Imagen de un grupo folklórico bailando seguidillas.
El primer baile feminista fue manchego: las seguidillas permitieron a las mujeres ser protagonistas
En sus letras las mujeres expresaban con picardía lo que no podían en su día a día: amor, desamor, ausencias, costumbres y relaciones humanas.
Más información: Toledo, el refugio voluntario de las prostitutas en Semana Santa durante el siglo XVI
El folklore manchego tiene muchas ramas, pero si en una hay que fijarse es en la más antigua y la que más historia sostiene en cada letra, cada danza y cada acompañamiento musical: en las seguidillas manchegas.
Declaradas Bien de Interés Cultural en 2015, las seguidillas —también llamadas manchegas— no pueden entenderse sin las mujeres, quienes mientras amenizaban las horas de faena se convirtieron en autoras de estrofas que componen parte del repertorio que hoy conocemos.
Elegancia, rapidez, sincronía, poesía y energía son los ingredientes perfectos de unas manchegas que ponen a la mujer como figura principal de un baile en el que el contacto físico debía estar limitado. Esas mismas mujeres que ejercieron de guardianas transmitiendo de generación en generación, el ritmo, las letras y los pasos que componían y componen el baile regional que se extendió por España y algunas zonas del Sur de América.
Grabado de Gustave Doré, titulado: La danse improvisée (seguidilla manchega).
Al compás de la bandurria, las castañuelas, el laúd o la guitarra, las mujeres se engalanaban y se engalanan con los trajes de la seguidilla, la danza que les permitía ocupar un lugar de protagonismo perdido en su día a día. Esta rama del folclore manchego, cuyo origen se remonta al siglo XV, se convirtió en un espacio de expresión femenino.
Es sabido que, antiguamente, gran parte de la población de Castilla-La Mancha se dedicaba a las labores del campo. De hecho, lo hacían desde edad muy temprana, pues cuando el hambre apretaba, el número de manos que escarbaban la tierra, sembraban el alimento y recogían los frutos, siempre se quedaba corto. En la clase humilde, daba igual si eras hombre o mujer, había faena para todos.
No era un trabajo sencillo. Jornaleros y jornaleras pasaban largas horas trabajando con el cielo como techo de su fábrica al aire libre. La bóveda celeste, ya fuese coloreada por nubes en invierno o destellos de sol en verano, era testigo de cómo, especialmente las mujeres, intentaban amenizar las horas de trabajo al son de la música.
Trabajaban a la vez que componían, con el único objetivo de que las horas bajo el sol o la lluvia pasasen más rápidamente. Lo que no sabían es que estaban siendo las autoras de lo que se convertiría, años después, en un símbolo musical de la región. Desde el 10 de noviembre de 2015 las seguidillas se convirtieron en Bien de Interés Cultural dentro de la categoría de bien inmaterial.
Grupo folklórico bailando una seguidilla. La Seguidilla Manchega.
Las letras no sólo recogían estrofas hablando de la faena. Las seguidillas eran la forma de expresión de las mujeres, quienes hablaban de belleza, de lo que en público no decían, de cotidianidad, de las relaciones humanas, del amor y desamor, el matrimonio, de las ausencias y de costumbres. Ellas lo hacían con gracia, con picardía, con ingenio e intención. Su nombre es el resultado del estilo que lo caracteriza: lo seguidas que son sus estrofas y su música.
A las coplas las acompañan los bailes, lo que hace que una seguidilla sea completa. Un baile que varía según la región pero que mantiene intacto su espíritu vivo y de divertimento. Simples o compuestas —diferenciadas por tener las compuestas un estribillo—, las seguidillas se mantienen como uno de los bailes más antiguos y auténticos que han llegado hasta nuestros días gracias a la transmisión doméstica y oral, a lo que ellas se dedicaban.
No había fiesta en La Mancha sin que sonase una seguidilla, como aquella que podría considerarse la más conocida dentro y fuera de los límites de la región, que dice así: "A La Mancha manchega que hay mucho vino, mucho pan, mucho aceite, mucho tocino. Y si vas a la Mancha, no te alborotes, porque vas a la tierra de Don Quijote", y que se nos hace difícil leerla sin, inconscientemente, ponerle ritmo y entonación en nuestra cabeza.
Sinónimo de diversión pero también de espacio entre quienes la bailaban en parejas. Las seguidillas eran bailes de dos —podían ser mixto o no—, pero la diversión no debía confundirse con la falta de decoro. Un baile alegre, dinámico y muy rápido que permitía a hombres y mujeres bailar entre sí sin dejar de lado la modestia tan importante para la época.
Grupo folklórico bailando una seguidilla. La Seguidilla Manchega.
Las mujeres se vestían —y se visten— con blusas blancas o negras, corpiños ajustados de terciopelo o paño negro, refajos de lana adornados con bordados de rayas de colores muy vivos, que completaban con una 'faltriquera' o bolsillo oculto bajo el refajo y con un peinado muy específico y común: el moño de castaña —moño bajo trenzado en forma de cruz y decorado con un lazo—. A ello le sumaban un mandil, un mantón de franela, un pañuelo, medias blancas caladas y zapatos de tacón bajo.
Los hombres y mujeres bailaban enfrentados. Ellos se colocaban frente a las mujeres con los brazos en las caderas, y ellas, sosteniendo las miradas y sujetando las castañuelas con sus manos, marcaban el ritmo y los movimientos del baile mientras su mano derecha quedaba en la cadera. Las mujeres se encargaban de hacer bailar la elegancia en cada 'pasada', giro, pasos cruzados o 'bien paradas'.
Las seguidillas eran y son algo parecido a hacer bailar la poesía. Una rama del folclore manchego que lleva vivo 500 años y que combina la música, la canción y el baile mientras se mantiene fuerte, elegante, auténtico, cargado de expresión, picaresca e identidad.