Nací en el centro. Como quien despierta en mitad del mapa, con el horizonte repartido en cuatro puntos cardinales y una brújula cosida al pecho. Crecí en el sur, donde el sol acaricia más que quema y la risa es herencia familiar. Y ahora, en esta madurez que a veces se asoma por el espejo con canas de sabiduría y otras con arrugas de nostalgia, descanso en mis vacaciones y fiestas de guardar en el norte, donde el verde me susurra que aún hay tiempo para volver a empezar.

No somos tan distintos, aunque la orografía sea bien distinta. En el sur se canta al desamor y se llora con arte. En el norte se camina entre silencios que lo dicen todo. Pero ambos saben de raíces, de sobremesas largas, de madres que insisten en llevarte un táper "por si acaso" y de abuelos que enseñan con las manos mientras callan con la boca. En definitiva, saben de vivir.

Respirar, observar, sentir. En lo esencial, somos iguales. Nos emocionan los nacimientos, nos rompen las pérdidas, nos salva el amor y nos desvela el miedo. Pero los matices hacen el retrato. En el sur, el tiempo parece bailar sevillanas. En el norte, se desliza al ritmo de una gaita que no tiene prisa y en la Mancha los molinos se llevan las penas. En el sur, las plazas se llenan de niños y geranios. En el norte, de paraguas y carcajadas bajo la lluvia y en mi centro la vida tiene mi presente.

Uno no es de donde nace, sino de donde se siente en casa. Y yo, que tengo maletas llenas de mapas emocionales, podría decir que soy del abrazo que recibo, del plato que me recuerda a la infancia, del acento que me arropa. Soy centro, sur y norte, en partes iguales. Porque la identidad no se resume en un código postal, sino en la capacidad de amar varios lugares como si fueran uno solo.

A veces, al caminar por la playa del norte, con ese viento que despeina los pensamientos, pienso en cómo sería mi infancia sin los veranos andaluces, sin los juegos en la calle, sin los helados que se derretían más rápido que los enfados. Otras veces, al recorrer la llanura castellana en invierno, echo de menos el olor a salitre, ese que se mete en la ropa y no se va.

Al final, todos somos algo de todos. Y que hermoso es poder decir: yo nací allí, crecí allá, pero donde hay amor, ahí me quedo.