Concierto.
El silencio de una banda no está vacío. Tiene cañas humedecidas, llaves que terminan de cerrarse, labios en busca del centro exacto de la embocadura, pistones que comprueban su recorrido y una columna de aire todavía invisible, contenida detrás de cada instrumento. Afinar consiste en algo más serio que poner de acuerdo unas frecuencias. Es pactar una temperatura común. Una nota sostenida pasa de atril en atril, la madera la recoge, el metal la ensancha, los graves le dan suelo. Nadie ha tocado aún el primer compás y la música ya está sucediendo: ocurre en esa respiración compartida que precede al sonido y lo hace posible.
En el Templete de la Vega de Toledo, el silencio es circular. Sube hacia la cubierta, roza la arquitectura, regresa a los músicos y sale a buscar a quienes aguardan alrededor. Los templetes poseen una acústica extraña, menos dócil que la de un auditorio y mucho más humana. No aíslan la música de la vida. Por ellos atraviesan una conversación lejana, el paso de alguien que llega tarde, el murmullo de los árboles, el ruido de la ciudad que continúa detrás de cada pentagrama. La banda tiene que conquistar el aire sin expulsar de él cuanto ya existía. Esa noche, la Asociación Musical de Argés lo hizo desde la primera respiración.
Resulta casi insólito escribir en Toledo una crónica musical sobre una banda. Parece que el vocabulario noble de la crítica estuviera reservado a las orquestas, a los espacios con terciopelo y a las salas donde el público aprende incluso a toser con discreción. A las bandas se las despacha con gratitud municipal, unas líneas de cortesía y la fotografía de rigor. Grave error. Un clarinete no frasea peor por tocar al aire libre. Un bombardino no pierde hondura porque al otro lado del atril haya una farola. Y un pasodoble puede contener tanta inteligencia musical como algunas obras que gozan de un prestigio cuidadosamente administrado.
Las bandas no fallan. No fallan porque llegan antes que casi todas las instituciones culturales y permanecen mucho después de que se hayan apagado los focos. En sus atriles se sienta un muchacho que aún lleva el horario del instituto en la mochila junto a una mujer que ha aprendido a encontrar tiempo entre el trabajo y la vida; un músico recién incorporado comparte acorde con quien lleva décadas leyendo las mismas claves. El veterano conoce el oficio de esperar una entrada. El joven todavía conserva la insolencia necesaria para atacar una nota sin miedo. Uno presta memoria; el otro, porvenir. Ninguno pregunta la edad del compañero antes de respirar con él.
Tal vez por eso la banda sea la institución cultural más importante y menos reconocida de la España de los pueblos. Enseña música, desde luego, pero también algo anterior a la música y bastante más difícil: escuchar al que se sienta al lado. En una banda se descubre que tocar fuerte no equivale a tener razón, que el sonido propio carece de valor si destruye el plano sonoro de los demás, que una entrada brillante puede arruinar una frase si llega antes de tiempo. Pocas escuelas explican con tanta precisión el delicado arte de convivir. Todo está escrito en la partitura, aunque no figure entre las notas.
La Asociación Musical de Argés abrió su recorrido con Puerta Grande, de Santiago Quinto Serna, y la elección suponía ya una declaración musical. El pasodoble de concierto ha sufrido durante demasiado tiempo la condescendencia de quienes confunden popularidad con pobreza. Nada hay de menor en una música que exige pulso, articulación, elegancia y una arquitectura diáfana. En el buen pasodoble, los bajos deben empujar sin arrastrar, las maderas dibujar sin emborronar y el metal iluminar sin convertir la brillantez en estrépito. El trío necesita respirar de otro modo, abrir el fraseo, permitir que la melodía abandone por un instante la plaza y entre en una zona más íntima.
Puerta Grande reivindica esa nobleza. No pide disculpas por su carácter ni intenta disfrazarse de otra cosa. Camina con firmeza, administra bien sus contrastes y entiende que el ritmo puede tener señorío. La banda supo sostener su energía sin precipitarla, cuidar los equilibrios tímbricos y dejar que las voces interiores hicieran algo más que acompañar. Ahí empieza la diferencia entre tocar un pasodoble y comprenderlo.
