Si en La mala costumbre, Alana S. Portero (Madrid, 1978) tomaba el viaje del héroe como estructura esencial para narrar el camino de una niña maltratada que decide no ceder a un mundo cruel e infame ni convertirse en esclava del victimismo o del trauma y sale para encontrarse con hadas y otros seres que la ayudan a hacerse con un cuerpo y una vida sin plantear guerras ni heridos ni daños colaterales y regresar al hogar con deseos y futuro, ahora en Cosamala configura su novela con la estructura del cuento tradicional.
Cubierta del libro 'Cosamala'.
Cosamala
Alana S. Portero
Seix Barral, 2026
272 páginas. 20,90 €
Se sirve de andamiajes sencillos y universales que no están al servicio de los relatos heroicos ni las gestas masculinas; tampoco quiere asustar a los niños curiosos ni a las viejas solitarias ni a las mujeres que buscan habitar sus autarquías. Aprovecha y reconstruye esqueletos narrativos que vienen de muy antiguo para llenarlos de amor porque se niega a aceptar la ideología bélica o el miedo en las carnes.
Tengo la sensación de que el motor que anima la escritura de Portero es el dolor (el intenso, el insufrible) porque quiere transformarlo en belleza literaria. "En el dolor caen las barreras de la precaución", afirmó la autora en una entrevista. Y es ahí, en el derrumbe total, donde el dolor femenino se convierte en el pronombre nosotras (una palabra desnuda y colectiva) donde ubica Cosamala. Las niñas crecen solas; las mujeres se arman juntas, se reúnen, se sostienen y comparten sus saberes para hacer crecer las matas de manzanilla e inventar otros imaginarios menos crudos e inhumanos.
Tal vez la esperanza de Portero sea cursi e inocente, pero es también necesaria. No es casual que La mala costumbre haya sido tan leída y celebrada, que haya tocado tanto.
Si su última novela tuviera una tesis, sería esta: "La fuerza de los huidos no está en el campo, está en el aguante de quienes los esperan, madres, esposas, hermanas e hijas. Sin ellas no hay resistencia, solamente un vagar en pena por los barrancos. Carranza lo sabe y las usa como una soga de ahorcado, si aprieta lo suficiente a las mujeres les quiebra el cuello a los hombres": es decir, la violencia contra las mujeres se usa como arma de guerra.
Si tuviera un tema, sería este: "Filas de mujeres con los traseros de los camisones manchados de mierda y llagas en la cabeza. Las mismas a las que alguna vez, antes de la guerra, les ha llevado ropa para que se la remienden, o a las que les ha comprado el pan". O, dicho de otro modo, diecisiete mujeres fueron asesinadas en 1937 en Guillena, Sevilla, por la mano de un vecino del bando nacional sediento de gloria.
Si tuviera una intención política, sería la venganza poética, la transformación de un dolor real e inasumible en un cuento que no abre fosas comunes, ni revela identidades, pero señala el lugar de la infamia con un grito. En la novela, ese grupo de mujeres se ha reducido a siete: "Siete gritos. Siete sangres. Siete adormideras dobles".
Portero narra una leyenda que antes no existía y lo hace a través del gótico de fantasmas y las historias de brujas
No hay duda de que hay una intención política en fijar la mirada y en afinar la atención al dolor de un grupo anónimo de mujeres vinculadas a hombres republicanos que huyeron a los bosques a enfrentarse a una muerte que no fuera humillante, de rodillas y en silencio y con los ojos bajados, sino una muerte animal, de bestia acorralada y hambrienta, pero digna en su pulsión de vivir un día más.
Dice una de las viudas: "Ojalá hubieran ahorcado a Marcial como a un galgo viejo, esa muerte de perro noble". Y es de ese ojalá de donde surge la fuerza, de donde brota la historia. Porque Portero lo que hace, más allá de temas, tesis o ideologías, es narrar una leyenda que antes no existía y lo hace a través del gótico de fantasmas y las historias de brujas, géneros que en sus manos no crean exactamente terror sino energía telúrica.
Remedando el título de la última novela de Eduardo Ruiz Sosa, podría decirse que aquí la tierra es un grito iracundo y femenino. El bosque y el pueblo son escenarios poéticos y oscuros y son también personajes, protagonistas sin habla, pero que rugen y ofrecen vida y muerte, y germinan trigo, hongos y sufrimiento. Mucho. El bosque es el lugar de los cuentos infantiles y de los miedos adultos, el escenario del crimen, el de los huesos ocultos, fértiles en belleza.
Tal vez por eso, el tono de la novela es trágico e intenso como el luto de las viudas; su lirismo es popular, como una reyerta a cuchillo en un café de borrachos; su prosa es oracular, como lo oscuro del bosque o unas cartas de tarot. No en vano, el trabajo con la forma poética y el estilo narrativo bebe directamente de García Lorca: los veintidós capítulos y el epílogo arrancan con un verso o un fragmento lorquiano. Poeta en Nueva York, Romancero gitano, Poemas del cante jondo o Sonetos del amor oscuro, entre otros, se engarzan en la prosa de Portero y funcionan para abrirse a la fábula y el mito.
Entre la leyenda romántica y el cuento gótico; entre el léxico costumbrista y el folclore popular, entre las imágenes que surgen de los sueños o del miedo y los símbolos lorquianos, Alana S. Portero evita que su propuesta se convierta en un panfleto político o en un texto de denuncia. Nada más lejos.
Cosamala es una leyenda hecha de sangre y arcilla, de cadáveres hermosos que germinan en trigales, carne amada que al pudrirse brota en hongos comestibles: el ciclo de la violencia de los hombres en las guerras se hace círculo de vida en manos de las mujeres que, enloquecidas y brujas, convocan a sus fantasmas y honran su memoria para cerrar las heridas de la tierra en carne viva. Cantan hasta la muerte e incluso más allá de ella.
Alana S. Portero ha escuchado sus voces, nos las trae en su novela. Recordar la humillación, transformarla en legumbres. No es poco para una novela.
