Publicada

Se ha presentado al jovencísimo autor suizo Nelio Biedermann (Zúrich, 2003) como la gran revelación de las letras alemanas. Esta saga familiar de origen húngaro, la historia de los barones Lázár, escrita con tan solo 21 años, se ha traducido a más de 30 idiomas y algunos críticos alemanes se han atrevido a denominarlo "el nuevo mago", palabras mayores teniendo en cuenta que "el mago" ("der Zauberer") era nada menos que Thomas Mann.

Cubierta de 'Lázár' de Nelio Biedermann Salamandra

Lázár

Nelio Biedermann

Traducción de Alberto Gordo

Salamandra, 2026.

288 páginas. 20,90 €

Parece el signo de los tiempos lanzar "fenómenos editoriales" con los que se comulga sin más y a los que se suman, como en este caso, los elogios de la cantante Patti Smith o de escritores consagrados como Daniel Kehlmann.

Lo cierto es que si se trata de sagas familiares, esta de Biedermann no es en absoluto comparable a grandes obras como Los Buddenbrook de T. Mann y ni siquiera a Los Effinger de Gabriele Tergit.

Es cierto que Lázár cuenta una interesante, detallada y dilatada historia de una familia aristocrática repleta de secretos y trastornos en su gran castillo durante el declinar del Imperio austrohúngaro y conduce las riendas del ambicioso relato hasta los tiempos de la posguerra mundial en que los soviéticos acaban con los privilegios de los nobles y más tarde ahogan la revolución húngara.

El libro, de hecho, se extiende hasta la escapada a Suiza de Pista y Eva, hijos del barón Lajos von Lázár, peripecia por la que pasaron los abuelos del propio autor en los años 50.

Pese a su juventud, Biedermann demuestra un "don de la palabra" y sabe contar una narración compleja

Biedermann, pese a su juventud, sí demuestra un "don de la palabra" y sabe contar con aire de fábula una narración larga y compleja en la que se involucran decenas de personajes, pero se vale a menudo de una prosa distanciada y funcional donde se echa en falta mucho más calor y pasión para tratarse de una historia tan personal y que tanto le atañe, sus propios orígenes.

A veces, además, las imágenes y símiles resultan bastante mejorables, caso de la desafortunada "El sueño era como un violador con el que tenía que meterse en la cama todas las noches" o la tendencia a etiquetar a un personaje en exceso al presentarlo, en lugar de dejarnos descubrirlo: "El inquebrantable benedictino Edmund Pontiller".

No puede decirse que escaseen los ingredientes: amores de señores y de criados, desgracias familiares, peligrosos fantasmas del bosque, visiones premonitorias, psicoanalistas, amores imposibles, veraneos de aguas termales, suicidios, conflictos entre padres e hijos, guerras, viudedades insoportables, alcoholismo, nazismo alemán o húngaro, estampas de Hitler y de Stalin, visitas terribles de la Gestapo, persecuciones y deportaciones de judíos, arriesgados exilios, granjas de trabajo para los antiguos nobles, expropiaciones y expolios que en minutos acaban con un esplendor de siglos…

Quizá la novela gana en intensidad en algunos pasajes sobrecogedores como la brutal llegada de los militares rusos a la mansión de los Fekete, o en el retrato del regreso a una devastada Budapest al terminar la Segunda Guerra mundial.

Lo cierto es que Biedermann resulta en general frío y alejado, y no es equiparable a otros autores alemanes que han retratado con mucha más solidez, autenticidad y convicción la derrota alemana en el frente del Este, narradores de la talla de Walter Kempowski en su Todo en vano o Ralf Rothmann en Morir en primavera.

Sin mencionar, claro está, las grandes cimas de la literatura germana que sí fueron magistrales renovadores, como Siegfried Lenz, Günter Grass y Heinrich Böll. Y, sin necesidad de remontarse tan atrás, otros autores suizos contemporáneos de Biedermann como Christian Kracht, resultan mucho más poderosos e innovadores. Biedermann es ambicioso e interesante, pero no esa anunciada gran revelación.