Ilustración sobre los efectos del calor en las aulas.

Ilustración sobre los efectos del calor en las aulas.

El Comentario

A las once de la mañana, los niños y niñas ya estaban dentro del calor

Fernando Redondo
Publicada

El cambio climático ya no viene con bata blanca, gráfico de colores y voz de experto, porque ha dejado de necesitar intermediarios para explicarse. Se ha quitado el traje académico y ha entrado en clase, sin pedir permiso, sin llamar a la puerta, sin esperar a que nadie convoque una comisión, una mesa técnica o una reunión solemne donde todos pronuncien la palabra sostenibilidad con la debida compostura. Está ahí, sentado entre los pupitres, respirando sobre los cuadernos, pegándose a la piel de los niños y niñas como una advertencia. No hace falta viajar al futuro para encontrarlo ni esperar al parte meteorológico de las grandes tragedias. Basta con abrir la puerta de un aula pública de Toledo a media mañana.

Lo digo como padre de un niño del Colegio Público Ángel del Alcázar. Hace unos días fui a recoger a mi hijo para llevarlo al médico. Eran alrededor de las once, una hora todavía escolar, todavía limpia, todavía lejos del plomo de la tarde, cuando uno supondría que el día aún no ha descargado toda su dureza sobre los edificios. No iba a inspeccionar nada, ni a buscar una denuncia, ni a encontrar una frase para escribirla después. Entré como entra un padre que va a buscar a su hijo, crucé el pasillo, llegué al aula y allí estaba la realidad, con esa claridad brutal que tienen las cosas cuando ya no admiten maquillaje: el aula ardía, y dentro estaban los niños y niñas.

No exagero, porque la exageración es mala literatura cuando la verdad se basta sola. Aquello no era el calor pintoresco de Toledo, ese calor de piedra antigua y chascarrillo resignado que algunos utilizan como salvoconducto para no hacer nada, ni tampoco una incomodidad de temporada que pueda despacharse con dos frases y un encogimiento de hombros. Era otra cosa: una temperatura impropia, cerrada, densa, enemiga del aprendizaje; un aire fatigado antes que los propios niños y niñas; una clase convertida en prueba de resistencia a las once de la mañana, cuando todavía quedaba jornada, cuando todavía quedaban explicaciones, tareas, patio, convivencia, cansancio y esfuerzo.

Hay una España muy aficionada a contestar antes de escuchar. Ya la oigo. Dirán que siempre hizo calor, que no será para tanto, que antes aguantábamos más, que hoy todo molesta, que se exagera, que el mundo se ha vuelto demasiado delicado. Es la letanía habitual de quienes llaman sentido común a lo que muchas veces no es más que costumbre inmóvil. Siempre hizo calor, claro, pero también siempre hubo charcos antes de poner alcantarillado, noches oscuras antes de encender farolas y enfermedades antes de tomarse en serio la higiene. La civilización consiste, precisamente, en no arrodillarse ante lo que siempre ocurrió. La costumbre no es un argumento; a veces es una condena con calendario.

Conviene no perder el foco. Nadie pide colegios convertidos en neveras, nadie reclama un lujo climático para nadie y nadie está hablando de caprichos. Esa caricatura sirve para contestar a una tontería que nadie ha dicho. Lo que está sobre la mesa es mucho más serio: salud, infancia, escuela pública y una ciudad que debe decidir si sus niños y niñas van a estudiar en edificios preparados para el clima real o en edificios sostenidos por la paciencia de siempre. Porque siempre aguantan los mismos: los niños y niñas, que no tienen sindicato ni tribuna; los profesores y profesoras, que convierten la vocación en muro de contención frente a demasiadas insuficiencias; los equipos directivos, obligados a hacer equilibrios entre lo urgente, lo posible y lo que nunca llega; y las familias, partidas por horarios laborales, cuidados, prisas y esa sensación amarga de tener que pedir lo elemental como si fuera un favor.

Una escuela pública no puede sostenerse sobre el aguante de los niños y niñas, porque el aguante no es una política educativa, sino el nombre educado de una dejación. Lo que vi en aquel aula no fue solo calor. Fue una radiografía. Una de esas imágenes que muestran lo que el discurso intenta tapar con maquillaje institucional, porque el clima, cuando aprieta dentro de un colegio, desnuda prioridades, lentitudes, frases solemnes sobre la infancia que luego no encuentran traducción en la vida diaria y esa facilidad con la que se habla del futuro mientras el futuro está sentado en clase, sudando.

