SICILIA. En "Fantasía", el primero de los ocho relatos de La vida en el campo (1880), el narrador viene a reprochar a una bella y rica burguesa, por la que sintió inequívoca fascinación, que nunca se enteró muy bien –no pudo, no quiso– de las durísimas condiciones del trabajo y la existencia en los pueblos castigados por la pobreza.
Estamos en la Sicilia del siglo XIX y, al referirse a una mísera y muy poblada aldea, el narrador apunta: "De cuando en cuando, el tifus, el cólera, el mal año o la borrasca dan un escobazo en aquel hormiguero, del que en realidad se diría que no debiera desear otra cosa que lo barrieran y desaparecer".
Periférica, dieciocho años después, vuelve a editar los impresionantes cuentos de La vida en el campo, de Giovanni Verga (1840-1922), tan breve como contundente muestra del verismo, variable del naturalismo francés que teorizó y practicó el escritor siciliano con gran influencia sobre los realistas de mediados del siglo pasado.
En los textos de Verga no se hace explícita la intención de denuncia política y social que caracterizó a esos realistas italianos y también españoles de mitades del XX, pero no hace ninguna falta porque el cuadro de vidas trágicas y destinos aciagos que con tanto pesimismo pinta Verga no deja lugar a dudas.
SUPERVIVENCIA. El Jeli, Malospelos, el Rana, el Nanni, la Loba, Malahierba o la Peppa son algunos de los tremendos personajes, retratados por Verga con potente voltaje, envueltos en una desfavorable lucha por la vida, en una batalla por la mera supervivencia, sea mediante el trabajo en condiciones inicuas o a través de la incursión desesperada en el delito.
La carne, en ocasiones asociada a la violencia, se incendia en pasiones amorosas imposibles, en engaños y en celos
El peso de la tradición inmovilista, las sujeciones familiares, la concurrencia de factores religiosos paralizantes, las frustradas aspiraciones amorosas, los abusos de amos y patronos, la guadaña de la muerte por enfermedad o por accidente son algunos de los ingredientes de un paisaje global que no deja de ser expresionista pese a la directa economía de los recursos narrativos.
El verismo de Verga queda, en parte, definido en las líneas de una carta que precede a "La amante de Malahierba": "Te lo contaré tal como lo he recogido por ahí, por los senderos que transitan solo los campesinos. Y te lo contaré con sus mismas palabras, sencillas y pintorescas, algo toscas para algunos, para mí muy hermosas. Trataré de que no se note al escritor: únicamente me interesa lo sucedido, ese hecho, las lágrimas verdaderas y las sensaciones que se han hecho carne".
LA CARNE. La carne, por cierto, alcanza en La vida en el campo una gran dimensión y presencia. Ocurre a través de la violencia, de la ira o la enajenación que, tarde o temprano, abducen a quienes no pueden soportar más circunstancias tan hostiles. Y la carne, en ocasiones asociada a la violencia, se incendia en pasiones amorosas imposibles, en engaños y en celos que, al menos en parte, parecen ser líneas de fuga y explosión de las soliviantantes condiciones del día a día.
El hambre, el sufrimiento, la fatiga, el dolor del alma y del cuerpo o la insalubridad no parece que puedan ser el mejor vivero para que crezcan la bondad y la inocencia. "Ay, los hermosos días de abril, cuando el aire ondulaba la verde hierba y las yeguas relinchaban en los pastizales. Ay, el limpio cielo del invierno…". A veces, sí, la naturaleza ofrece dones apaciguadores. A veces, sí, la ternura tiene su oportunidad en un gesto y en un instante, pero a la caricia le puede seguir el bofetón o el hachazo.
La huella de Giovanni Verga fue larga y profunda. Luchino Visconti adaptó su mejor novela, Los Malavoglia (1881), en La tierra tiembla (1948). Entre el verismo y el neorrealismo cinematográfico se tendió un puente.