El de la palabra palabro es un caso verdaderamente insólito. Cualquier hablante entiende la oposición gramatical que se da entre gato y gata o entre ciudadano y ciudadana. Es obvio que -o y -a están ahí al servicio de la diferencia de sexo.

Le costaría ya un poco más explicar otras parejas como cubo / cuba, huerto / huerta o barco / barca, que en la forma son similares pero nada tienen que ver con la diferenciación sexual. Nótese que en los diccionarios aquellas van agrupadas en un mismo artículo (enunciado así: gato, ta; ciudadano, na), mientras que las otras (cubo, cuba, huerto, huerta, barco, barca) encabezan artículos separados.

Si en esos últimos sustantivos las terminaciones dichas no marcan diferencias de sexo, ¿estarán al servicio de otras de distinta índole? La respuesta es débilmente afirmativa: pueden marcar oposición entre un árbol y su fruto (ciruelo / ciruela), o concernir a contrastes que guardan relación con el tamaño y la forma de las cosas; pero esto borrosamente, sin regularidad: una cuba es mayor que un cubo (además de no iguales en forma) y una huerta mayor que un huerto; en cambio, una barca no es mayor que un barco, sino al contrario; y en la distinción entre un gorro y una gorra nada cuenta el tamaño.

Era necesario este preámbulo para llegar al caso de palabro; que, sorprendentemente, se aparta de todos los anteriores. Nos sitúa ante una masculinización de tintes entre humorísticos y despectivos, o depreciativos, que justifica que lo hayamos tildado de “insólito”.

Es también destacable su (relativa) novedad. Aunque palabro tenga ya un siglo y cuarto de vida, como enseguida veremos –y no quepa, pues, considerarlo “creación reciente”, como se ha hecho–, nació, festivamente y por capricho, muchísimo más tarde que palabra (que está en el idioma desde sus orígenes).

Rareza, la de un palabro, que puede dimanar de su longitud, su novedad, su índole hiperculta, su enrevesamiento morfológico…

Las creaciones humorísticas son a menudo “ocasionalismos” o voces de vida efímera. No así esta, asentada en el uso y presente desde 1984 en el diccionario académico. Con dos significados: “palabra rara o mal dicha” y “palabrota, palabra malsonante”. El DEA de Seco simplifica más: un palabro es o una “palabra rara” o una “palabrota”; prescinde, con razón, de lo de “mal dicha”.

Domina completamente en el uso la significación ‘palabra rara’. Rareza, la de un palabro, que puede dimanar de su longitud, su novedad, su índole hiperculta, su enrevesamiento morfológico…

Según mis rastreos, el primero al que se le ‘ocurrió’ emplear palabro fue Mariano de Cavia, que comienza así una de sus “Chácharas” de El Imparcial (17 de septiembre de 1899): “Son innumerables los temas en el menester croniqueril (pase el palabro)…”.

Fernando Araujo refiere en La España Moderna (abril de 1909) haber tropezado varias veces en cierta traducción de una novela de Dumas “con el palabro comenzamiento”. Y así hasta hoy mismo, en un goteo sostenido de ejemplos. A menudo al empleo de lo que se siente como un palabro lo acompaña una petición de disculpas (como ya hizo Cavia).

Caballero Bonald, verbigracia, hablando en 2012 de novela hispanoamericana, tras referirse a “una especie de pre-boom”, pedía “perdón por el palabro”.

Nadie captó mejor que Forges lo que de genial tenía esa masculinización. En una de sus tan divertidas viñetas un miembro de la Academia se levanta ante sus compañeros en la sala de plenos para decir, muy solemne: “¡Me s’ha ocurrío un palabro!”.

La acepción ‘palabrota’, ‘taco’, es más rara. El DEA aduce para ella un texto de Umbral bien claro: “En la obra había un taco, un coño exclamativo… y cada noche le ponía una multa la censura por el palabro”.