AUTOFICCIÓN. Llevamos un tiempo a vueltas con la autoficción, por su presunta hegemonía en la reciente narrativa española –o, al menos, por su abundancia–, olvidando que, lejos de ser un fenómeno nuevo, tiene décadas, si no siglos, de existencia.
Algunos contemplan la autoficción como un fracaso de la imaginación, como un incumplimiento del supuesto deber de la inventiva que no se exigió en largos períodos de tiempo, particularmente desde la exaltación del realismo y del naturalismo en el siglo XIX y mucho más allá hasta hoy mismo.
El argumento diferenciador parece consistir en que el escritor realista mira fuera de sí mismo, mientras que el cultivador de la autoficción se engolfa con sus propias experiencias y muestra, por tanto, una propensión al egocentrismo, al egotismo. Se elude así la evidencia de que toda experiencia personal refleja la de muchos otros, que se verán –y se ven– representados.
Para entrar en este asunto podría haber recurrido antes a ejemplos más ilustres y notorios, pero la idea me ha sobrevenido con la lectura de Una casa en Sicilia (1962), de la novelista italiana Luisa Adorno (1921-2021), que escribió la práctica totalidad de sus novelas (seis), muchas veces con gran literalidad, a partir de su propia vida y con ella misma, en primera persona, como narradora y protagonista.
ESCRITORAS. Con el rescate por Gatopardo de Una casa en Sicilia, con traducción de Carlos Gumpert, se nos permite acceder al conocimiento de una autora más para añadir al trío de mujeres novelistas que tuvo un papel relevante –aunque a mayor nivel– en la narrativa italiana de la segunda mitad del siglo XX: Elsa Morante, Natalia Ginzburg y, la más joven, Dacia Maraini.
Como la protagonista y narradora de 'Una casa en Sicilia', su autora fue toda su vida católica y comunista
Multipremiada en Italia, Adorno tuvo un perfil menos público que las tres escritoras mencionadas al dedicarse muchos años a la enseñanza, tener un debut tardío –precisamente con Una casa en Sicilia– y vivir muchos años, aunque nacida en Pisa, en la isla del Etna.
El siciliano Leonardo Sciascia, de su misma edad y colega en la docencia, apadrinó con su prestigio la resurrección de Una casa en Sicilia en 1983, bajo los auspicios, como siempre, de la editorial palermitana Sellerio, que propulsó a otro escritor siciliano, Andrea Camilleri, y lanzó y sostuvo su larga serie de novelas policíacas protagonizadas por el comisario Salvo Montalbano.
El novelista siciliano que sí influyó en Adorno fue el también guionista Vitaliano Brancati, con quien compartió ciertos tonos neorrealistas y un acusado sentido del humor.
FAMILIA. Aunque nunca fue llevada al cine, Una casa en Sicilia comparte rasgos con el tipo de comedia neorrealista que, en los años 50 y principios de los 60, sucedió a la etapa inicial y ortodoxa del neorrealismo cinematográfico.
Los caracteres y peripecias del prefecto Vincenzo Adorno, de su no menos oronda e hipocondríaca esposa y de su entorno más inmediato, formado por su hijo Cosimo –raro intelectual abducido por su madre–, su vieja y enérgica criada Concetta, su asistente, su chófer y su mimada perra se prestan muy bien, gracias a la mirada humorística y de perfume costumbrista de la benevolente escritora, a una comedia cinematográfica.
Luisa Adorno –nacida Mila Curradi– participó en la resistencia antifascista y como Luisa, la protagonista y narradora de Una casa en Sicilia, fue toda su vida católica y comunista, se licenció en Literatura, fue profesora y se casó con el hijo de un prefecto que tenía una pequeña propiedad con viñedos en la isla.
Estamos a fines de los 40 y principios de los 50 y, con el acomodaticio prefecto, Adorno describe sin acritud, pero con picotazos, el paso de una clase social de la religación al fascismo a su interesada adecuación al predominante ambiente democristiano. Y hay espacio para inspiradas páginas que ponderan la campiña siciliana –el cultivo de la vid, la vendimia– sin excluir sus dificultades.