Daniel Ramírez, que destaca entre los grandes periodistas jóvenes de España, entrevistó a una de las víctimas del bombardeo de Guernica, también a terroristas y a mercenarios que asesinaron a terroristas, amén de un piloto alemán que se cebó hasta el salvajismo con la población civil de Guernica. Y ha construido una novela que exige la lectura sosegada porque está construida sobre una arquitectura literaria compleja y a veces contradictoria, siempre sólida en la creación literaria.
El periodismo es una ciencia de la información y a la vez un género literario. La literatura se define como la expresión de la belleza por medio de la palabra. Es el don ebrio de poner en presente la memoria insólita.
A Daniel Ramírez hay que definirle, antes que nada, como un periodista que además de dominar la ciencia de la comunicación informativa, hace belleza por medio de la palabra.
Aparte de cultivar el género literario que llamamos periodismo, Daniel Ramírez es un notable poeta. Su libro Tus canciones y las mías figura entre lo más granado que se ha publicado en este país durante la última década. Además de los géneros literarios periodismo y poesía, Daniel Ramírez ha desembarcado en la rada de la gran novela. Y lo ha hecho con sabiduría y contundencia.
El libro al que me refiero se titula Los días que no existieron (Espasa). Protagoniza el argumento literario Julia, una periodista de raza que toma de la mano al lector para acompañarle a rastrear la vida de Gustav Hafner, un nazi que a mí me ha recordado a León Degrelle.
Periodista y poeta, ha desembarcado en la rada de la gran novela, y lo ha hecho con sabiduría y contundencia
Daniel Ramírez se expresa con grave acento de verdad. Maneja eficazmente los diálogos, escribe entre el temor y el temblor, a veces descarnadamente, sobre escenas de amor, de pasión y de riesgo.
El lector se queda prendido en la multiplicidad vital de una historia que directa o indirectamente vivieron muchos españoles durante la dictadura, cuando nazis de relieve se refugiaron en España tras la Guerra Mundial, mientras algunos jóvenes antifranquistas descerrajaban la luz de la libertad.
“Julia –escribe– echó a correr hacia él. Había decidido empujarlo al vacío. Tomó la decisión en muy poco tiempo, quizá medio minuto, pero en su cabeza lo que quería hacer no se le aparece como un impulso, sino como un destino meditado. Corrió los cinco o seis metros que los separaba y lo vio muerto bajo el puente, con la sangre saliendo de su cabeza y enturbiando el arroyo”.
Y cuando Igor le recrimina sus intenciones, ella, arregañados los dientes, responde: “Tengo dudas, no alivio, por eso no duermo. Dudo de si tenía que haberlo hecho o no, pero no porque haya cambiado mi opinión sobre él. ¿Qué más da lo que opine? Es un asesino. Además, ¿qué coño hago hablándolo contigo? Tú eres otro asesino”.
Con un lenguaje rahez, a veces teñido de procacidades, siempre estimulante, Daniel Ramírez desgrana las cien historias que completan el armazón argumental de esta novela tan interesante como sorprendente.
El resultado, poéticamente emocionante, se eriza al final, cuando Daniel Ramírez se entrevista con Esther, noventa y cuatro años, que le explica su experiencia del bombardeo de Guernica el 26 de abril de 1937.
A Pablo Picasso también le hubiera enardecido la versión de Esther y tal vez hubiera pintado los dedos desdeñosos de sus manos ojivales, “hechas para dar de comer a las estrellas”. Aunque trataba de disimularlo, Picasso llevaba tatuada la atrocidad de aquel bombardeo en su piel de cristal de roca.
En la Academia, también en su casa de Lima, mantuve largas conversaciones con Mario Vargas Llosa sobre los aspectos primordiales que definen la novela. Él creía que una buena novela debía plantear graves problemas morales y no resolverlos, dejar al lector que lo hiciera.
Daniel Ramírez, en Los días que no existieron, ha escrito su obra como si fuera un novelista curtido, cuando en realidad está empezando. Y ha conseguido mantener el interés del lector hasta la última palabra.
No se puede pedir más a un escritor que, a la busca del tiempo perdido, vive un mundo de vanidades en el que buena parte de sus compañeros cuando ven un relámpago creen que Dios les está haciendo una fotografía.