Este verano, con el estrepitoso fracaso del live-action de Vaiana en cines —el mayor pinchazo de toda la historia de la taquilla de Disney—, todo el mundo se hizo la misma pregunta: ¿habrá tocado techo el gigante del entretenimiento?
Portada de 'Érase una vez Disney'.
Título: Érase una vez Disney. Sobre princesas, villanos y finales felices.
Autor: Ignacio Laguía Cassany
Editorial: Ediciones Universidad de Navarra
Año de edición: 2026
Disponible en Ediciones Universidad de Navarra
Las pérdidas millonarias de la compañía no son nada nuevo, sino que llevan años encadenándose: las flojas recaudaciones de The Mandalorian and Grogu (2026) o de la polémica Blancanieves (2025) han mostrado el agotamiento de la fórmula de Walt Disney, que lleva desde su fundación en 1923 sorteando controversias y crisis.
Todas ellas las desgrana con acierto Ignacio Laguía Cassany en Érase una vez Disney. Sobre princesas, villanos y finales felices (Eunsa, 2026), ensayo que reflexiona sobre la deriva de la compañía, al tiempo que defiende la inmensa influencia que todavía tiene en la cultura popular.
Doctor en Comunicación "cum laude" por la Universidad de Navarra, el investigador demuestra que las películas Disney son mucho más que un consumo infantil o un entretenimiento menor.
De hecho, apunta el académico, los debates polarizados sobre los cambios en las princesas Disney —como el de la Sirenita afroamericana o la Blancanieves latina— nos hablan de "la indudable responsabilidad, alcance e interés que despierta la ficción animada".
Desde el estreno de Blancanieves y los siete enanitos en las navidades de 1937, el estudio fijó un estándar en el cine de animación. "Walt Disney fue uno de los primeros en darse cuenta del potencial narrativo de los cuentos de hadas", apunta el académico, que recuerda que estos no nacieron para un público infantil.
Se originaron en la corte de Luis XIV y en los salones aristocráticos de París a finales del siglo XVII como una herramienta de entretenimiento para adultos y velada crítica social.
Ignacio Laguía Cassany.
De ahí que Disney haya utilizado estas historias para proyectar los valores del estilo de vida estadounidense, algo muy parecido a lo que hicieron los hermanos Grimm en el siglo XIX al recopilar relatos populares para dar identidad a su país.
Termómetro de la sensibilidad de cada época y altavoz para moldear valores, las películas de Disney han definido la infancia de, al menos, cinco generaciones. Sin embargo, la "disneyficación" de ciertas historias (a menudo mucho más duras y gore), han consolidado estereotipos desfasados que, en los últimos años, el estudio ha intentado erradicar.
El ensayo se centra en cómo se han visto transformados los tres pilares del universo Disney a raíz de esta evolución: la princesa y la idea de feminidad, la figura del villano y el concepto del final feliz.
Porque con el salto al live-action —del que, a pesar de los recientes fiascos, se esperan más adaptaciones— y las infinitas nuevas versiones de sus clásicos (remakes, retellings), Disney está reescribiendo constantemente sus propias historias.
Así, las princesas han pasado a ser consideradas heroínas rebeldes— "Más humanas que símbolos de belleza"—, los villanos ya no son malos sino personajes incomprendidos que terminan protagonizando ellos mismos las películas (Maléfica, Cruella) y los finales felices ya no dependen del triunfo del amor romántico.
No obstante, Laguía Cassany analiza cómo, cada vez que el estudio ha intentado alejarse de los cuentos de hadas para imitar modas o apostar por la ciencia ficción —como ocurrió en los años 80 tras la muerte de Walt Disney o en la década de 2000 con fracasos como Atlantis, El planeta del tesoro o Zafarrancho en el rancho—, el público le ha dado la espalda y ha perdido su seña de identidad.
Para salir del bache, la compañía siempre ha tenido que volver a estas historias clásicas, aunque aplicando un toque contemporáneo. Ya ocurrió a finales de los ochenta y noventa con películas como La Sirenita, y más tarde con Tiana y el sapo (2009) o Frozen (2013), donde el estudio empezó a reírse de sus propios tópicos, desmitificando el amor romántico y poniendo el foco en la libertad de sus protagonistas y en las relaciones familiares.
Sin embargo, a pesar de éxitos puntuales, los estrepitosos fracasos de películas como Wish (2023) o Mundo Extraño (2022) reflejan que sus nuevas propuestas originales no están conquistando a los espectadores, abocando al estudio a apoyarse únicamente en sus viejas fórmulas. “Llegará un momento, no muy lejano, en que se agotará la posibilidad de actualizar sus grandes éxitos, porque ya habrán sido reeditados todos ellos. ¿Qué hará entonces? ¿Volver a empezar?”, reflexiona el investigador.
Al abordar la encrucijada en la que se encuentra hoy la compañía, Laguía Cassany no pretende dar respuestas definitivas, sino señalar el riesgo de haber trastocado las prioridades creativas del estudio: “Aquellos que durante años han sido capaces de sorprender mediante la creación de mundos imaginados únicos parecen más enfocados en cambiar el mundo e intentar perpetuarse”. Una decisión con la que el gigante del entretenimiento, advierte el autor, corre el riesgo de volverse irrelevante.
