Me gustaría que las columnas pudieran incorporar no solo texto, sino también imágenes. Me gustaría, incluso, que desapareciera el rostro que encabeza este artículo y apareciera en su lugar una fotografía concreta. La imagen de un humilde canto rodado de jaspe, bautizado como canto de Makapansgat. Pero no tengo imágenes: solo palabras.
Hace meses, tras la publicación de Abril o nunca, comencé a documentarme para un nuevo proyecto. Los detalles no importan: soy aficionado a empezar novelas que más tarde descarto, y hablar aquí de ese libro que todavía no he escrito podría convertirse en una buena razón para no concluirlo nunca.
Baste decir que es una novela que aspira a cubrir muchos años –muchos siglos– de historia, y que en su prólogo quería remontarme muy atrás. Cuando digo muy atrás, me refiero nada menos que a unos pocos cientos de miles de años.
En concreto, me pregunté cuál podía ser el origen del pensamiento simbólico, pero como por desgracia el pensamiento no deja huella, debía conformarme con el origen del arte. Porque está claro que puede existir simbolismo sin arte, pero sin duda no puede existir arte sin simbolismo.
Así, leí sobre algunos objetos singulares de nuestra historia que se remontan hasta cien mil años o incluso un poco más atrás: cifras apabullantes pero hasta cierto punto compatibles con nuestras expectativas.
¿Por qué un animal comprometido solo con su supervivencia se preocuparía de conservar un objeto como el canto de Makapansgat?
No fue hasta hace muy poco –hasta ayer, para ser exactos– que escuché hablar por primera vez del yacimiento de Makapansgat en Sudáfrica: un hallazgo que podría cambiar nuestra comprensión del arte o no cambiarla en absoluto.
La piedra fue encontrada en 1925, pero no fue interpretada hasta décadas más tarde. En un primer vistazo, no parece tener nada extraordinario. Los arqueólogos se ponen de acuerdo solo en esto: no fue manipulada ni tiene marcas de percusiones o grabados.
Tiene, eso sí, tres pequeñas deformaciones completamente naturales, que le confieren cierto parentesco con un rostro humano. Al menos a nosotros nos lo parece, en virtud de ese fenómeno que llamamos pareidolia: nuestra tendencia a ver rostros humanos en elementos naturales, como sucede con las caras de Bélmez o con el perfil del acantilado de mi pueblo –la Cabeza del Indio, lo llamamos–.
Sabemos también que la piedra fue trasladada de su cantera original a varios kilómetros de distancia por las manos de un Australopithecus africanus. Parece poca cosa, ese gesto, pero es suficiente para despertar la imaginación de no pocos especialistas.
¿Por qué un animal comprometido solo con su supervivencia se preocuparía de conservar un objeto semejante? ¿Qué vio ese homínido de 1,20 metros de estatura y un cerebro que pesaba aproximadamente un tercio de un cerebro moderno?
La respuesta puede ser nada. O bien esa criatura tan semejante a un chimpancé vio exactamente lo que vemos nosotros: una cara. Una cara que quiso, además, llevarse a su casa.
Lo que convertiría a un Australopithecus anónimo en un Marcel Duchamp paleolítico: alguien que creó un readymade tres millones de años antes de que fuera posible imaginarlo. Lo cual, por cierto, encajaría muy bien en mi visión de la historia: la convicción de que todo es secretamente circular, y lo más moderno puede ser también lo más antiguo.
Dicho esto, puedo confirmar que en esa novela que todavía no he escrito no figurará el canto de Makapansgat. Bastante tengo con cubrir unos pocos cientos de miles de años, para vérmelas nada menos que con tres millones de historia.