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En la última novela de Peter Handke (Griffen, Austria, 1942), el protagonista, Gregor, tras volver a casa desde el “continente” en el que vive, ha de comunicar a la familia la muerte de su hermano pequeño.

Portada de 'La balada del último cliente'. Alianza

La balada del último cliente

Peter Handke

Traducción de Carlos Fortea. Alianza, 2026.160 páginas. 17,95 €

Lo que hará, sin embargo, será deambular por un espacio liminar típicamente handkeano –entre la “aglomeración” y la naturaleza– acumulando epifanías aisladas, expuestas sin más ligazón narrativa que el deambular del personaje, hasta el momento final en que traslada la noticia.

Como de tantas obras suyas, de La balada del último cliente puede extraerse una lectura autobiográfica más o menos clara: ese último cliente que cierra tabernas podría no ser otro que el propio Handke, uno de los últimos y más radicales renovadores de la prosa y la narrativa alemanas tras la debacle, también lingüística, de la Segunda Guerra Mundial.

Fiel a su programa de trasladar lo puramente visto y percibido a la escritura, el escritor recupera algunos de sus motivos más reconocibles: la “expedición unipersonal”, el regreso (o su imposibilidad), las citadas epifanías que casi nunca se subrayan, ni siquiera se indican, cosa que puede sumir al lector no entrenado en el desconcierto.

Está, por supuesto, la desconfianza en el lenguaje, o la muy alta conciencia de él, la exploración de sus límites: en la copa de un árbol, leemos, “se oye ahora un crujido, no, un chasquido, no, un susurro, no, un rumoreo, no, un latido… absurdo, un sonido para el que no existe palabra alguna”. El lenguaje es un elemento más (como las nubes, la luz, el cielo negro de la noche) sobre el que Handke reclama atención.

El día en que Handke deje de escribir, el mundo será más difícil de ver

El narrador se replica, se afea los inevitables lugares comunes de toda obra literaria: “Mucho después, repentinamente (otra vez ‘repentinamente’)”. El lector de Handke reconocerá también el choque de registros, entre la extraordinaria percepción, a veces enunciada con solemnidad, y el exabrupto o la humorada.

Por otro lado, se pueden rastrear numerosas pistas acerca de su proyecto literario, ajeno a una legalidad narrativa que proponga metas, soluciones o finales satisfactorios. En uno de los apuntes sobre el protagonista, dice: “Su ambición infantil era […] formular ecuaciones con tantas incógnitas que lo poco que se sabía se volvía intimidatoriamente discutible. […] Idear juegos para sus compañeros, en cuyo recorrido siempre se zigzagueaba, en vez de llegar a una meta con callejones sin salida, ángulos muertos, etc., sin vencedor, y por tanto también sin perdedor”.

Lo importante es mirar, y mirar bien es la cualidad esencial del poeta, un instrumento de representación muy superior al de la mente, que es impermeable a los detalles: “Cuanto más los miraba a ambos, le parecían menos viejos de lo que los había tenido presentes desde lejos, en sus pensamientos. Entonces no tenía detalles ante sus ojos”.

Un hermoso apunte sobre la familia de Gregor resume la nobleza del propósito handkeano: “Hablaran o escucharan, tenían puestos los cinco sentidos, e incluso callados parecían pendientes unos de otros”.

Los libros de Handke prestan atención al mundo para que el mundo cobre vida y se exprese. En periodos de calma, las copas de los árboles se mecen cogidas de la mano y las ondas de los arroyos tintinean. Pero la naturaleza también puede volverse hostil, en cuyo caso los árboles “no dan más que bofetadas”.

Desde su giro programático a partir de Lento regreso (1979), cuando hizo de la percepción subjetiva la medida de toda su escritura, Peter Handke ha buscado nuevas formas de mirar y habitar el mundo. Por eso el día en que deje de escribir, el mundo será más difícil de ver.