En su ameno y divulgativo tratado sobre Los griegos antiguos, publicado por Anagrama en 2020, la clasicista británica Edith Hall, discurriendo sobre los vínculos tan profundos que los griegos tenían con el mar, dice que “los atenienses pensaban que era deber de todo padre enseñar personalmente a sus hijos a leer y a nadar”.



Obviamente, así sería a partir de que se expandiera la cultura letrada, hacia los siglos VI y V a.C. En los siglos siguientes –siempre al decir de Hall–, era al parecer común que, para caracterizar a los pueblos más incultos que ellos, o para referirse a la condición inferior de cualquier individuo, los griegos dijeran desdeñosamente que no sabían “ni leer ni nadar”.

La de nadar fue una aptitud muy tenida en cuenta en el mundo antiguo. Recuerda Hall que “tanto los asirios como los hebreos retrataron a sus enemigos ahogándose, pero la convicción griega de que ellos eran los mejores nadadores del mundo fue un componente clave de su identidad colectiva, y pensaban que había quedado demostrado durante las guerras médicas, cuando muchos de sus enemigos se ahogaron”.

Desde el pasado mes de abril puede visitarse en el CaixaForum de Madrid una espectacular exposición sobre el gran rey asirio Asurbanipal, que gobernó entre los años 669 y 631 a.C., y que a su fama como guerrero, estadista y cazador de leones suma la de haber albergado en su fastuoso palacio una gran biblioteca de tabletas cuneiformes “con la ambición de reunir todo el conocimiento existente”.

Entre los imponentes y hermosísimos bajorrelieves procedentes del British Museum que se exhiben en Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria –así se titula la expo, comentada por María Marco desde estas mismas páginas–, se cuentan varios que contienen escenas de guerra y en los que, en efecto, se representan los cadáveres de los enemigos sumergidos en las aguas. Pero lo que llama mi atención en el libro de Hall es esa relación casi de igualdad entre nadar y leer.



Tres años atrás, a propósito de la publicación en Siruela de El nadador como héroe, de Charles Sprawson, un celebrado y nutrido anecdotario sobre la práctica de la natación, reflexioné en una de estas columnas sobre el hecho sorprendente de que un buen número de escritores famosos –J. W. Goethe, lord Byron, Edgar Allan Poe, Gustav Flaubert, Paul Valéry, T. E. Lawrence, Franz Kafka, Katherine Mansfield, John Cheever, Francis Scott Fitzgerald, Yukio Mishima, Iris Murdoch, Rodolfo Fogwill, Juan Marsé y muchos otros– tuvieran una gran afición a nadar.



Una forma de explicarlo, entre tantas posibles, consiste en observar, como hace Sprawson, que “el entrenamiento solitario del nadador, las largas horas que pasa sumergido, inducen a la mente a un estado reflexivo y solitario”, comparable al de quien se dispone a escribir.

Ese estar “absorto” es un rasgo que comparten el lector y el nadador, así como el adentrarse en un medio que no es el propio

Las relaciones que cabe establecer entre nadar y escribir sin duda coinciden en buena medida con las que cabe establecer entre nadar y leer. Pero, siendo la escritura y la lectura dos actividades inversas, tales relaciones no pueden extrapolarse mecánicamente.



Se me ocurre considerar, por ejemplo, que la disposición a leer tiene por acicate cierto mimetismo, el impulso –y no solo la necesidad o la conveniencia– de realizar una actividad que se estima deseable, que uno hasta cierto punto envidia al observarla. Quién iba a querer aprender a nadar sin el previo espectáculo de un nadador en el agua; quién a leer sin la previa imagen de una persona absorta en su lectura.

Ese estar “absorto” es otro rasgo que comparten el lector y el nadador, así como el adentrarse en un medio –unas aguas, una imaginación, un pensamiento, una sensibilidad– que no es el propio. Otro rasgo sería el hacerlo, por lo común, en línea recta, renglón tras renglón, obteniendo placer de un esfuerzo que puede eventualmente estar asociado al aburrimiento, a la supervivencia, a la salvación.