La pregunta es brutal por sencilla: ¿aceptaría un adulto trabajar así? No hablo de una visita fugaz con sonrisa de circunstancias, sino de estar allí horas, pensar allí, enseñar allí, concentrarse allí, tomar decisiones allí. Si en un despacho, una oficina o una dependencia administrativa se alcanzaran condiciones semejantes, habría quejas, informes, prevención de riesgos, movilización y un coro de voces exigiendo respeto, y con razón, porque nadie debería trabajar en un ambiente indigno. Entonces, ¿por qué los niños y niñas sí? Esa es la grieta moral del asunto: lo que resultaría intolerable para un adulto organizado se vuelve soportable cuando cae sobre niños y niñas, no porque alguien lo proclame así, sino porque la maquinaria social lo permite a base de retrasos, prudencias, diagnósticos eternos, respuestas parciales y ese jarabe templado de las explicaciones que sirven para no moverse demasiado.

La infancia tiene una desventaja política: confía. Los niños y niñas confían en que los adultos resolverán, en que si algo está mal alguien lo verá, en que la escuela es un lugar protegido. Esa confianza debería darnos pudor, porque los niños y niñas no votan, no presionan, no redactan manifiestos, no llaman a los medios y no colocan una pancarta en la puerta del aula. Dependen de nuestra decencia, y la decencia, cuando se demora demasiado, empieza a parecer cinismo.

No basta con poner aparatos de aire acondicionado y santiguarse ante el problema. Esa es la tentación corta, la respuesta de ferretería, el alivio que permite cerrar una carpeta. Hará falta climatizar, sí, y hará falta intervenir, por supuesto, pero si todo termina en máquinas colgadas de una pared habremos confundido el síntoma con la enfermedad. La cuestión es más honda: transformar los colegios públicos en espacios preparados para este tiempo. No se trata de enfriar un aula, sino de proteger una comunidad escolar, y ahí está la frontera entre el parche y el proyecto. El parche mira al viernes, calma la protesta y hace ruido de solución; el proyecto mira a los próximos veinte cursos, cambia la realidad y deja huella. Una ciudad que se toma en serio a sus niños y niñas no puede gobernar sus colegios a base de parches, como quien tapa goteras con periódicos viejos.

Una climatización completa habla de aulas habitables, patios con sombra verdadera, árboles que no sean figurantes de inauguración, ventilación inteligente, aislamiento, materiales que no devuelvan fuego desde el suelo, energía limpia, cubiertas aprovechadas, comedores dignos y espacios comunes pensados para vivir, no para resistir. Habla también de revisar, con seriedad y sin demagogia, los horarios en las épocas de más calor, no para cargar el problema sobre las familias ni para improvisar cada junio un calendario de urgencia, sino para pensar si la organización escolar debe adaptarse al clima real, igual que se adaptan los edificios, los patios y los protocolos de salud. Una escuela que sigue funcionando con esquemas pensados para otro clima acaba pidiendo a los niños y niñas que paguen con su cuerpo la lentitud adulta.

Eso es desarrollo humano sostenible sin incienso retórico. La sostenibilidad no empieza en una pancarta verde, sino cuando un niño o una niña puede aprender sin que el edificio y el horario le declaren la guerra. Los colegios también educan con sus paredes y con sus relojes. Educan con lo que cuidan y con lo que descuidan. Enseñan cuando protegen y enseñan cuando abandonan. Si una escuela pública transmite a sus niños y niñas que lo normal es aguantar, que lo público es soportar y que las cosas mejorarán algún día impreciso, entonces está impartiendo una lección silenciosa y terrible: una lección de resignación. Yo no quiero esa lección para mi hijo ni para ningún niño o niña.

No quiero que la infancia aprenda a vivir entre excusas correctas, ni que los profesores y profesoras sean héroes térmicos por obligación, ni que cada curso repita el mismo sobresalto, la misma conversación, la misma queja que se desinfla cuando refresca. No quiero que el otoño funcione como amnistía de la inacción, porque el otoño llegará y muchos respirarán pensando que el problema se ha ido, cuando solo habrá cambiado de escondite. El calor volverá, y cada vez volverá con menos educación.