Luego apareció Emilio Cebrián y Toledo dejó de ser únicamente el lugar del concierto para convertirse en materia musical. Churumbelerías posee el brillo rítmico, la viveza de articulación y esa capacidad tan propia de Cebrián para hacer cantar a la banda incluso dentro del impulso más festivo. Las maderas se mueven con ligereza, el metal afirma el carácter, la percusión acentúa sin invadir y la melodía avanza con una naturalidad que oculta un trabajo minucioso de instrumentación. Parece fácil porque está bien escrito. Y parece espontáneo porque detrás existe oficio.
Pero Cebrián no era aquella noche un nombre más en el programa. Era un toledano regresando musicalmente a Toledo. Autor del Himno a Toledo, dejó en la ciudad una forma de reconocerse por el oído. Escuchar aquí su música desborda la interpretación de una obra concreta. Significa devolver al aire una parte de la memoria sonora de la ciudad, recordar que Toledo no se compone únicamente de piedra, pintura, espadas, campanas y siglos. También está hecha de melodías. Hay ciudades que conservan a sus compositores en una placa; otras permiten que vuelvan a respirar. El Templete de la Vega eligió lo segundo.
La música de banda alcanzó otra dimensión con Tierra de Luna, de José Alberto Pina. La dedicatoria partió de la propia Asociación Musical de Argés. Fueron sus músicos quienes quisieron ofrecer la interpretación a los profesionales y voluntarios que combaten los incendios y acuden allí donde el fuego, el miedo o la emergencia han alterado la vida. Bomberos, brigadistas forestales, agentes medioambientales, miembros de Protección Civil y tantas personas casi siempre anónimas encontraron en aquella música un reconocimiento sin medallas ni discursos. La banda eligió la partitura y decidió también hacia quién debía dirigirse su emoción.
Pina conoce la anatomía profunda de una banda. Sabe extraer gravedad del metal, convertir la madera en movimiento y utilizar la percusión para organizar la tensión, no como una simple exhibición de decibelios. Su escritura trabaja por capas, levanta planos sonoros, acumula energía y la libera con un sentido dramático que no necesita imágenes para resultar visible. Es música concebida desde dentro de la propia respiración bandística, consciente del registro, del color y de la potencia expresiva de cada familia instrumental.
La decisión de la Asociación Musical de Argés otorgó a Tierra de Luna una profundidad nueva. El fuego no aparecía como paisaje, sino como el límite hacia el que algunos hombres y mujeres avanzan para proteger la vida de los demás. La interpretación recordó a quienes trabajan entre humo, cansancio y riesgo; a quienes defienden casas, montes, animales y vidas sin esperar que nadie aprenda sus nombres. Cada crescendo adquirió así una dimensión humana. La música no describió su trabajo: lo reconoció. Aquella noche, la arquitectura musical de José Alberto Pina y el gesto de la banda se unieron en un agradecimiento escrito con aire, madera y metal.
Con Recluta, David Rivas Domínguez devolvió el oído hacia una tradición inseparable de Toledo. La Academia de Infantería no es únicamente una silueta al otro lado del Tajo. También forma parte del paisaje acústico de la ciudad, de su repertorio ceremonial, de la historia de sus marchas y de una escritura militar que ha dado a las bandas españolas disciplina de articulación, precisión rítmica y una manera muy particular de construir solemnidad. Rivas recoge ese legado sin encerrarlo en una vitrina. Lo activa.
La marcha bien interpretada no consiste en endurecer el sonido. Exige claridad en el ataque, exactitud en los acentos y un control riguroso de las dinámicas. El pulso debe avanzar sin volverse mecánico. El metal ha de conservar nobleza; los graves, firmeza; las melodías, dirección. En Recluta se reconocía una ciudad donde la música militar ha formado parte de ceremonias, desfiles, despedidas y recuerdos familiares. Toledo escuchaba una porción de su propia historia, esta vez liberada de la retórica y confiada al lenguaje exacto de los instrumentos.
