La legislatura comenzó con un pacto que dependía de la amnistía, de negar toda la campaña e ideología del Partido Socialista, cambiar cada promesa de Sánchez y llamar —de golpe— a todo reconciliación y cambios de opinión.

Por aquel entonces parecía que los cuatro años estarían en manos del independentismo. Es evidente que en parte sigue siendo así, pero reconozcamos que no de la forma esperada. Se esperaban años y años hablando de cesiones, de los márgenes de la Constitución, del espíritu de la misma y de idas y venidas a la justicia. Es decir, la idea es que iban a ser años con la agenda marcada por Puigdemont.

Hoy, ya quisiera Sánchez que la agenda fuera esa. Seguimos hablando de Puigdemont y el independentismo mantiene el apoyo incondicional al Gobierno, pero no únicamente por la necesidad de cumplir promesas, sino por la tormenta electoral que parece estar esperando tras una puerta que ni el presidente quiere abrir ni los que le acompañan. Para los que han visto Juego de Tronos, es un poco como lo de Hodor.

Junts le trasladó a Zapatero la carta de incumplimientos, dejando claro que sabían que Sánchez había jugado con ellos y que les había prometido cualquier cosa mientras le invirtieran, sin tener en cuenta que realmente tuviera interés real por cumplir. No será porque no estaban avisados de los cambios y fluctuaciones políticas del presidente.

La vuelta de Puigdemont a España hubiera supuesto hace dos años y medio un escándalo, un cisma, un acalorado debate, una bronca de dimensiones épicas. Hoy, en cambio, se trata de un paso que podríamos considerar irrelevante en la escena política. ¿Cuál es la repercusión electoral del regreso? Junts tal vez crea que le ayudará frente al crecimiento de Alianza Catalana, pero ya es mucho creer. Para el resto, queda demasiado lejos.

A los que les parecía bien, les seguirá pareciendo perfecto. Como mucho lamentarán la lentitud del proceso y la forma en que la llamada reconciliación todavía no se ha podido desarrollar en su plenitud por los constantes recursos judiciales. A los que les indignaba, la catarata de causas, condenados e imputados socialistas les hace muy difícil arquear más las cejas de lo que ya las tienen. Ni Zapatero.

Sánchez ha robado el protagonismo judicial a Puigdemont, le ha quitado la bandera de decir que está perseguido por los jueces, por los medios, por la ultraderecha nacional (no la nacionalista, que con esa puede pactar sin problema). En el relato fantasioso, es imposible que haya más mártir que Sánchez, no hay nadie que sufra más lawfare, no hay más preso político que valga cuando parece que vas a ser líder en políticos presos.

Va a venir Puigdemont y se va a encontrar con un alumno que ha aplastado al maestro del victimismo, un presidente que se ha aferrado como a un tesoro la teoría de que todo lo tapa un buen discurso de persecución política y judicial.

Presuntos delitos de malversación y de desobediencia, eso es prácticamente todo lo que puede poner sobre la mesa el líder de Junts. Comparemos eso con la colección de delitos por los que se investiga hoy al entorno de Sánchez… Como para no amnistiar a Puigdemont.