Yo era muy joven entonces, pero recuerdo el estupor, primero, y luego la risa que, en la década de los 80, me producían los nombres de las nuevas bandas que por todos lados proliferaban. ¿Se acuerdan? Parálisis Permanente, Siniestro Total, Derribos Arias, Los Toreros Muertos, Ejecutivos Agresivos, Zombies, Farmacia de Guardia, Niños del Brasil, Objetivo Birmania, Pelvis Turmix, Glutamato Ye-Yé, Alaska y los Pegamoides, Peor Imposible y un largo, muy largo etcétera, todos compitiendo en extravagancia. No sé si llegué a escuchar ni a la mitad, me temo que no. Apenas me quedé con la copla de unas pocas de esas bandas (Golpes Bajos, Radio Futura…).
Me he preguntado a menudo a qué obedeció todo ese disparate y esa juerga. La Movida, sí, y sus aledaños. La euforia casi infantil que prosperó en España en esa década, al socaire de la Transición. Esa disolución de toda una tradición de resistencia y de disidencia cultural en una especie de inofensivo carnaval en el que, burla burlando, la rabia trasmutó en folclore. Apenas la intransigencia punk de algunos grupos underground y las reivindicaciones del colectivo LGTBI ofrecieron filos cortantes, estas últimas pese a su intimidación por cuenta del sida.
Vengo acordándome de todo esto cada vez que, de un tiempo a esta parte, entro en una librería y me encuentro con decenas de sellos editoriales, casi tan proliferantes como esas bandas pop de los 80, que también parecen competir entre sí a la hora de ponerse nombres insólitos. Manos de Pan, Amor de Madre, Comisura, Muñeca Rusa, Ya lo dijo Casimiro Parker, Ediciones Menguantes, La Navaja Suiza, Las Afueras, Rata Books, Dos Bigotes, Jekyll & Jill, Malas Compañías…
Cito algunos que me vienen a la cabeza entre los más o menos recientes, pero son decenas, no doy abasto. Cada vez que entro en una librería –pongamos que una vez al mes–, descubro sellos nuevos, cuando no me entero de su existencia porque tienen la gentileza de mandarme alguna de sus novedades.
Pero la cosa viene de lejos. Diría yo que entre las editoriales pioneras de esta nueva tradición onomástica se cuentan las ya veteranas Lengua de Trapo (1995) y La Uña Rota (1996), seguidas de muy cerca por Páginas de Espuma (1999). Seguro que me olvido de varias.
Los nuevos y extravagantes nombres de editoriales introducen en el oficio de editor un elemento lúdico, excéntrico o poético
Ya entrados los 2000, las nuevas editoriales, a uno y otro lado del Atlántico, tienden a buscarse nombres casi tan extravagantes, insisto, como los de aquellos grupos pop de los 80. Ahí están Delirio, La Bella Varsovia, Media Vaca, Pez de Plata, Belleza Infinita, Fulgencio Pimentel, Cabaret Voltaire, Mancha de Aceite, La Bestia Equilátera, Alpha Decay, Difusión Alterna, Barba de Abejas, Libros del Asteroide, Gallo Nero, Blackie Books, Errata Naturae… y un montón más.
¿Qué puede significar esta pintoresca tendencia? Dada su duración, parece ser algo más que una moda epidérmica. La verdad es que no sé muy bien qué pensar. Abstrayéndome de las motivaciones particulares, no cabe descartar cierta ironía generalizada, que me inclino a interpretar en clave crepuscular.
Nombres así son propios de proyectos más bien personales, por no decir caprichosos, elegidos, al menos de partida, sin grandes perspectivas de continuidad, tampoco de crecimiento. Parecen rehuir la neutralidad de marcas serias, asociadas a menudo a los apellidos familiares, como la vieja Seix & Barral, Grijalbo o las mucho más recientes Huerga & Fierro o Blatt & Ríos.
Parecen rehuir también el empaque de nombres como Planeta, Anaya, Santillana, Teide, que parece casi lógico que se hayan convertido en grandes instituciones. Pero ¿quién se imagina un gran grupo editorial que se llamase Dos Bigotes o Malas Compañías? Los nuevos nombres introducen en el oficio de editor un elemento lúdico, excéntrico o poético, según los casos, que, cualquiera sea su posterior fortuna, emergen casi siempre en la línea de flotación de la aventura y la supervivencia.