La Antología de la Zarzuela permitió a la banda ejercer otra de sus funciones esenciales: custodiar un patrimonio que España admira menos de lo que merece. Chueca llevó a Agua, azucarillos y aguardiente el ritmo nervioso de Madrid, la gracia popular sin afectación, la calle convertida en precisión musical. Barbieri hizo de El barberillo de Lavapiés un prodigio de escritura escénica, donde la melodía sabe caracterizar, ironizar y narrar. Soutullo y Vert dejaron en La leyenda del beso una música capaz de suspender el tiempo, con ese lirismo que no teme ser amplio porque conoce la diferencia entre emoción y exceso.
La zarzuela contiene una parte formidable de nuestra inteligencia musical. En ella caben el idioma, los oficios, el deseo, la sátira política, la fiesta, la desigualdad, el amor y la manera española de defenderse de la tragedia mediante una melodía que entra por la ventana. Las bandas han preservado ese repertorio durante generaciones. Antes de que cada casa pudiera disponer de una orquesta grabada, ellas llevaron hasta los quioscos de música páginas concebidas para grandes escenarios. Fueron una radio con pulmones. Gracias a sus transcripciones, muchas personas escucharon por primera vez músicas que de otro modo les habrían quedado lejos.
Fidelidad, el pasodoble sinfónico de José Vélez dedicado a todas las mujeres y, de manera especial, a su esposa, introdujo una elegancia distinta. Su lirismo nace de la contención. Las frases se abren sin blandura, las transiciones están trabajadas con finura y la escritura permite que el color orquestal se transforme sin perder el pulso del género. La dedicatoria no pesa sobre la música; la orienta. Hay afectos que se expresan mejor con una melodía sostenida que con una acumulación de palabras. La banda lo dijo con sobriedad.
Solo una agrupación segura de su identidad puede viajar desde Cebrián, la zarzuela o el pasodoble sinfónico hasta la música popular contemporánea sin caer en la caricatura. La Asociación Musical de Argés no cambió de personalidad al acercarse a La pata y el gallo, a ABBA, a las canciones italianas o a Raffaella Carrà. Cambió el acento. La calidad de una banda se reconoce también en esa flexibilidad: modificar la articulación, aligerar el acompañamiento, buscar otro tipo de balance, permitir que el ritmo ocupe el primer plano sin perder limpieza ni afinación.
Cantare y Sarà perché ti amo despertaron esa memoria inmediata que no necesita presentación. ABBA puso en circulación melodías que el público llevaba años guardando sin saberlo. Raffaella Carrà regresó con su descaro luminoso, su manera de convertir el estribillo en una invitación física. Manolo Escobar compareció como comparecen ciertas voces populares: acompañado por biografías enteras, verbenas antiguas, viajes familiares, radios encendidas y canciones aprendidas sin ceremonia. La banda trató ese repertorio con respeto musical, que es la forma más seria de la alegría.
El público había comenzado escuchando. Terminó formando parte de la instrumentación. Primero fueron algunos labios siguiendo una melodía. Más tarde apareció el canto, todavía prudente, y luego la prudencia perdió toda utilidad. Hubo palmas, voces, cuerpos que aceptaron la invitación del ritmo y gente que se arrancó a bailar. La frontera entre músicos y espectadores se deshizo sin necesidad de proclamarlo. Una banda sabe lograr eso porque no actúa ante la ciudad, sino dentro de ella. El público no interrumpía la música. La completaba con una sección nueva, poco afinada quizá, pero irreprochable en entusiasmo.
El Templete de la Vega dejó entonces de ser mobiliario urbano. Se volvió plaza, caja de resonancia, punto de encuentro y una pequeña república del oído. Los espacios públicos adquieren sentido al ser usados, no al ser inaugurados. Un templete vacío es una promesa arquitectónica; una banda tocando en él convierte esa promesa en vida. La Vega se llenó de música y, por tanto, de ciudad. Durante unas horas, Toledo se escuchó a sí misma sin quedar sepultada bajo el peso de sus monumentos.
En el centro de aquella circulación sonora estaba Alberto Díaz Alamillo. Dirige con un gesto limpio, sin caligrafía innecesaria. La mano derecha fija el pulso; la izquierda modela una dinámica, pide una retirada, abre espacio a una voz interior. No sobreactúa porque conoce a sus músicos y confía en el trabajo previo. Su dirección tiene naturalidad, pero no descuido. Detrás de cada transición bien resuelta, de cada entrada segura y de cada equilibrio entre familias instrumentales existe una idea de sonido colectivo.
