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Viola Ardone (Nápoles, 1974) es insuperable a la hora de elaborar una novela italiana con el marchamo normativo de nuestro siglo. Los ingredientes son sencillos. Ponga una taza de futura adaptación cinematográfica, añada personajes que puedan manejarse sin dificultades y luego, por favor, sume al conjunto efectismo con capacidad de conmocionar, a poder ser, esa es la nota personal, con la guerra de fondo.

Portada de 'Tanta vida todavía'. Random House

Tanta vida todavía

Viola Ardone

Traducción de Marilena de Chiara. Random House, 2026. 269 páginas. 21,90 €

La escritora consiguió la celebridad literaria en 2019 con Il treno dei bambini, donde, con sumo oportunismo e inteligencia, dijo reformular el melodrama para adaptarlo a nuestros tiempos. La realidad fue mucho más prosaica, pues las primeras décadas de nuestra centuria han potenciado determinados productos donde lo emocional siempre funciona, más si cabe si hay niños y conflictos de por medio.

Esto se repite en Tanta vida todavía, su última ficción, muy bien traducida por Marilena di Chiara, con la honestidad de adaptar el texto para darle más fuerza en nuestro idioma, lo que al mismo tiempo exhibe con mayor prestancia las costuras de su totalidad.

¿Cómo? Podemos intuirlo desde el principio de este libro desigual y polifónico. Tres son las voces que monologan, hablándonos.



La primera es la del niño Kostya, una víctima más de la Operación especial de Putin en Ucrania. El chaval parece una caricatura de su propio tiempo por su adicción a las redes sociales, su sueño de ser una especie de influencer y por vivir su viaje hacia Nápoles para reencontrarse con su abuela como si de un videojuego se tratara.



Las fronteras son superaciones de pantalla y los trámites de estación en estación pequeñas pruebas hercúleas. Como es comprensible, debemos enternecernos con la desgracia de este refugiado con suerte que altera la suspensión de nuestra incredulidad a causa de un léxico demasiado florido para su edad.

Cuando aterriza en la ciudad partenopea descubrimos los dos siguientes engranajes de esta maquinaria. El primero, que recibe a Kostya, es Vita, una mujer que se dirige en todo momento a su hijo Cicú, víctima de un accidente de tráfico.



Como consecuencia de esta pérdida sufre una grave depresión, acrecentada por la huida de su marido a Roma mientras ella intenta luchar por recuperar el gusto por la existencia.

Esta novela desigual y polifónica demuestra que Ardone domina el arte de crear obras con mucho tirón

La tercera pieza es Irina, la abuela. Ella también sufre por un hijo, en su caso Roman, voluntario para combatir al ejército invasor. La sirvienta de Vita tiene algo más bien estrafalario porque habla italiano como si fuera Dante redivivo, consecuencia de sus lecturas y una importante ocultación: es licenciada en filosofía y sabe lo que vale un peine, por lo que prefiere mantener su máscara sin mostrarse de verdad.

Esta trilogía de personajes deberá evolucionar en armónica simultaneidad. Como comprenderán, en estructuras de este calado lo normal es que el recién llegado sea el vínculo entre ambas mujeres dolientes por sus hijos. Todo ello debe derivar en algún giro de los acontecimientos que evite un perpetuo lamento y derive en acciones transformadoras capaces de remontar el catastrófico estado de la cuestión, volteándolo hacia la redención.

No creo que pueda reprocharse nada a Ardone, muy consciente de lo que escribe y para quién lo hace. En este sentido, el concepto ‘Literatura de autor’ puede tener muchas interpretaciones, pues no solo se trata de elaborar ficciones con hálito para trascender el presente, sino que la expresión también puede estribar en saber fabricar una determinada tipología con mucho tirón en la mesa de novedades y la virtud de alargarlo mediante su adaptación cinematográfica.

Si lo piensan, no es algo al alcance de cualquiera. Por eso, lograrlo obra tras obra resulta más bien admirable.