menos vecinos hay, más atribuciones recogen y servicios prestan.

Entre las actividades que estos establecimientos ganan, Rueda señala el caso de las personas que se dedican a labores de trabajo social o a los servicios sociales. "Cuando tienen que hacer algún tipo de intervención en un municipio pequeño, la oficina —normalmente— suele ser el bar".

Además, en los municipios más "pequeñitos, y sin que suponga una sustitución", la taberna se convierte en una suerte de "salón de plenos paralelo: es el lugar donde se suelen tomar las decisiones".

De la rutina al shock con el migrante

El investigador insiste en "lo rutinario del carácter del bar", una familiaridad que en las ciudades grandes y pequeñas se ha perdido por completo. Al respecto, describe "la forma en la que un vecino se actualiza, se informa de las novedades y noticias, se encuentra con la gente del pueblo".

Rueda pide "reconocer el carácter político que tienen los bares; no en un sentido peyorativo, sino descriptivo". Las asambleas cotidianas de los vecindarios con menos residentes se celebran en sus cantinas.

Sin embargo, las mujeres han representado, "históricamente, el ejemplo más claro" de exclusión de este espacio público. En la mayor parte de estas localidades minúsculas residen más hombres que mujeres, pero aquellas que viven en municipios de unos 300 o 400 habitantes "prefieren encontrarse en otro tipo de espacios" como bibliotecas, centros culturales o en las escuelas rurales reconvertidas en sedes para las asociaciones de mujeres.

Javier Rueda es profesor en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM.

Javier Rueda es profesor en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM.

El reto de "hacer más accesibles estos espacios" se adivina como la última barrera por derribar, un muro que, en todo caso, ya ha comenzado a agrietarse. "Cada vez más mujeres entran a estos establecimientos y no solo para acompañar al marido".

Más allá del género, muchos bares rurales "están sirviendo como espacios de integración comunitaria de personas migrantes". Rueda pone el foco en quienes entran a recuperar este negocio. Con carácter general, se trata de familias jóvenes llegadas de otros países que, al no encontrar una habitabilidad mínima en las grandes ciudades de España, marchan hacia los pueblos pequeñitos para hacerse con estos comercios.

El encuentro entre oriundos y forasteros desencadena un "cierto shock, no tanto racista, sino de encuentro con lo diferente, de cierta desconfianza hacia el que llega", agrega el sociólogo.

Pero el posterior avance de la coexistencia entre ambos grupos "rompe por completo muchísimos de los prejuicios que existen respecto al mundo rural", explica. "Parece que las ideas rupturistas y alternativas suelen venir de lo urbano: pero, en este caso, vemos modelos de convivencia muy interesantes a pequeña escala".

El porvenir del espacio rural; el presente del bar

El rescate de estos locales es una de las fórmulas que administraciones y expertos prescriben como antídoto frente a la despoblación.

Amén del bar, emergen iniciativas muy "voluntaristas", como la del neorrural que se va de la ciudad para rehabilitar un establecimiento y hacer una cuenta de Instagram. Estas ideas minoritarias "suelen tener poca incidencia".

Rueda también ahonda en la "vía clásica liberal o socialdemócrata" que incluye desgravaciones fiscales, ayudas directas, alquileres a precios bajos o pago de las facturas con ayuda de unas administraciones que, también en la búsqueda de nuevos dueños para sus bares, "asumen de facto la labor de servicio público que tienen estos establecimientos, aunque suelen ser negocios privados".

Rueda plantea a las instituciones la elaboración de un "repositorio de iniciativas que han funcionado" para que las propuestas de éxito en el mundo rural "no caigan en saco roto y estén conectadas". El profesor plantea un ejercicio de benchmarking que permita comparar resultados entre unos sitios y otros.

De vuelta a la taberna, profundiza en la brecha de tendencias que se observan en el campo y la ciudad. En los pueblos, muchos bares cierran aunque son importantes. En las ciudades "se transforman radicalmente y escapan de las propias dinámicas del consumidor".

Para los clientes que viven en las urbes más pobladas es "muy difícil tener un bar de referencia". Rueda advierte de los precios y la cambiante lógica de una hostelería centrada en las reservas y la gestión de los tiempos.

En lugares como Madrid, "la idea de irse de cañas es prácticamente imposible; cada vez es más difícil habitar los bares", lamenta.

Con carácter general, el número de licencias de establecimientos de bebidas baja, mientras crecen los locales dedicados a comida y restaurantes. Al mismo tiempo, disminuyen las empresas sin asalariados o con plantillas muy reducidas, y aumentan las que tienen entre diez y 50 trabajadores en nómina —lo que refleja una mayor concentración del sector en negocios medianos y grandes—.

La restauración, según el diagnóstico de Rueda, avanza hacia un modelo que se alimenta de la experiencia "más especial" que supone el comer o cenar fuera.

Entretanto, los bares del pueblo languidecen porque al recorte de los padrones municipales donde se ubican se suman las jubilaciones de muchísimas familias de las generaciones de los cincuenta o sesenta que alcanzan la edad de jubilación.

En cualquier caso, el bar se levanta como el último refugio para esas gentes que habitan las zonas más alejadas y que tienen en estos espacios un segundo hogar.