España vive instalada en una ficción; la de Pedro Sánchez repitiendo que todo va bien mientras el sistema se deteriora a la vista de todos. Se celebran cifras aisladas, se exageran brotes verdes y se maquilla el desgaste estructural, pero el problema no es estadístico; es político.

La izquierda atraviesa una crisis que ya no admite retoques cosméticos. El proyecto de Yolanda Díaz, que aspiraba a refundar el espacio progresista con tono amable y superioridad moral, ha terminado atrapado en su propia fragilidad. Más plataforma que partido. Más estética que estructura. Más discurso que cohesión. Lo que debía ensanchar la izquierda hoy pelea por no fragmentarse aún más.

Mientras tanto, Gabriel Rufián insiste en la unidad como solución mágica, pero la unidad no se impone cuando lo único que une es el miedo a desaparecer. No hay proyecto compartido y las alianzas son simples treguas tácticas.

En el PSOE, Pedro Sánchez ha convertido la resistencia en forma de gobierno. Cada semana es una operación de supervivencia. Cada movimiento, una maniobra de equilibrio. No hay horizonte estratégico visible, solo cálculo inmediato. Las encuestas no son la causa del desgaste; son su reflejo. Cuando la política se reduce a conservar el poder, el país deja de ser prioridad y pasa a ser escenario.

¡Ojo!, la derecha tampoco puede presumir de solidez.

En Vox, Santiago Abascal ha emprendido una purga interna que desconcierta incluso a los votantes más fieles. Figuras que ayer representaban la firmeza del proyecto hoy son apartadas como si nunca hubieran sido imprescindibles. Un partido que aspira a crecer no puede parecer permanentemente en ajuste interno. Todo esto no fortalece; erosiona.

Y el Partido Popular, pese al desgaste simultáneo de sus rivales, no termina de capitalizar la situación. Tiene enfrente a un Gobierno agotado y a una derecha fragmentada, pero no logra transformar el descontento en entusiasmo. El voto de castigo puede sumar escaños, pero la mayoría se construye con ilusión y hoy por hoy, no existe.

En el plano social, la escena tampoco mejora. La batalla constante entre sindicatos y patronal se ha convertido en un ritual previsible. El empresario, especialmente el autónomo, aparece con demasiada frecuencia como sospechoso habitual en determinados discursos; sin embargo, son los autónomos quienes arriesgan patrimonio, sostienen empleo y pagan primero cada crisis. Demonizar al que emprende puede ser rentable en titulares, pero es irresponsable en términos económicos.

Al mismo tiempo, muchos empresarios sienten que la patronal ya no ejerce una defensa firme ante la presión fiscal creciente, la sobrerregulación y la inseguridad normativa. La sensación de provisionalidad no es ideológica: es práctica.

El resultado es un país polarizado y cansado. Se habla mucho de bloques y poco de competitividad. Mucho de relato y poco de productividad. Mucho de resistencia y poco de reformas estructurales.

España no va bien no porque un partido esté más alto o más bajo en las encuestas, sino porque el sistema político en su conjunto parece atrapado en la táctica permanente. Nadie construye a diez años vista. Todos calculan a diez días.

Un país no se deteriora de golpe, se desgasta cuando la mediocridad se normaliza, cuando la provisionalidad se convierte en método y cuando el liderazgo brilla por su ausencia.

Lamentablemente, ese es el momento en el que estamos.