Ya tenemos en las librerías una nueva oportunidad para sumergirnos en el universo fantasmagórico y acogedor —sí, ambas cosas son compatibles— de Borja González.
El ganador del Premio Nacional del Cómic en 2023 presenta ahora La reina de otoño (Reservoir Books), un cuento de fantasía y aventuras independiente de su trilogía anterior, el ciclo de Las tres noches (The Black Holes, Grito nocturno —con el que ganó el Nacional— y El pájaro y la serpiente).
Esta nueva historia comparte con las obras anteriores muchos elementos visuales —la noche, bosques y castillos, mariposas y enormes troncos retorcidos— y esa atmósfera mágica, estilizada y melancólica, casi decimonónica en muchos aspectos.
También la protagonista vuelve a ser una chica sin rostro, una princesa acompañada por una loba con capa y espada (Lin) y un simpático cerdito (Olaf).
Sus obras anteriores se dirigían a un público principalmente adulto, pero en esta ocasión, González nos narra un cuento para todos los públicos. ¿El motivo? Su ahijada.
Cubierta de 'La reina de otoño', de Borja González.
Pregunta. La reina de otoño se presenta como una obra independiente de su ciclo anterior. ¿Cómo definiría esta historia y de qué manera influyó su ahijada en su origen?
Respuesta. Hace tres años, cuando decidí ponerme con este proyecto, lo planteé casi como un descanso tras concluir El pájaro y la serpiente y el universo que venía desarrollando con Las tres noches y La reina orquídea. Quería abordar algo más ligero donde disfrutara dibujando.
»Además, coincidió con el deseo de hacer un libro para mi ahijada Alma. Le había dedicado The Black Holes hace unos ocho años, pero ahora acaba de cumplir 12. Aunque ha leído mis cómics como podía, no son obras pensadas para una niña. Quería regalarle una historia para disfrutar ahora que todavía lo es.
P. Sin embargo, dice que ha sido uno de sus proyectos más complejos. ¿Qué dificultades surgieron durante el proceso?
Una página de 'La reina de otoño', de Borja González.
R. Ha sido, con diferencia, el libro más difícil y en el que más tiempo he tardado, unos tres años de trabajo que arranqué incluso antes de que me concedieran el Premio Nacional.
»Aunque partí de la intención de crear una historia infantil, a mitad de camino sentí que estaba escribiendo sobre la muerte y me asusté. Luego entendí que en realidad trataba sobre el paso del tiempo. Durante ese periodo mi ahijada creció, mi hermana tuvo una hija y perdí a uno de mis gatos. Toda esa experiencia sobre cómo cambia todo terminó dando forma a La reina de otoño.
P. El relato incluye giros emocionales intensos, como la pérdida irremediable de un personaje. ¿Cómo ajustó el tono para un público más joven?
R. Tenía muy clara desde el principio la idea del personaje del niño y lo que pasaría con él. Tuve que frenarme y ser comedido en ciertos pasajes para no traumatizar a nadie.
Una página de 'La reina de otoño', de Borja González.
»Le fui enseñando las primeras páginas a mi ahijada, aunque me guardé el final para conservar la sorpresa. Cuando terminó de leerlo le pregunté si le había parecido triste, pero los niños están hechos de otra pasta y encajan estas historias con naturalidad, como me ocurría a mí de pequeño al ver La historia interminable.
P. En el apartado gráfico mantiene un universo muy reconocible, pero ¿hay diferencias de atmósfera respecto a sus cómics anteriores?
R. Mis obras previas tienen mucha influencia del cine y la literatura de terror, con una sensación constante de inquietud, extrañeza u "otredad". Aquí esa amenaza de fondo no existe; hay un ambiente onírico, pero no esa incomodidad.
»Por lo demás, considero mi dibujo como mi propia caligrafía, algo que me llevó años definir ajustando defectos y abrazando lo que me gustaba dibujar. Pasado el tiempo, me gustaría probar un estilo completamente distinto en mis ratos libres, pero únicamente para mí, por el mero placer de investigar fuera del ámbito editorial.
Una página de 'La reina de otoño', de Borja González.
P. Los cuentos tradicionales suelen encerrar alguna lección. ¿Existe una moraleja deliberada en esta obra?
R. Más que una moraleja buscaba reflejar una obviedad: la protagonista tiene prisa por convertirse en reina, pero la vida pasa y conviene recordar que no hay que correr tanto. No quería ponerme trascendente ni descubrirle a nadie que se va a morir, sino sugerir algo tan básico como aflojar el ritmo, tomarte una caña o jugar a la pelota con tus amigas; en definitiva, disfrutar del presente sin angustiarse tanto por el mañana.
P. Cuando le entrevisté la última vez, acababa de ganar el Premio Nacional y me dijo que, a pesar de haber alcanzado cierto éxito, era mileurista.
R. Sí, recuerdo bien esa entrevista porque trajo cola lo que dije, y eso que era algo para mí muy obvio: que a pesar del éxito, estaba con una mano delante y otra detrás.
Una página de 'La reina de otoño', de Borja González.
P. ¿Y ha cambiado esa situación? ¿En qué nivel está la precariedad del sector?
R. Mi situación económica es incluso peor porque este año no me han dado ningún premio con dotación económica. A día de hoy hacer cómics en España, salvo honrosísimas excepciones —y desde luego, yo no soy una de ellas— es asumir una vida muy precaria e incluso una serie de renuncias vitales. Las cosas han mejorado algo con respecto a hace 10 años, pero no tanto como para que suponga un cambio significativo.
»Yo tendría que triplicar mis ingresos para poder decirte que me va bien. Para conseguir un sueldo aceptable tengo que publicar en el mayor número de países posible, arañar adelantos y trabajar sin parar. De hecho, vivo en Badajoz; si viviera en Madrid habría tenido que dejar esto hace tiempo.
»En unos días voy invitado al festival FIQ en Belo Horizonte (Brasil), y me veo obligado a trabajar ahora el doble para compensar los días que no podré hacerlo cuando esté allí.
Una página de 'La reina de otoño', de Borja González.
P. Además de la creación, compagina su trabajo con la docencia. ¿En qué consisten esos cursos?
R. Imparto un taller online a través de la Asociación de Universidades Populares de Extremadura (AUPEX), dirigido a personas de otros ámbitos creativos —como el audiovisual o la edición— que buscan ampliar recursos. Además, doy clases presenciales en un taller de cómics de nueve meses en la escuela Mirada y Voz, en Badajoz.
P. Para terminar, ¿cuál es su visión sobre el impacto de la inteligencia artificial en las artes visuales?
R. Yo sigo trabajando de forma tradicional con plumilla y pincel, reservando el ordenador únicamente para la maquetación y un color digital muy sencillo. Respecto a la IA, en el plano legal es un expolio y un robo evidente de nuestro trabajo. En lo artístico, allá cada cual. Me parece un despropósito obsesionarse con ahorrar tiempo en una disciplina donde lo valioso es precisamente el proceso. El estilo y el discurso de un autor se construyen trabajando; si eliminas el proceso creativo por inmediatez, el resultado artístico queda totalmente banalizado.