Por eso no se trata de levantar trincheras ni de jugar a ver quién reparte culpas con más puntería. Se trata de unir a la comunidad escolar con inteligencia, firmeza y una terquedad limpia. Padres y madres, aunque la vida laboral haga difícil estar en todas partes; docentes, que conocen cada rincón y cada límite del centro; equipos directivos, que sostienen mucho más de lo que se ve; administraciones, que deben dejar de contemplar el problema desde lejos; y ciudadanía, que no puede mirar la escuela pública como si fuera un asunto ajeno. No se trata de tener razón contra nadie, sino de impedir que los niños y niñas sigan esperando. Se trata de congregar, escuchar, exigir y proponer; de pedir un cambio de mentalidad; de comprender que la climatización escolar no es una mejora estética ni una comodidad moderna, sino una forma concreta de justicia climática, educativa y urbana, una justicia de patio y pupitre, sin grandes palabras, pero con consecuencias diarias.

Toledo, ciudad enamorada de sus piedras, debería entenderlo mejor que nadie. Aquí se cuida la memoria con una devoción casi sacerdotal: se restaura, se ilumina, se protege, se explica. Bien está. Pero ninguna piedra vale más que un niño, ningún muro antiguo debería ocupar más preocupación pública que un aula donde los niños y niñas soportan un calor impropio, y ninguna postal puede ser tan hermosa como para tapar lo que ocurre dentro de los colegios públicos. Hay ciudades que terminan convertidas en decorado porque aman más su pasado que a quienes van a vivir su futuro. Toledo no puede permitirse esa enfermedad elegante.

La escuela pública es la prueba del algodón de cualquier discurso social. Quien dice defenderla debe defender también sus condiciones materiales: la temperatura, la sombra, los patios, el aire, los tiempos, los espacios donde los niños y niñas aprenden y crecen. No basta con aplaudir a los docentes en abstracto, ni con mencionar a la infancia cuando queda bien, ni con pronunciar la palabra sostenibilidad como quien pone una flor en la solapa. Las palabras cuestan poco. Lo difícil es modificar la realidad. Y la realidad que yo vi a las once de la mañana no pedía un comunicado. Pedía decisión.

Habrá quien busque en estas líneas una intención escondida, porque hay gente que no puede mirar un problema sin preguntarse a quién beneficia mirarlo. Es una manera triste de vivir la política: sospechar del que señala el fuego antes que acercarse con agua. Habrá quien prefiera discutir el tono porque el fondo le quema, quien diga que estas cosas deben tratarse con calma como si la calma consistiera en esperar a que todo siga igual, quien invoque prudencia con esa voz de terciopelo que tantas veces sirve para envolver la cobardía. Allá cada cual. Yo sé lo que vi: vi niños y niñas dentro de un aula que no estaba en condiciones, vi que el cambio climático no es una abstracción cuando se posa sobre la infancia, vi que la escuela pública necesita menos palabras ceremoniales y más cuidado concreto, y vi que el bienestar de una comunidad escolar entera no puede depender de la paciencia, esa virtud tan hermosa cuando es libre y tan miserable cuando se impone.

No escribo para quejarme, porque la queja sola acaba siendo un cenicero lleno. Escribo para sacudir, para que no se nos duerma la conciencia con el primer aire fresco, para que las familias no aceptemos como normal lo que no lo es, para que los docentes no tengan que convertir su resistencia en costumbre y para que quienes deciden entiendan que los niños y niñas no pueden ser la última ventanilla del expediente público. El cambio climático ha entrado en el aula. Ahora debe entrar la responsabilidad, con proyecto, con ambición, con mirada larga, con una comunidad escolar unida y despierta, con la certeza de que cada niño y cada niña merece algo mejor que la pedagogía del aguante y con la convicción de que una ciudad empieza a fracasar cuando se acostumbra a que sus colegios públicos funcionen contra el cuerpo de quienes los habitan.

A las once de la mañana, el aula ya ardía y dentro estaban los niños y niñas. No dejemos que, además, se nos queme la vergüenza.