Este año he aprendido muchas cosas. He aprendido, por ejemplo, a recordar mis sueños. Llevaba media vida de espaldas a ese mundo que cada noche se abre bajo los párpados.

Yo, como todos los que no prestan atención a sus sueños, solía decir que no soñaba o que soñaba apenas. Un amigo me dijo que era cuestión de práctica, y tenía razón: basta pensar en nuestros sueños, darles un poco de crédito cada mañana, para empezar a recordarlos.

Reconozco que no son gran cosa, mis sueños; tan absurdos como los de cualquiera. Pero a fuerza de repasarlos cada mañana, me he hecho consciente de lo extraordinario que resulta que pasemos tantas horas al día en un lugar del que sabemos tan poco.

Decía Lacan que un rey que soñara doce horas al día ser mendigo no se diferenciaría en nada de un mendigo que soñara doce horas al día ser un rey. Todavía no estoy seguro de si exageraba.

El caso es que, de un tiempo a esta parte, los sueños me parecen la cosa más seria del mundo. Diría que nunca estamos tan despiertos como cuando, aún medio dormidos, nos agitamos en la cama tratando de recobrar ese fragmento de realidad que se nos escabulle.

Tal vez deberíamos incluir el sueño entre los géneros literarios, y reconocerlo además como el más antiguo que existe

Más aún: me he convencido de que es precisamente ahí, en el sueño, donde debemos situar el origen de la literatura. Porque, mucho antes de declamar un poema o de narrar una historia en torno al fuego, los seres humanos tuvimos forzosamente que dormir.

Somos, en primer lugar, creadores de nuestros sueños. Por lo que me atrevo a postular, tímidamente, que tal vez deberíamos incluir el sueño entre los géneros literarios, y reconocerlo además como el más antiguo que existe. También el más democrático. Al fin y al cabo, es el único que todos acabamos practicando.

Somos pues los artífices de nuestros sueños. No hay en ellos ningún ingrediente que no pongamos nosotros: somos al mismo tiempo el soñante y su paisaje. Todo placer nos lo damos nosotros, lo que significa que todo sufrimiento también.

Porque no hay que olvidar que somos, además de arquitectos de sueños, arquitectos de pesadillas. ¿Por qué una criatura que podría habitar el Paraíso cada noche prefiere proporcionarse, cada tanto, un infierno?

El primer Freud responde: todo sueño es la realización de un deseo, pero a veces ese deseo choca con nuestra represión; la pesadilla es esa batalla. El segundo Freud responde: todo sueño es la realización de una pulsión de vida, pero también de una pulsión de muerte. Diría que ambas respuestas tienen algo de verdad, pero ese fragmento de verdad no me basta.

Quizás la solución no esté en la psiquiatría, sino en la literatura. Al fin y al cabo, a todo escritor se le podría hacer el mismo reproche. ¿Por qué no escoger vidas más sencillas para nuestros personajes? ¿Por qué dedicamos tantas horas a imaginar un mundo donde invariablemente hay sufrimiento, insatisfacción, penalidades?

Conflicto: he ahí algo que casi todos los talleristas repiten. En tu texto falta conflicto, y sin conflicto no hay novela. ¿Por qué? ¿Por qué no creemos que una novela sin conflicto sea posible? Tal vez porque un libro, además de una fuente de placer, es un instrumento. Una herramienta del pensamiento.

A través de ese sueño dirigido que es la novela, ensayamos las vidas que no tenemos, afrontamos desafíos desconocidos, aprendemos a luchar y a cambiar. Eso es lo que hacemos cada noche, cuando cerramos los ojos: aprender a vivir en diferido. Escarmentar en cabeza ajena, podríamos decir. Y esa es la maravilla de la literatura, de los sueños: que toda cabeza ajena resulta ser, a fin de cuentas, la nuestra.