Pleiteras trabajando el esparto.
Las pleiteras conquistaron su independencia con el esparto y desafiaron al franquismo con la primera huelga de Albacete
Las esparteras consiguieron crear una incipiente red de independencia gracias al trabajo del esparto.
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En una tierra árida y seca donde las malas cosechas ponían en jaque la economía de toda una región, el milenario esparto fue ese oro áspero con raíces densas y profundas que las castellanomanchegas convirtieron, durante el siglo XX, en una artesanía autóctona que les permitió ganar independencia y aportar a la salud económica de la casa. En la provincia de Albacete las mujeres dedicadas al esparto se convirtieron en las primeras huelguistas que dijeron basta a los abusos que sufrieron en plena época franquista.
Esas raíces que durante milenios han fijado el suelo de La Mancha, fueron las mismas que, en manos de aquellas mujeres, confeccionaron una de las invisibles y primitivas redes de independencia femenina en forma de capazos, canastos, alforjas, esteras o alpargatas. Ellas fueron las esparteras, también conocidas como pleiteras.
Podría haber pasado a la historia como una planta silvestre más, pero la realidad es que el trabajo del esparto se convirtió en identidad, tradición, cultura y sustento para miles de familias durante décadas en una tierra cuya biografía siempre estuvo vinculada a una vida sencilla, al campo y a lo que este buenamente podía ofrecerles.
Mujeres trabajando el esparto.
Cuando la subsistencia dependía de la naturaleza, cualquier ingreso extra era bienvenido. Los hombres también formaron parte de la artesanía del esparto. Ellos hacían la parte físicamente más dura: recogían del campo la planta para que luego las mujeres la moldearan. Ellas, con determinación, fueron capaces de hacer prosperar un oficio que pasó a la historia, continuó de generación en generación y siguió dando beneficios.
Las castellanomanchegas crearon una nueva rama dentro de la artesanía de la región. Un recurso natural que sin grandes inversiones consiguió generar un flujo monetario prolongado en el tiempo y hacer que una labor se convirtiese, progresivamente, en un oficio que permitió la interacción entre pueblos.
Su labor dentro de los hogares no se descuidó. Las esparteras trabajaron el hilado, trenzado y cosido de las fibras desde casa, permitiéndoles compaginar su ineludible oficio de madres, amas de casa y esposas ejemplares con otro que les permitió aportar, ya fuese mucho o poco, a la economía de sus familias.
Familia tejiendo esparto.
En el interior del hogar, bajo el dintel de las puertas, en las aceras de sus casas, en los patios vecinales o dentro de los talleres, las pleiteras compartían técnicas, consejos y tiempo mientras cosían encargos e hilaban las fibras de una vida que estaba por prosperar gracias a su ingenio, habilidad y talento.
De madres a hijas, el oficio se aprendió observando, practicando, errando y dejando que manos expertas ayudasen a las nuevas a moldear un material tan duro como áspero. Aunque no siempre se reconoció como un trabajo, con el paso del tiempo se empezaron a crear en Castilla-La Mancha, más concretamente en las provincias de Albacete, Ciudad Real y Toledo, los primeros talleres y pequeñas industrias dedicadas al esparto.
Su trabajo vestía los pies descalzos con alpargatas, permitía a las mujeres engalanarse con bolsos y capazos, ordenar las casas con canastos o cestas, crear esteras para dar calidez en el frío del invierno, felpudos para dar la bienvenida o sillas para recibir vistas. Construir espuertas para trabajar en el campo, serones para los animales o los cinchos para ser el recipiente en el que se formaba el queso manchego.
Sin reconocimiento y con una compensación modesta, las esparteras consiguieron, por poco que fuera, ir tejiendo un colchón económico que les permitiese alzar la voz para que esta también se tuviera en cuenta a la hora de tomar decisiones. Porque, con el valor añadido que no contamina, el esparto fue el plástico de la antigüedad, ese que sirvió -y sirve- para todo y que ellas supieron verlo.
Las pleiteras no solo contribuyeron a la economía familiar, también aportaron valor a la de los pueblos, aldeas, provincias y a la propia Castilla-La Mancha.
La huelga de 1953
Para mediados del siglo XX, cuando el franquismo dominaba la geografía española, Albacete vio como una parte de sus mujeres protagonizaron la primera huelga documentada de la provincia en tiempos de dictadura. En 1953 las albaceteñas dijeron basta a los abusos y desigualdades que estaban sufriendo en la fábrica de esparto ubicada en el Paseo de la Cuba.
A manos de un empresario de Hellín, dicha industria se sostenía gracias al trabajo de cientos de mujeres que componían aquella plantilla. Sin embargo, las condiciones sobre las que estaban empleadas eran precarias e incluso abusivas.
Imagen del Paseo de la Cuba en los años 50.
A la cabeza de esta huelga y como enlace sindical figura el nombre de Isidora Ramírez. Ella lideró y acabó sin trabajo tras ser comunicadas las reivindicaciones al Sindicato Vertical. Su despido provocó crispación entre las mujeres que con sus manos sacaban a flote el trabajo de la fábrica.
Por ello, todas las compañeras de Isidora se manifestaron a las puertas del Sindicato Vertical y la Magistratura de Trabajo en señal de protesta por su despido indebido. Tras esperas angustiosas, incertidumbre, malestar y tensión, las esparteras consiguieron que gran parte de sus reivindicaciones se cumplieran.
El pasado en la actualidad
La llegada de la época estival saca del armario capazos, bolsos, y alpargatas, todo ello, hecho a base de esparto.
De esta manera, ese saber artesanal que nació a modo de ingreso de supervivencia, ha acabado convirtiéndose en parte de la identidad y cultura de toda una región y del estilo de miles de mujeres que apuestan por prendas o accesorios elaborados de esparto.