Escribo este texto al día siguiente de la intervención de los Estados Unidos en Venezuela, lunes 6 de enero, fecha que evoca el asalto al Capitolio de hace cinco años para dar un golpe de Estado. De la política interior a la política exterior en un juego propio de una dictadura. El asalto a Venezuela aporta el secuestro de un presidente – su catadura personal y política no justifica la intervención – para ser juzgado en los Estados Unidos y para, según se ha repetido hasta la saciedad, hacerse con el negocio de un petróleo abundante.

Un recurso que pertenece al pueblo de Venezuela es ambicionado por un país ajeno y sobre la base de un poder militar apabullante se implanta un protectorado dirigido por los Estados Unidos. Al menos algo aprendieron de los desastres de Irak. De forma feroz se han saltado, hechas añicos, todas las reglas de las relaciones internacionales que tanto había costado articular tras las numerosas guerras del siglo XX. Era como un compromiso de la humanidad para evitar el descontrol de los poderosos. Ahora, como un nuevo Imperio romano, cruel y atrabiliario, legiones especializadas extienden la barbarie que creíamos superada por la acción de los siglos. La “pax” que se obtenía se basaba en la represión y la fuerza.

Debe existir una mayoría del pueblo norteamericano, votaran a quien votaran, que esté en radical desacuerdo con la deriva de sus dirigentes actuales. A ellos, quienes los eligieron, corresponde frenar esta locura. Pueblo de Norteamérica paren a este hombre que, en función de su narcisismo y egolatría, está dispuesto a llevar a otros países el terror y la guerra. Paren con sus instituciones democráticas tanta corrupción, tanta ilegalidad, tanto disparate, tanto colonialismo trasnochado.

Y es que su democracia, que alabó Alexis de Tocqueville, debe disponer de mecanismos suficientes para controlar las ambiciones totalitarias de un personaje ridículo. El comportamiento de Hitler y sus motivaciones para desencadenar el terror de la Segunda Guerra Mundial son iguales a las del presidente Trump. Por eso no valen excusas. Para que el pueblo norteamericano no tenga de qué arrepentirse dentro de unos años, cuando la pesadilla que estamos viviendo termine, deben actuar ya. Deben buscar los recursos para no tener que sentirse culpables de asesinatos y muertes gratuitas. La invasión de Venezuela, que Trump ha visto en su domicilio particular como una película de Hollywood o un juego de consola, es más grave de lo que podamos intuir. Pero no, no es video, no es cine, se han producido muertes reales, más de cien, y las que puedan venir. ¿Tal vez esas vidas arrebatadas carecen de valor?

Esta es la petición de un ciudadano europeo que quiere seguir perteneciendo a ese gran proyecto de bienestar, libertad y cultura que Europa representa. El mundo no puede vivir en un sobresalto permanente por la agresión caprichosa de un presidente que, elegido democráticamente, está pisoteando los mecanismos que esa democracia le ha proporcionado. Seguramente esta petición no tendrá trascendencia y no llegará al pueblo norteamericano. Pero es un deber moral y cívico formular esta petición para constatar que en Europa, a pesar de dudas y tibiezas inexplicables, aún no nos hemos, también nosotros, vuelto locos.

Conocimos ya aquella otra locura que reprodujo una versión atroz del Infierno en la tierra. Así que la petición al pueblo norteamericano tiene sentido para evitar destrozos inútiles, muertes vergonzantes, destrucción y sangre sin motivos. Pare, pueblo norteamericano, la locura de un presidente y un equipo que actúan al margen de la democracia y las relaciones internacionales. De nuevo les toca pelear contra el fascismo, esta vez en su país para salvar a los demás.