Las lenguas necesitan ser defendidas, aunque en ocasiones haya que defenderlas de sus defensores. El español conoce ambos escenarios. Su situación internacional es lo bastante sólida como para prescindir de triunfalismos y lo bastante compleja como para estar alerta ante su evolución.
Desde el Observatorio Global del Español del Instituto Cervantes, con sede compartida entre Madrid y La Rioja, las cifras obligan a mirar la realidad con cierta frialdad: más de 600 millones de personas forman parte de la comunidad potencial de hablantes, más de 500 millones hablan la lengua con un dominio nativo y alrededor de 25 millones estudian español como lengua segunda o extranjera.
Pocas lenguas pueden presentar credenciales semejantes. Ninguna cifra, sin embargo, garantiza por sí sola el futuro de una lengua y la historia ayuda a entenderlo.
El castellano comenzó siendo la variedad romance de un pequeño dominio para después extenderse por buena parte de la península. El siglo XVI le abrió una etapa de consecuencias lingüísticas por entonces imprevisibles. América transformó profundamente la lengua: amplió su geografía, multiplicó sus contactos y acabó desplazando su centro de gravedad. Las independencias del siglo XIX consolidaron al español como lengua vehicular en los nuevos Estados.
Después, la escolarización y las migraciones terminaron de darle la dimensión que conocemos. Hoy, uno de cada diez hablantes nativos reside fuera de los países hispanohablantes y más de 120 millones de personas capaces de comunicarse en español viven fuera de ellos. La rancia equivalencia entre lengua y nación ya no sirve para explicar la realidad.
El futuro del español dependerá menos de sus millones de hablantes que de lo que estos hablantes hagan con él
En este panorama aparece inevitablemente el inglés. Su hegemonía internacional es clara en la ciencia, la tecnología y una parte muy importante de la comunicación profesional. Discutirlo tendría algo de ejercicio puramente recreativo, aunque, en numerosos contextos, saber inglés y español constituye una combinación del máximo valor.
El problema surge cuando el español queda reservado para la conversación familiar o el entretenimiento, mientras el conocimiento especializado circula casi exclusivamente en inglés. Una lengua verdaderamente internacional necesita servir también para producir ciencia, desarrollar tecnología y gestionar la complejidad.
En la proyección internacional de la lengua, la cultura y los creadores hispanohablantes actúan como el vector de penetración más sofisticado del que disponemos. Las proyecciones estadísticas nos otorgan volumen y densidad poblacional, pero es nuestra innegable capacidad de fascinación cultural la que hoy nos confiere verdadero prestigio internacional y un envidiable “poder blando”.
Contamos con un linaje de excelencia creativa que conforma una maquinaria arrolladora. Esta genealogía estética viene encabezada por la monumentalidad de El Quijote y atraviesa las audacias narrativas de los gigantes hispanoamericanos, para desembocar, con una naturalidad que a menudo desconcierta a los salvapatrias, en el indudable impacto comercial y mediático de figuras internacionales como Rosalía, la de Barcelona.
En este sentido, lo que está ocurriendo actualmente con la música comercial requiere un desapasionado análisis sociológico. Los ritmos urbanos, las fusiones de raíz y toda la industria musical en español se han transformado, de manera inexorable, en un caballo de Troya eficacísimo.
Esta ofensiva cultural contemporánea no precisa de grandes campañas gubernamentales ni de gramáticas normativas para cruzar fronteras físicas y barreras digitales. Entra directamente por las listas de reproducción de metrópolis como Nueva York, Berlín o Tokio. Millones de ciudadanos que ignoran por completo nuestra sintaxis consumen, bailan y memorizan letras íntegras en español, convirtiendo el acento hispano en el registro universal del ocio juvenil.
El futuro del español dependerá menos de su capacidad para exhibir millones de hablantes que de lo que esos hablantes sean capaces de hacer con él. Importará su transmisión entre generaciones, su presencia en la educación y su capacidad para producir conocimiento. También será decisiva su adaptación al entorno digital y a la inteligencia artificial, aun cuando la generativa vomite un español ortopédico o de plástico cuyos efectos sobre el futuro de la lengua están por ver.
El español afronta, pues, el futuro desde una posición excepcional. Tiene población, extensión geográfica y una producción cultural apabullante. Sería estúpido que sus hablantes, contando con semejantes recursos, dedicaran demasiado tiempo a preguntarse si la lengua es importante: resulta bastante más positivo averiguar dónde resulta útil y dónde pierde o carece de presencia o arraigo. Y para esa averiguación están las cifras: hay que contar los hablantes y sus realidades para que sus lenguas cuenten, porque, si bien los datos no suelen escribir buenos titulares, permiten al menos matar los relatos de chovinistas y redentores.
Francisco Moreno Fernández es catedrático Alexander Humboldt y director del Observatorio Global del Español del Instituto Cervantes.
