Imagen de archivo.
No hace demasiado tiempo se animaba a que los ciudadanos votaran aquello que sintieran que mejor les representara.
La pluralidad política era el valor; la identificación, el objetivo. Se trataba de dar voz a todas las sensibilidades, a llenar los espacios de los debates. Se justificaba la amplitud del arco parlamentario.
Esa creciente oferta electoral de partidos permitía la competencia entre ellos y la búsqueda de una ventaja competitiva, obligando a ofrecer mejores perfiles, mejores propuestas y un trabajo con los electores que iba más allá de los procesos electorales.
Los partidos, claro, tenían que tener canales de participación claros y efectivos, dando espacio a la militancia, a sus ideas y a sus liderazgos. Existían por ello los contrapesos naturales, al existir lugares donde ejercerlos con la palabra y con la discusión política. En un escenario de competencia, la militancia tiene más fuerza y más peso.
Hoy aquello es un recuerdo. Hoy hasta el PSOE tiene Comités Federales sin turnos de palabra. Parece que, efectivamente, no es necesario que nadie hable, no se requiere debate alguno y, para colmo, se niega la decisión de la militancia cuando elige lo que la dirección no quiere.
Esta campaña nos está ofreciendo casi un duopolio sin más diferencia que no ser el otro. En el Senado, con tal de controlar el Tribunal Constitucional o evitarlo, las listas se agrupan en apenas dos. En muchas provincias, para optimizar, habrá menos listas que nunca.
Para colmo, muchos en la izquierda se llevan las manos a la cabeza porque no se ha logrado una lista unitaria total. Como si fuera un éxito político no tener donde elegir.
A esto se suma la dificultad que el propio sistema pone para controlar y evitar que aparezcan nuevos partidos. Plazos irrisorios para presentar cantidades de avales desorbitados, falta de financiación pública de lo nuevo frente a la descomunal financiación pública de los ya existentes, exclusiones de los debates, de la publicidad institucional…
Con esta merma de opciones, nos han abaratado como votantes hasta el saldo. Nuestro voto, lejos de haber ganado peso con unas necesarias listas abiertas (o desbloqueadas como pedía Sánchez cuando prometía también ser el candidato de la militancia), se conforma ya con ser un mero trámite para que no nos señalen como colaboradores del fascismo o aliados del sanchismo.
Menudo aburrimiento político, menuda ciudadanía más escasa, cutre, vacía.
Si seguimos reduciendo las opciones políticas, tal vez sea lo ideal -puestos a optimizar- que sea una Inteligencia Artificial la que decida por nosotros, ya que se habrá acabado reduciendo todo a un concepto meramente binario, al peso.
Nos están engañando con la polarización y nos están vistiendo de optimización lo que en realidad es una reducción al absurdo de nuestra capacidad de elección.
Al final, eligen ellos por nosotros y algunos aplauden.