Durante años la mirra ha sido poco más que un símbolo exótico. Un regalo extraño, casi decorativo, junto al oro y el incienso. Quizá por eso funcionaba tan bien aquella broma del Show de Gomaespuma en la que Gaspar aseguraba que la mirra era un pájaro parecido al avestruz. El chiste era absurdo, pero también revelador: la mirra se había convertido en algo difuso, culturalmente reconocible y científicamente ignorado.
La mirra es una resina aromática que se obtiene de árboles del género Commiphora, abundantes en zonas áridas de África oriental y la península arábiga. Se recolecta mediante incisiones en la corteza, de las que brota una sustancia espesa que se solidifica en contacto con el aire. Durante siglos, esas 'lágrimas' se han utilizado para tratar heridas, inflamaciones y problemas cutáneos. Un uso persistente, repetido en distintas culturas y épocas.
Este conocimiento quedaba relegado al terreno de la tradición, pero hoy empieza a revisarse con herramientas distintas. En 2025, una investigación publicada en Scientific Reports analizó extractos de mirra en condiciones de laboratorio y observó actividad frente a bacterias y hongos implicados en infecciones, además de efectos positivos en procesos relacionados con la cicatrización.
En ciencia escasean los hallazgos milagrosos y las soluciones inmediatas. La mirra no sustituye a los antibióticos ni resuelve por sí sola problemas clínicos complejos. Los propios autores del estudio subrayan que las concentraciones necesarias para lograr esos efectos son elevadas y que los resultados deben interpretarse con cautela. Pero también señalan algo relevante: algunos de sus compuestos interfieren en el crecimiento de microorganismos y favorecen la regeneración celular.
Ese matiz es importante. No estamos ante una promesa exagerada, sino ante una pista. En un contexto marcado por el aumento de la resistencia a los antibióticos y por la necesidad de desarrollar tratamientos más eficaces y sostenibles, explorar sustancias naturales con respaldo experimental no es una extravagancia. Es una línea de investigación más, que se suma a otras y amplía el campo de posibilidades.
Tal vez el interés de la mirra no esté en lo que puede ofrecer mañana, sino en lo que representa hoy. En la capacidad de la ciencia para revisar materiales antiguos sin prejuicios, separar el mito del dato y rescatar conocimiento útil allí donde antes solo veíamos tradición o símbolo. En aceptar que la innovación no siempre nace de lo nuevo, sino también de una mirada distinta sobre lo conocido.
Este año no he pedido mirra a los Reyes. He pedido algo más concreto y, a la vez, más difícil: recursos estables para investigar, inspiración y tiempo para pensar sin urgencias y más voces que comuniquen la ciencia con rigor, sin simplificaciones ni promesas vacías. He pedido que sigamos haciendo preguntas incómodas y abiertas, incluso cuando las respuestas no son inmediatas. Porque quizá el verdadero avance no esté en encontrar soluciones rápidas, sino en aprender a reconocer, a tiempo, dónde merece la pena seguir buscando.