La vio todo el mundo, así que posiblemente también todo el mundo recuerda cómo empezaba Valor sentimental: sucesivas imágenes de una gran mansión granate, enfocada desde diferentes ángulos, mientras una voz en off cuenta que, años atrás, la niña que vivía ahí escribió un relato en el que le daba una entidad humana a la casa: capacidad de ver, oír, pensar.
La película, que trata de la relación entre un padre y una hija, y de la relación de ambos con el cine, y del cine en general, y de la ausencia y los silencios, tiene como protagonista, sobre todo, a esa casa. Algo así como la icónica Manderley en Rebecca de Hitchcock, con ese comienzo memorable de voz espectral: “Anoche soñé que volvía a Manderley…”.
Ahora, al haber mencionado la genial película de Trier, cualquier lector resabidillo y anticipatorio podría vaticinar que voy a compararla con El ser querido de Sorogoyen. Que voy a decir que, pese a sus similitudes, pesan más sus diferencias, los prismas a través de los cuales deciden enfocar la historia. Cómo el arte siempre ha estado lleno de coincidencias temáticas y estilísticas, como el hecho de que La señora Dalloway y Ulises se escribieran a la vez; dos historias que suceden en un solo día e inventan el monólogo interior.
Y es tentador, porque de paso podría hablar de mí y mencionar que, el año pasado, en pocos meses, sin tener la otra ni idea, Pilar Asuero y yo publicamos Las cabras y El ataque de las cabras, ¿qué posibilidades había? En fin, las casualidades siempre son fascinantes porque nos conectan con el lejano terreno de la infancia en el que la magia existe.
Pero, en realidad, no voy a hablar de todo eso. O, al menos, no de un modo más extenso al que ya lo estoy haciendo.
He leído 'Zapote' atravesada por uno de esos sentimientos de totalidad y belleza que te concede la verdadera buena literatura
Menciono Valor sentimental porque la he recordado a raíz de una novela que leí hace unos días, la maravillosa Zapote de Luis Chaves, publicada en la editorial los tres editores.
Cada año, la rentrée literaria de septiembre se vuelve algo más excesivo y apabullante. Directamente chiflado. Obsceno, casi. Con doscientos cincuenta títulos nuevos apareciendo diariamente.
Y resulta que entre todo eso yo he tenido la suerte de toparme con esta, la tercera novela del escritor costarricense, y la he leído atravesada por uno de esos sentimientos de totalidad y belleza que te concede la verdadera buena literatura.
Como Valor sentimental, aunque de manera, naturalmente, muy diferente, cuenta la historia de varias generaciones que habitan la casa 65 de Zapote, “la primera propiedad en la historia familiar”. Un proyecto de viviendas públicas que consigue casi milagrosamente una mujer a mediados del siglo pasado, a la que le sucede su hija, y después el hijo de esta, y después la hija de este.
Hay fragmentos en primera, segunda y tercera persona, escribe en pasado, presente y futuro, da constantes saltos temporales en capítulos breves; todo para contarnos con humor y delicadeza lo difícil que es asir la memoria (como él dice, “el no por universal menos enigmático y caprichoso fenómeno de la memoria”). Y, al mismo tiempo, para relanzarnos la vieja pregunta de qué constituye lo importante de la vida. Los adjetivos político, íntimo, poético y gracioso no suelen ir de la mano, no suele ser fácil que vayan de la mano.
Se necesita mucha gracia para que el pegamento que los une sea invisible. Y, sin embargo, aquí se encuentran y entrelazan con lo que solo se me ocurre llamar maestría. “Nada queda del proyecto social originario, pero mientras siga en pie, ahí sumergida en el aire, es bóveda concreta de lo que cambia y lo que no”. Lo que cambia y lo que no, de eso trata Zapote.