Santa María la Blanca de Toledo.

Santa María la Blanca de Toledo. Cultura Castilla-La Mancha.

Toledo

Toledo, el refugio voluntario de las prostitutas en Semana Santa durante el siglo XVI

Mujeres maltratadas, madres solteras y divorciadas recibieron ayuda en la capital castellanomanchega en el antiguo Beaterio de Santa María la Blanca.

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Hasta los edificios tuvieron diferentes vidas en la ciudad de las tres culturas. Ese fue el caso del Beaterio de Santa María la Blanca de Toledo, que pasó de ser la Sinagoga Mayor de la ciudad a convertirse en un Refugio de Penitencia a la que, voluntariamente, acudían las prostitutas durante la Cuaresma y la Semana Santa.

Mujeres maltratadas, madres solteras o aquellas que querían iniciar un divortium fueron algunas de las mujeres que, junto a las prostitutas, encontraron en el Toledo de la Edad Moderna un refugio en una época en la que no se les permitía ser, más allá de la voluntad de los hombres.

En el siglo XVI, la llegada de este tiempo litúrgico obligaba, por ley, al cierre de las mancebías, lo que provocaba que cientos de meretrices no tuvieran un lugar al que poder regresar. Durante esas fechas, muchas eran llevadas a 'casas honestas' y hospitales donde escuchaban misa, sermones y dedicaban tiempo a la oración con el fin de que dejasen atrás aquella vida de pecado.

Imagen de la vieja sinagoga convertida en iglesia.

Imagen de la vieja sinagoga convertida en iglesia. Cultura Castilla-La Mancha.

En pleno barrio judío, la que fuese la sinagoga más grande e importante de la ciudad pasó a convertirse, en 1411, en una iglesia cristiana católica adscrita a la Orden de Calatrava. Durante la Edad Moderna española, las mujeres no tenían más voz que la de sus maridos, padres o hermanos, las leyes no las amparaban y la protección para con ellas quedó en el olvido.

Ante la falta de espacios de amparo y conocedor de esta situación, en 1554 y de la mano del Cardenal Juan Martínez de Silíceo se creó el Beaterio de Santa María la Blanca bajo la advocación de Nuestra Señora de la Piedad.

Una institución que sirvió como refugio, durante más de un siglo, no solo para prostitutas, sino también para mujeres arrepentidas, aquellas que habían sufrido violencia o malos tratos, para las que habían sido abandonadas, las que se habían quedado sin dote, para madres solteras y para las que querían iniciar procesos de separación —el divortium estaba regulado en el Concilio de Trento—.

El Refugio de Penitencia promovía una vida de clausura, de aislamiento, dedicada a la oración, a la contemplación y a la reflexión. Pero también era un lugar en el que se les alfabetizaba, se les enseñaba a leer y se les ofrecía una segunda oportunidad.

Imagen de Santa María la Blanca de Toledo.

Imagen de Santa María la Blanca de Toledo. Cultura Castilla-La Mancha.

Durante más de un siglo, el beaterio se convirtió en la mano que les brindó ayuda. Las normas eran estrictas y claras: el aislamiento era parte esencial de la curación, una medida para alejarlas de las 'tentaciones' de sus vidas pasadas y para protegerlas de los dueños de los burdeles, los proxenetas. Las instruían en hilar, tejer y coser para formarlas en un oficio y en una fuente de sustento respetable.

Tras su ingreso en la institución, las mujeres podían pasar el tiempo que necesitasen, pero desde allí se las animaba a elegir una nueva vida cuyos senderos estaban marcados: vida contemplativa o matrimonio. En aquella época, las mujeres que iban a casarse debían poseer una dote, esa que ofrecían desde la institución a 'hombres honestos' de la ciudad gracias a las limosnas de las cofradías y de los nobles toledanos adinerados.

Había algunas que abrazaban la vida contemplativa y quedaban para siempre vistiendo el hábito. Estas eran normalmente mujeres mayores, aunque también había jóvenes, quienes hacían sus votos de castidad y obediencia y comenzaban una nueva vida dedicada a la oración como beatas o monjas de clausura.

En menor medida había un grupo de mujeres cuya nueva vida era la de servir en casas de familias cristianas de Toledo como criadas. Así se les ofrecía otra oportunidad digna de ganar un sueldo y empezar una nueva vida.

El fin del beaterio llegó cien años después, en 1666, cuando los fondos empezaron a escasear, los arzobispos dejaron de colaborar y la corte se trasladó a Madrid.