En su último libro de poesía, La falsa autónoma (Visor), Yolanda Castaño no escribe sobre el amor ni se lamenta de los celos ni canta la pasión ni sufre con el desamor, la melancolía, la ilusión... Habla de intereses económicos, de IVAs, de sueldos y de aquellas cosas que suman tristes cilicios y aferrados deberes. Sus versos se encienden en todo caso de aliento lírico, a pesar del desolado escepticismo de la autora.
“Tengo que pagar por adelantado el insondable rehén de mi savia”, escribe la poeta, porque “los pobres mejores somos los pobres de tiempo”. Las blancas espumas de la tercera ola atadas al mástil de un ritmo inmundo, impregnaron las realidades de un nuevo tipo de deshonra. Y se refiere Yolanda Castaño a su sorda adolescencia, en la que disecaba versos y doblaba las airosas piernas.
Colabora luego la poeta al cristalizar un plusvalor en sus versos, no más alto de los ciento veintidós, quince euros, más violables. Viaja entonces durante la noche entera agarrada a los bajos de su deuda. ¿De quién soy?, se pregunta bajo la atmósfera de níquel, la luz de la luna segando. Asegura que es de Sísifo, esa piedra, y añade: “Si mi sexo consideró que había que saldar las novedades, es un error del que solo fui consciente tras un tiempo”.
Soñó la poeta con cien mil euros y una caja de palomas quietas, endeudando de forma perpetua la carne de mujer, la nuca alquilada, expropiado el vientre. Tiene Yolanda Castaño dos personalidades: la apostasía y el mar. Ella puede serlo todo: recónditos fardos o aletas torticeras.
Un pequeño cáncer se oxidaba en su costado mientras el sol se disolvía goteando lentamente. Le gusta a la autora que su poesía presienta rumores desahuciados, los que hieren su cara de crisantemo, mientras urde magias engarzadas en el horizonte lejano y solo.
'La falsa autónoma' es un libro deslumbrante que, en medio del desolador escepticismo de su autora, vibra de auténtica poesía
Sabe la poeta, en su permanente grito escéptico, que el amor romántico cobra intereses más copiosos, pero no se rinde ante el infausto país de trigo, ante cualquier tierra estúpida en vías de explotación. Con cien euros se sacian las hambres de “su cuerpo soberano”, allí donde termina el control y comienza el desaliento. Su eterna permanencia se modela en coltán.
Se esfuerza entonces por no dejar que la rosa de Juan Ramón Jiménez sea demasiado visible. Como en una alquitara, las horas palpitan y se van desfilando. Es el tiempo en que nos quieren expropiar absolutamente todas las cicatrices. Para nivelar el yelmo le basta a la poeta un nombre bien bruñido.
Va por el mundo Yolanda Castaño chorreando necesidades y se intoxica en todas con el nombre de Münchausen. “Me compraron hasta el asombro”, se lamenta. Descansan de tres en tres los cilicios. “Y en el silencio del salón se hace de pronto visible una sospechosa alegría”. Es el poeta varón que vuelve con sus tristes muchachas de la cara de jade. “Se devengan trescientos euros, como tábanos muy borrachos, partículas de soldadura en el cuero claro del automóvil de lujo”. Y recibe entonces ella su “sereno amor por trescientos euros”.
Piensa, eso sí, que el rostro incondicional del amor es deleznable, que tiene ella unas piernas sagaces y una pasión explotable. Aspira a seguir rodando como un simulacro demasiado azul. Se encoge de hombros la poeta, echa cuentas y piensa en la usura del descanso, “a qué interés me tiendo a lo largo de mis años”.
Cree entonces con Jean-Paul Sartre que el ser es un ser para la nada, es un ser para la muerte. Y con todo lo que ha conseguido a lo largo de su vida, se enciende en ella la idea del no ser.
Un libro deslumbrante, en fin, La falsa autónoma. En medio del desolador escepticismo de su autora, vibra de auténtica poesía que sorprende en cada verso al lector enmudecido.