El 29 de noviembre de 2019, de madrugada, las cámaras de la sede londinense del MI6, situada a orillas del Támesis, captaron una silueta en un balcón del edificio de enfrente.
Cubierta de 'El hijo del oligarca'.
El hijo del oligarca
Patrick Radden Keefe
Traducción de Javier Calvo. Seix Barral, 2026. 496 páginas. 23,90 €
Llamado Riverwalk, el edificio es conocido por sus líneas curvas y los precios disparatados de sus pisos, pero también por el secretismo que envuelve a sus residentes (que a menudo ni siquiera viven regularmente allí): apenas hay registros claros de los dueños, entre los que hay plutócratas extranjeros, empresas más o menos opacas y respetables hombres de negocios.
Aquella noche, la silueta salía a un balcón de la quinta planta y, tras recorrerlo de un lado a otro, volvía al centro del balcón y se tiraba al vacío.
La policía encontró el cadáver por la mañana, aunque tardó varios días en identificarlo: se trataba de un chico llamado Zac Brettler, miembro de una familia discretamente acomodada, alguien que en principio no debería haber estado allí. En el apartamento vivía un hombre llamado Verinder Sharma, alias "Dave el Indio", que se dedicaba al narcotráfico y la extorsión.
La policía investigó el caso como si fuera un suicidio y el proceso judicial dejó el veredicto abierto. Cuatro años después, la historia llegó a oídos de Patrick Radden Keefe (Boston, 1976), uno de los reporteros estrella de The New Yorker y autor de algunos libros de no ficción ya clásicos, como El imperio del dolor, sobre la responsabilidad de los Sackler en la crisis de los opioides en Estados Unidos, o No digas nada, sobre el conflicto de Irlanda del Norte.
El escritor estaba en Londres precisamente por el rodaje de la adaptación de su libro sobre el IRA cuando conoció a un hombre que le contó la historia de Zac. El hombre era amigo de los Brettler. Pese a lo llamativo del caso —y pese al buen olfato de los tabloides británicos para esta clase de asuntos morbosos— ningún medio había informado de las extrañas circunstancias que rodeaban la muerte del chico.
Matthew y Rachelle, los padres, nunca llegaron a creerse que fuera un suicidio. Su hipótesis era que Zac había intentado huir de una muerte segura. La autopsia reveló que tenía la mandíbula rota antes de saltar. Y las cámaras del MI6 captaron movimiento en el piso antes y después del salto, lo cual contradecía la versión de Sharma, que afirmó estar dormido cuando Zac desapareció.
Lo mejor son los desvíos: el retrato de Londres en su dimensión más corrupta, con criminales amorales y autoridades pasivas
Poco después del salto, Akbar Shamji, otro oscuro personaje con un largo y dudoso historial en el mundo de las finanzas, aparecía en el apartamento, se asomaba al balcón y más tarde bajaba al río, a inspeccionar el posible lugar del impacto, lo que tampoco se correspondía con su declaración posterior. Los Brettler habían asistido con impotencia a una investigación que no aclaró ninguna de estas contradicciones.
Las pesquisas, sin embargo, sacaron a la luz algo que los perturbó: durante los meses previos a su muerte, Zac se había inventado una vida al margen de ellos. A ojos de aquellos hombres con quienes había pasado su última noche, Zac no se apellidaba Brettler, sino Ismailov, y era hijo de un oligarca ruso.
Al parecer, el chico había ido prometiendo los millones de su familia inexistente a todo aquel que necesitara un inversor. Tras insistirles a sus padres, estos le habían dado acceso a las 18.000 libras que habían ahorrado por él desde que era niño; en el momento de su muerte, le quedaban cuatro libras en el banco.
Los padres ya conocían la obsesión de Zac por el dinero y la riqueza —estimulada por el scroll infinito en perfiles de millonarios en Instagram—, pero ignoraban hasta qué punto estaba fascinado con ese universo lujosamente kitsch de los oligarcas rusos.
El chico había estudiado en una escuela privada llamada Mill Hill y había ido a clase con los hijos de algunos plutócratas. A los rusos ricos, como recuerda y documenta Radden Keefe, siempre les ha gustado mandar a sus hijos a las excelentes y carísimas escuelas privadas inglesas.
En solo cinco años, entre 1994 y 1999, el número de rusos entre los estudiantes extranjeros en este tipo de escuelas aumentó del 3% al 20%, una presencia que hoy en Londres se manifiesta a pie de calle, por ejemplo en los coches de alta gama a la puerta de los colegios.
Como detalla el autor, las élites londinenses siempre han estado enamoradas del dinero ruso, un idilio que lograron preservar incluso tras la guerra de Ucrania y las sanciones a los oligarcas cercanos a Putin.
El caso de Roman Abramovich es paradigmático: el exdueño del Chelsea no tuvo problemas en proteger su fortuna poco antes de la guerra, poniendo a toda prisa todo su patrimonio en fideicomisos multimillonarios a nombre de sus hijos.
Al igual que otros maestros del género, como David Grann, Radden Keefe se borra del relato salvo en los momentos que requieren su presencia. Ocurre, por ejemplo, cuando explica la importancia de su artículo de 2024 en The New Yorker como disparadero de esta historia, ya que animó a otros medios a hacerse eco de la misma.
El escritor consigue desenmarañar un relato lleno de mentiras y medias verdades en el que no omite, sin embargo, la confusión: como reconoce en las notas finales, su narración está muy pegada al punto de vista de los Brettler, así que incluye la incertidumbre a la que estos tuvieron que enfrentarse.
Radden Keefe es muy hábil en trazar conexiones inesperadas que enriquecen el perfil de sus personajes: por ejemplo, entre Zac y su abuelo Hugo Gryn, famoso rabino de Londres que, tras sobrevivir al Holocausto, fue inventando y reinventando su historia posterior a medida que la vivía.
En realidad, pese a las casi quinientas páginas del libro, la investigación de la muerte se agota relativamente pronto y el autor a veces parece caminar en círculos durante demasiadas páginas; por otro lado, no logra atar los cabos sueltos dejados por la policía metropolitana (que no quiso cooperar con el libro). De ahí que los desvíos sean lo mejor de esta historia: el retrato de Londres en su dimensión más corrupta, con criminales amorales, empresarios sin escrúpulos y autoridades pasivas o negligentes.
El autor retrata la capital británica entre la fascinación y la censura: "Londres es una ciudad tan bonita que, cuando paseas por sus calles, es fácil olvidar que su crecimiento se debió en gran medida a los saqueos imperiales", leemos. Y poco después, tras mencionar las fachadas impolutas: "La estética dominante de la ciudad es literalmente un blanqueado".
