Publicada

En La balsa de piedra, una de las novelas más celebradas de José Saramago, el portugués imaginaba una península ibérica a la deriva en el Océano Atlántico. El rumbo no quedaba dicho de forma explícita en la narración, pero el nobel explicó posteriormente que España y Portugal iban "camino hacia una nueva utopía: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico".

A esta hermosa alegoría se refiere, en conversación con El Cultural, la escritora y crítica literaria Anna Caballé ( L’Hospitalet de Llobregat, 1954) para defender el mismo iberismo cultural que enarboló durante toda su vida Saramago. "Refleja el reencuentro de dos almas gemelas", arguye.

El 21 de octubre, la autora dialogará en la sede de la Fundación Ramón Areces con los escritores Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) y Fernando Iwasaki (Lima, 1961) acerca de la proyección cultural de Iberoamérica en el nuevo escenario global. El encuentro se enmarca dentro del ciclo 'Reflexiones en torno a la cultura iberoamericana, hoy', organizado por la Fundación Ramón Areces y Casa de América.

Un coloquio enriquecedor en un momento en el que proliferan los debates sobre descolonizaciones y peticiones de disculpas. El investigador del Instituto de Historia del CSIC Manuel Lucena, encargado de moderar la conversación, se posiciona a favor de una cultura común que sirve como pegamento entre los países iberoamericanos: "La experiencia ibérica no solo es anterior y más antigua que la experiencia angloamericana y de otras modernidades políticas del siglo XX y XXI, sino que además articula unos métodos de acercamiento e interacción con el resto de las culturas planetarias", afirma. "Tenemos lenguas compartidas que permean hacia los modos de vida, los sistemas de relación social, la educación, la empresa...".

A los idiomas comunes también apela Juan Gabriel Vásquez, de opinión similar a la de Lucena: "Sobre la unidad de lengua o sobre la identidad de lengua se dicen muchas tonterías oportunistas, pero una lengua es una manera de entender el mundo. Y creo como novelista que esa lengua es creadora de realidades y que nos permite nombrar el mundo de una manera determinada. Eso desde luego nos une y es un valor y un privilegio".

Pero el escritor colombiano matiza: "Esa lengua también nos tiene que servir para contar las realidades diversas, a veces contradictorias, a veces conflictivas, que existen dentro de nuestra cultura iberoamericana. Y eso en América Latina pasa también por el reconocimiento de las civilizaciones, culturas y lenguas minoritarias que existen en cada país y que merecen nuestra atención, nuestra protección y nuestra curiosidad".

El toque de humor lo pone Fernando Iwasaki, que asegura que lo que tienen en común los hispanohablantes "es lo hortera". "Los españoles, los mexicanos, los peruanos, los colombianos, los venezolanos... todos tenemos una palabra para referirnos a lo que es cursi, afectado y sentimental porque esa ha sido nuestra gran contribución a la humanidad. Y no tiene nada de malo. Hay que abrazar lo que somos. Es lo que producimos en común y lo que hacemos mejor", sostiene.

“La lengua común nos tiene que servir para contar realidades diversas”. Juan Gabriel Vásquez

Acerca del idioma en común, coincide con Lucena y Vásquez sobre su importancia cohesiva, pero se lamenta: "Debería jugar un papel más decisivo. Hay una relación inversamente proporcional entre la importancia de nuestro idioma a nivel mundial y su insignificancia a nivel académico y científico. Nuestras revistas académicas son revistas que prácticamente no cotizan en los ránkings porque toda esta arquitectura de los ránkings universitarios y por supuesto de la inteligencia artificial están en inglés".

Anna Caballé se alinea con la postura de Iwasaki en este último asunto, y apunta que hay una distancia muy considerable entre el potencial con el que cuentan los países de habla hispana y su capacidad de intervenir realmente en el contexto global. "Rubén Darío, o José Enrique Rodó se mostraban convencidos de la importancia de la aportación latina frente al mundo anglosajón. Ante la feroz competitividad que representaba el incipiente capitalismo estadounidense de principios del siglo XX, América Latina poseía un mundo simbólico interiorizado y espiritual que aseguraba su grandeza futura. Pero no ha ido por ese camino, lamentablemente".

En este sentido, Vásquez opina que Latinoamérica ha tenido un peso geopolítico menor del que potencialmente podría tener debido a la influencia que ha ejercido Estados Unidos en el continente, situación que ahora pasa por un momento especialmente delicado: "Nunca, desde el comienzo del siglo XX, América Latina se había convertido de manera tan explícita en el patio trasero de los Estados Unidos y además del peor gobierno, el más nocivo, el más violento, el más imperialista que hemos visto en mucho tiempo".

Por esta razón, para el autor de El ruido de las cosas al caer, el afianzamiento de un bloque cultural iberoamericano es "necesario y urgente".

Caballé argumenta, en relación al contexto actual del que habla Vásquez, que el futuro ha perdido su encanto como espacio de acogida donde proyectar la inteligencia humana. "Pero ahí sí que tenemos mucho que decir, porque en el mundo latino conservamos valores que proceden de culturas muy antiguas: la familia, el cuidado de los otros, el afecto al desconocido…". Hay lugar para una esperanza, pues, de espíritu iberoamericano.