Toledo lo conoce y lo quiere por algo más que su competencia musical. Alberto es uno de esos directores siempre dispuestos a colaborar, a acercarse, a poner la música al servicio de una ciudad sin convertir el servicio en una pose. Es amigo de Toledo porque lo es también de Argés, y ha comprendido que ambas localidades pueden encontrarse en un atril mejor que en muchos discursos.
Además, llegó al templete con una música reciente en la vida. Acaba de ser padre por segunda vez. Al pequeño Alberto se ha unido Martina. Hay una delicadeza especial en ver dirigir a quien lleva días aprendiendo otra respiración, la de una recién nacida, ese compás doméstico que no admite metrónomo. Pocas celebraciones superan la de compartir la música rodeado por la familia elegida y por la familia que la vida acaba de agrandar. A los padres, la enhorabuena más limpia, la que no necesita levantar la voz.
Quizá todo estuviera contenido ahí. Una banda y una familia se parecen en lo esencial: ninguna voz basta por sí sola, cada llegada modifica el equilibrio y el futuro depende de aprender a respirar juntos. Las bandas construyen ese aprendizaje semana tras semana, ensayo tras ensayo, sin grandes campañas institucionales. Guardan repertorios, forman músicos, acompañan procesiones y fiestas, estrenan obras, despiden a los muertos, celebran a los recién nacidos y ponen música a los días en que un pueblo necesita reconocerse. Su historia no se conserva únicamente en archivos. Pasa de boca en boca, de maestro a discípulo, de una columna de aire a la siguiente.
Al terminar, los instrumentos descendieron lentamente, los atriles comenzaron a cerrarse y el Templete devolvió las últimas vibraciones. El público se fue dispersando por la Vega. Parecía que el silencio regresaba, pero ya no era el mismo. El silencio anterior aguardaba la música; el nuevo la contenía. Había aprendido el fraseo de Cebrián, la tensión de Pina, el pulso de Rivas, la calle de Chueca, la hondura de Soutullo y Vert, la elegancia de Vélez y el júbilo sin complejos de unas canciones capaces de poner a cantar y a bailar a toda una plaza.
Conviene dar las gracias a la música de banda. Darle las gracias por haber llevado durante generaciones el repertorio hasta lugares a los que no llegaban los auditorios; por haber enseñado a respirar juntos a quienes quizá no tenían nada más en común; por haber conservado melodías que habrían desaparecido de la memoria colectiva sin el trabajo obstinado de miles de músicos. Gracias por seguir demostrando que la cultura no siempre necesita mármol, grandes presupuestos ni ceremonias. A veces le bastan una partitura, unas sillas, varios atriles y un grupo de personas dispuestas a poner su aliento al servicio de los demás.
Y gracias a la Asociación Musical de Argés por su coraje. Por afrontar cada página con seriedad, por no rebajar la exigencia ante un repertorio popular, por comprender que disfrutar no significa tocar con menos rigor. Por atreverse a pasar del pasodoble sinfónico a ABBA, de la zarzuela a Raffaella Carrà, de Emilio Cebrián a Manolo Escobar, sin perder en ningún instante su sonido, su oficio ni su identidad. Hace falta coraje para tocar así. También para defender que una banda merece ocupar el centro de la vida cultural y no sus márgenes.
Las ciudades creen que su memoria reside en la piedra, en los documentos y en las fechas. Olvidan que también permanece en el aire que alguna vez vibró al mismo tiempo para todos. Eso hacen las bandas. Le dan sonido al pasado, respiración al presente y un lugar donde comenzar al futuro. La última nota desaparece, pero deja a la ciudad modificada. Algo queda latiendo bajo el ruido cotidiano, como una afinación secreta que ya nadie puede deshacer.
Os seguimos esperando en la Vega, allí donde el aire ya conoce vuestra respiración y el Templete sabe devolver vuestro sonido. Os esperamos porque una ciudad necesita a quienes se atreven a llenarla de música y, al hacerlo, la llenan de vida. Hasta que Alberto Díaz Alamillo vuelva a levantar la batuta y la Asociación Musical de Argés pronuncie otra vez su primera nota, quede sobre Toledo este grito nacido de la gratitud: ¡viva la música!