ESCENARIO. “No perdamos la perspectiva”, repetía filosóficamente doña Rosa, la estricta gobernanta de La Delicia, el café que constituye el centro nuclear de La colmena (1951), de Camilo José Cela, sede y metáfora de la aperreada vida en el Madrid de la posguerra.

La Delicia quizá sea el café por excelencia de la literatura española, desde luego de la literatura española del siglo XX.

Pero los cafés están muy presentes también en las novelas europeas, norteamericanas y sudamericanas, según las peculiaridades de cada país, época y región, como lo están en la pintura –con los impresionistas a la cabeza–, en la fotografía y en el cine.

Ese espacio y tiempo de socialización, que se dice ahora, de conversación, de conspiración, de intercambio de ideas, de lectura y tráfico de información, de romance, también, por supuesto, de meditación e introspección a pesar del barullo y, ni que decir tiene, de degustación de bebidas, licores y, a poder ser, exquisiteces de la bollería y la pastelería, no solo ha sido y es un escenario de la cotidianidad, del ocio y del refugio de personas anónimas.

Los cafés han forjado un imaginario muy estrechamente vinculado a la cultura y al arte por la asiduidad con la que lo han frecuentado escritores, artistas y bohemios a la postre célebres, que han escrito, leído, compuesto música, dibujado, en fin, creado y urdido proyectos, manifiestos y escuelas estéticas en ellos. Y todo ello ha quedado reflejado en sus obras y en la historia.

'Algunos cafés italianos' está repleto de definiciones y de condensaciones felices y certeras

EXTINCIÓN. Parece ser que el café, quizá originario de Etiopía, entró en Europa, procedente de Arabia, a través de los comerciantes venecianos que mercadeaban con Oriente. Así las cosas, Italia fue una decisiva primera estación en la difusión de esa bebida reconfortante y estimulante entre los europeos.

Elba ha publicado Algunos cafés italianos (2001), del escritor, editor y crítico francés Patrick Mauriès, que repasa y glosa los más antiguos, históricos y distinguidos cafés de Italia, todos ellos también un prodigio de logro estético en su arquitectura y decoración de interiores, hoy perturbados y pervertidos, como viene a quejarse Albert Serra en su texto epilogal, por la curiosidad voraz de los turistas y los disparos impertinentes de sus móviles.

Todos ellos, y no solo los más ilustres, en riesgo de extinción ante el acoso proliferante de las franquicias de la globalización y de bares metalizados de nuevo cuño.

Por el libro, que incluye imágenes de referencia, desfilan, descritos y analizados con las propiedades distintivas de cada uno de ellos, el Florian de Venecia –fundado en 1720–, el también veneciano Quadri, el Greco de Roma (1760), el Pedrocchi de Padua, el Cova de Milán y muchos otros, al igual que quienes escribieron sobre ellos y quienes los frecuentaron.

INTERPRETACIONES. Patrick Mauriès es un intelectual y un esteta, y a veces se viene arriba con muy refinadas descripciones literarias y con interpretaciones de altos vuelos.

Pero justamente las interpretaciones dan lugar a un nutrido abanico de consideraciones que trasciende los ejemplos de cafés contemplados en el libro para exprimir la psicología, la sociología, la filosofía, en fin, los hábitos, rituales y costumbres de comportamiento de los cafés comunes, de la vida en los cafés –siempre que merezcan tal nombre– que todos hemos podido y, con dificultades por su galopante mengua, todavía podemos frecuentar sin salir de nuestra ciudad.

En este sentido, más universal, el libro está repleto de definiciones y de condensaciones felices y certeras sobre los cafés: “espacio (y tiempo) de pausa”, “interior donde pasamos lo esencial de nuestra vida, a diferencia del lugar de trabajo” (Walter Benjamin), “refugio temporal”, “lugar de retiro”, “en cuanto nos sentamos, estamos en otra parte” (Gastón Bachelard), “teatro por excelencia de una identidad perdida” (Pierre Klossowski), “colección de vidas olvidadas”, “concentrado de anécdotas y colección de ocurrencias”…

¿Nostalgia de los cafés? ¡Claro!