Vive sin vivir en ella y tan triste vida espera que muere porque no muere. Claudia Masin no escribe versos, pero hace poesía. El libro que publica Visor, antología poética, entristece por su feroz pesimismo y la mirada escéptica con que la poeta contempla la vida.

La esperanza en ella es solo una ráfaga de electricidad desprendida porque la vida pasa y pasa y pasa. “No tendremos –escribe Claudia– más que el momento de esplendor antes de irnos sin dejar huella de haber estado aquí”.

La poesía de Masin es como la cicatriz del dolor ajeno en el cuerpo propio, una herida que se expande de forma inevitable. El mayor desastre que la poeta ha vivido es haber estado una noche al borde de que le fuera encendida la verdad extraordinaria, y al amanecer darse cuenta de que no sabemos nada que no supiéramos ya.

Rechaza Claudia Masin las leyes que caen como pedradas sobre el cuerpo. No se puede vivir sin lastimar a cada ser que toquemos. Fuera del redil se termina el arco de luz que nos protege. Germina en la poeta el odio por la vida y explica cómo deben morir las mujeres: dejándose matar y agradeciéndolo.

Ama la poeta argentina las flores desquiciadas del verano, pero se considera la loba que arranca el corazón de la presa y se lo lleva entre las fauces, regocijada ante el sufrimiento ajeno. Para ella la existencia es como las cajas chinas, con una diferencia: que al llegar a la última, la que debería contener el objeto ofrecido, se encuentra vacía.

La antología que publica Visor entristece por su feroz pesimismo y la mirada escéptica con que la poeta contempla la vida

No sabe hacer otra cosa la poeta que aislarse del mundo. Pero ahora que está en todas partes, salió a buscarlo y no encuentra, como Safo, otra realidad que el amor malgastado. “El amor que nos tenemos de alguna forma inasequible –escribe– hizo lo que ni vos ni yo hubiéramos podido hacer solas: barrer una por una las evidencias”.

Sin embargo, ahí se queda con ella, hasta traerla de regreso a su cuerpo, que es igual que el suyo: barro, tronco abierto, rama desnuda y seca, pétalos deshechos.

Clama la poeta por la libertad, por soltarse de una atadura que no ata nada. Roza ya el miedo a la locura y al suicidio. Y grita “que vos sea yo y yo sea vos, por un milímetro de segundo”. Aunque el amor resulta imposible.

Encendió su cuerpo como un relámpago. Era un viento caliente y joven que recorrió la piel malherida. Entró el aguijón en la carne y disparó la asfixia. Pero se extinguió todo como la rama enferma que el árbol ya no necesita.

No quiso ser Claudia Masin como la abeja que llega al panal y se encuentra con todas las funciones ya asignadas: la reina, los zánganos, las ninfas, las obreras que cumplen su tarea. Y se retira. En la poeta vive erecta la rebeldía y se dispone a atravesar la existencia física del amor, reserva de fuerza y de alegría que nunca cesa de fluir.

Queda en el pecho de sus poemas un viento crudo y antiguo que no deja de agitarse ni siquiera en medio del día más apacible, más hermoso del verano.

“Te di mi cuerpo –poetiza– y lo recibiste del mismo modo que si un niño te hubiera ofrecido un tesoro incomprensible como prenda de amor… el corazón de un pájaro o un puñado de arena”.

La voz del amor grita su clamor en este libro y es el hilo de seda que conduce a las ruinas de la luna. La eternidad, en todo caso, observa a la poeta de forma incrédula y celosa.