El año pasado, por estas fechas, una amiga vino a visitarme a Madrid y me trajo un libro de regalo. Ese libro era Las gratitudes de Delphine de Vigan.
Recuerdo que su decisión me sorprendió; ya me había leído esa novela varios años antes, cuando salió, y aunque me pareció que no estaba mal, creí que no se acercaba ni de lejos a la brillante Nada se opone a la noche, y por eso me pregunté por qué ella, lectora sobre todo de no ficción, habría elegido regalarme precisamente a mí ese libro. No le di más vueltas. Pensé que sería algo azaroso y, como lo había comprado en otra ciudad, fingí que no lo había leído y se lo agradecí.
Los días siguientes, en ese Madrid con aura posapocalíptica que sucede a las fiestas de la Paloma que tanto me gusta, le eché una ojeada para poder comentarlo con mi amiga y, aunque conmovedor, hubo algo que no terminó de convencerme. El tiempo pasó, empezó el curso y, poco a poco, conforme llegaba la Navidad, los escaparates de las librerías fueron llenándose de Las gratitudes.
Pensando que tal vez se trataba de una alucinación, pregunté un poco por ahí y me contaron que la novela se había hecho viral en redes, famosa entre booktokers y bookgrammers. Unos meses después hicieron una adaptación teatral, y tanto cuando estuve en Sant Jordi como en la Feria del Libro de Madrid escuché la palabra gratitudes unas doscientas cincuenta veces.
No voy a fingir que me sorprende el fenómeno, y tampoco voy a criticarlo, porque aunque es verdad que hay un cierto encorsetamiento y simplismo literario en internet que a veces me provoca escalofríos –tantos y tantos vídeos en los que se coge la obra de un autor y se dividen tres libros entre bueno, muy bueno o excelente, como si no hiciera falta decir nada más acerca de ellos (llegué a ver, con Nabokov, Ada o el ardor bueno, Pálido fuego muy bueno, Lolita excelente)–, no me parece que el acto individual de hacer eso sea esencialmente malo, y no encuentro las razones para juzgarlo más allá del miedo que me provoca que la literatura acabe reducida a ese tipo de contenido (lo cual, en realidad, no creo que vaya a ocurrir jamás), y como no suelo fiarme de las opiniones que me suscitan las cosas que me dan miedo, prefiero callarme.
El simplismo en internet da escalofríos. ¿Por qué se ensalza Las gratitudes? ¿Porque es fácil de describir, de resumir en un minuto?
Pero ¿por qué Las gratitudes y no Nada se opone a la noche? Siendo el segundo mucho mejor libro, aunque también más oscuro, menos catártico. ¿Será que en un momento en el que el mundo es incierto y se desmorona necesitamos relatos que nos digan que hay esperanza y que la superación de los traumas es posible y que debemos ser agradecidos con los pequeños gestos del prójimo? ¿O será que Las gratitudes es mucho más fácil de describir que la otra novela? Más fácil de resumir en un minuto, en una imagen.
Hace unos días fui al cine a ver El amor que permanece. Excelente, por cierto. Pero lo único que había leído de ella es que trata sobre un divorcio y, mientras la estaba viendo, pensé que la película no trataba en absoluto de un divorcio. Sí, ocurre uno, pero no es lo más reseñable. Trata más de la luz que de un divorcio. Incluso están más presentes los peces que el divorcio. El frío, Islandia, la nada y el todo a la vez. En fin, la vida.
Pero supuse que era más fácil y atractivo escribir que era una película sobre lo que ocurre después de un divorcio. Y me recordó un poco a esa diferencia entre Las gratitudes y Nada se opone a la noche. En el fondo, lo único que espero es no necesitar que me resuman las obras en tres palabras clave para poder acceder a ellas, y seguir tolerando lo ambiguo y viendo el arte como algo muchas veces inefable.