SUSPENSE. Hace unos días volví a ver Golpe de suerte, la quincuagésima y hasta ahora última película del nonagenario Woody Allen, que rueda en Madrid. Tomó relevancia para mí el protagonismo de los crímenes en su filmografía.
No me refiero a la abundante presencia en ella de mafiosos, gánsteres, estafadores, atracadores, ladrones y por ahí. Hablo de las personas corrientes que planean el asesinato de otra y que, por mano propia o contratada, lo perpetran en siete de sus películas.
La fase previa a la comisión del crimen, las circunstancias de su ejecución, su posible esclarecimiento y sus consecuencias pasan a ser –con un clima muy dramático y angustioso y un gran dominio del suspense– el asunto central de esas películas, demostrando Allen un manejo magistral del espacio, del tiempo, del ritmo, del guion y del desasosiego.
MORAL. Esas películas son: Delitos y faltas (1989), la primera del género; Misterioso asesinato en Manhattan (1993); Match Point (2005); Scoop (2006), con Misterioso asesinato... las dos que tienen humor; El sueño de Casandra (2007), la tercera de tres películas seguidas londinenses con crímenes; Irrational Man (2015), y la mencionada y parisina Golpe de suerte, con El sueño... las dos únicas en las que el asesino no pretende matar a su esposa o amante.
El azar y la casualidad, sin ser un truco barato, intervienen en varias de ellas –¡el anillo de Match Point!– como forjadores del destino. Todas, como la mayoría de Allen, están protagonizadas por personajes burgueses o acomodados con la excepción de El sueño de Casandra, thriller puro, rara y muy perturbadora incursión en el universo de la clase media-baja trabajadora.
Algunas películas con asesinatos de Woody Allen se inspiran en Dostoievski y 'Crimen y castigo'
Todas contienen, excepto Misterioso asesinato... y quizás Scoop, una importante reflexión moral que alcanza al espectador.
Lo dicen ellos o lo percibimos nosotros: los criminales de estas películas no matan –salvo en Misterioso asesinato... y Golpe de suerte– por una conveniencia, una pasión o un impulso pequeños y mezquinos. Hacen un mal que ven justificado por preservar o lograr un gran bien para el mundo, para su familia o/y para sí mismos.
CONCIENCIA. Y aquí entran en escena Fiodor Dostoievski, Crimen y castigo y el concepto de superioridad y “bien mayor” de su protagonista, Rodión Raskólnikov, el estudiante y asesino de una vieja usurera.
Al arribista tenista y ya próspero ejecutivo de Match Point le vemos leyendo Crimen y castigo antes de matar a su embarazada amante. ¿Cómo va a destrozar él su brillante porvenir y a su acaudalada familia política y a su inocente y bondadosa esposa por un calentón?
Lo mismo piensa el prestigioso oftalmólogo de Delitos y faltas sin acordarse de Dostoievski.
¿El acaudalado aristócrata de Scoop va a dar un disgusto de muerte a su recto y noble padre y va a dinamitar su futuro político por un desliz con una habladora prostituta del montón y por la entrometida chica que ha descubierto su crimen?
El profesor de filosofía de Irrational Man tiene anotado Crimen y castigo y asume las teorías iniciales de Raskólnikov: ¿cómo no mejorar el mundo eliminando a un juez corrupto y malvado que se ceba con los desvalidos?, ¿cómo no deshacerse después de una alumna que puede delatarle?
Los dos hermanos de El sueño de Casandra aceptan matar a un desconocido socio de su tío porque el dinero que recibirán de él, tan generoso siempre, les sacará de la precariedad y dará seguridad duradera a sus buenos y laboriosos padres. Pero uno de ellos duda desde el principio y, siguiendo su proceso,
Allen sigue en buena parte el planteamiento moral que le sobreviene a Raskólnikov: el horror ante el crimen cometido, el estallido de la conciencia ante el mal, la enloquecedora culpa, la necesidad de confesar y recibir el expiatorio castigo.
Ya vemos que Woody Allen no es solo un gran director de comedias con esos temas suyos habituales que todos conocemos tan bien.