Montaje donde se observa un "tambor joya" y a Raúl en su taller.
Los Román, la familia que lleva 74 años ganándose la vida creando tambores joya: "Cada uno lleva más de 1.500 horas"
El artesano, cuarta generación del negocio, señala que estas piezas únicas pueden rondar los 5.000 euros por su minucioso trabajo.
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En Tobarra (Albacete), donde la tradición del tambor forma parte de la identidad colectiva y marca el pulso de la Semana Santa, el sonido no nace por casualidad. Detrás de cada redoble hay horas de trabajo, diseño minucioso y una herencia familiar que se transmite de padres a hijos.
Raúl Román representa ya la cuarta generación de un negocio artesanal que ha sabido mantener la esencia sin renunciar a la innovación. 'Tambores Román', con unos 74 años de historia, se ha convertido en todo un referente en la fabricación artesanal de tambores, gracias a la sabiduría de las manos que ensamblan cada pieza y al respeto absoluto por el oficio.
"Todo esto lo creó mi bisabuelo, le siguió mi abuelo, después mi padre —que es la tercera generación— y ahora estoy yo aprendiendo el oficio a su lado", explica el joven Román con una mezcla de orgullo y responsabilidad a EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha.
En su voz hay nostalgia, pero también determinación. Ha crecido entre virutas de aluminio, bocetos y el sonido constante de los bordones ajustándose. El taller no es solo su lugar de trabajo: es su casa.
Pieza única
La continuidad está asegurada, al menos por ahora. Raúl tiene claro que quiere seguir muchos años al frente del negocio. Y lo hace combinando la tradición con pequeños pasos hacia la modernización. "Prácticamente el 80 % de los tambores que hacemos son artesanales".
El aluminio es hoy el material principal de la estructura, mientras que los parches son de plástico o tapiz. Pero cuando se trata de un encargo especial —lo que ellos llaman un "tambor joya"— se trabaja en todos los detalles de manera manual.
Detalle de un "tambor joya" elaborado por Raúl y su familia.
"Ese tambor es 100 % artesanal. Lo diseñamos desde el principio hasta el final, desde que lo dibujamos en un papel hasta que empezamos a serrar y tallarlo en aluminio".
Cada "tambor joya" nace del diálogo con el cliente. Primero llega la idea, una orientación, un deseo. Después, el lápiz. Raúl dibuja a mano el diseño y lo somete a la aprobación del encargo.
"El cliente nos dice si quiere modificaciones o si está perfecto. El primer paso es que quede totalmente satisfecho antes de empezar a trabajar el material".
A partir de ahí comienza un proceso casi quirúrgico. Uno de estos tambores puede requerir alrededor de 1.523 horas de trabajo desde que se recibe el pedido hasta la entrega al cliente, contando todos los procesos de reposo. Sobre el papel, la elaboración equivaldría a dos meses y medio de jornada continua.
"No puedes echarle ocho horas al día durante meses. Es un trabajo muy delicado. Acabarías con los ojos y las manos destrozadas", confiesa cuando piensa en que es "casi imposible" prestar toda la dedicación a minuciosos detalles durante muchas horas seguidas.
Detalles minuciosos
Y aunque la estética deslumbra —grabados minuciosos, calados imposibles, santos y alegorías con un detalle que obliga a mirar con lupa—, para Raúl lo verdaderamente sagrado está en el interior.
"Nos centramos mucho en lo que hay dentro, que es lo que le da el sonido al tambor: la reductora". En su interior llevan 15 bordones dobles, 30 cuerdas a simple vista, que deben mantener un contacto exacto con el parche para lograr ese sonido agudo tan característico de Tobarra.
Raúl ensamblando las últimas piezas de un tambor en su taller.
Esa precisión marca también la diferencia entre un tambor de tamborada y uno de banda. "No tienen nada que ver. La principal diferencia es la estética y el sonido. Nuestros tambores son mucho más agudos. Las bandas necesitan un sonido distinto para sus marchas"
Además, los de banda incorporan desconectares, apagadores y una reductora distinta, más pequeña y colocada de otra forma.
El precio de un "tambor joya" refleja ese esfuerzo ya que puede rondar los 5.000 euros, dependiendo del nivel de detalle y de las horas invertidas.
De hecho, el grueso de las ventas corresponde a modelos más económicos, que permiten sostener el negocio. "Sería imposible vivir solo de los encargos de tambores joya que recibimos al año", admite.
Identidad rodante
Aunque Tobarra es su epicentro natural, los pedidos llegan desde distintos puntos de España. Comparten tradición con localidades cercanas y trabajan también para la Ruta del Tambor y el Bombo del Bajo Aragón. Reciben encargos de ciudades como Molina de Segura o Cartagena, tanto de particulares como de bandas.
El reconocimiento a su trabajo traspasó incluso el ámbito local cuando Raúl llevó uno de sus tambores al plató de 'El Hormiguero', el programa de Antena 3 liderado por Pablo Motos, hace apenas unos días.
Allí mostró ante millones de espectadores el resultado de más de 1.500 horas de dedicación. No era solo una pieza artesanal; era la historia de su familia convertida en sonido.
Tras la intensidad de cada Semana Santa, el taller se detiene. "El lunes de Mona nos toca respirar". Cierran durante un mes para descansar y empezar después a preparar la temporada siguiente. Con un proceso tan manual, no hay margen para improvisaciones de última hora.
Legado familiar
Raúl sabe que heredará pronto los mandos de forma definitiva. Y aunque su compromiso con la tradición es firme, también mira hacia adelante. "Nos preocupamos por innovar cada año, ya sea con nuevos colores o modelos. Y los tambores joya nunca serán iguales", explica.
En un mundo dominado por la producción en serie y la inmediatez, el taller de los Román demuestra que aún hay oficios donde el tiempo no se mide en minutos, sino en generaciones.
Allí, cada redoble empieza mucho antes de sonar: comienza en un papel en blanco, en el pulso firme de unas manos y en el legado silencioso de una familia que ha convertido el metal en emoción.