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Los protagonistas de las novelas de Santiago Lorenzo (Portugalete, Vizcaya, 1964) son como tú y como yo, si damos por hecho que ni tú ni yo somos unos estúpidos. Porque si así fuera nos pareceríamos mucho más a los antagonistas, que no tienen tan mala sangre para ser malvados pero son tan cafres, y a menudo tan trepas, que sus actos provocan sufrimiento entre las personas normales y corrientes que andan cerca de ellos.

Sí, así son, en general, los personajes que agitan las historias del escritor y cineasta, apartado definitivamente del sector audiovisual. El éxito de Los asquerosos (2019) le permitió dedicarse a lo que más le satisface: montar maquetas y escribir novelas de gente gris como nosotros y como Cecilia, "alguien que se siente tan sola que atiende las llamadas de los teleoperadores de telefonía o de luz", según la define él mismo en esta entrevista.

Es el alma de su nueva peripecia narrativa, Contenta (Blackie Books), que congrega a sujetos tan dispares como Trompillo, "un buen hombre con cara de hijo de puta", y Díaz Oña, un tipo que "no tuvo hijos porque nadie quería ser su hijo". Tenemos un pueblo, como casi siempre, y una historia amarga pero sobre todo tierna con un final delicioso. Desde su pueblo, o quizás es más preciso decir una aldea de la que prefiere no revelar su nombre, nos atiende al teléfono, también como casi siempre, el autor. Dicharachero y afable, sin el menor reparo por pronunciarse acerca de cualquier asunto, por espinoso que resulte.

Pregunta. ¿De dónde surge el planteamiento de esta historia? ¿Por qué ponerle a la protagonista un reto tan poco estimulante?

Respuesta. Bueno, es la historia de una persona a la que le encargan un trabajo que no sabe cómo demonios hacer. No es que me haya pasado a mí, es que nos ha pasado a todos. A ti seguro que también. A veces pienso que soy un periodista que tiene que llamar a un novelista para entrevistarlo y me digo: a ver quién me sale ahora al otro lado del teléfono... Tengo la impresión de que la tesitura de tener que llenar 45 minutos de vídeo con las imágenes de un pueblo feísimo es el trasunto de lo que nos pasa a todos diariamente en muchas ocasiones: ¿cómo demonios hago yo ahora esto? Pensé que escribir sobre esto podía ser divertido.

P. Lo que sí resulta extraordinario es ese giro argumental tan sorprendente, con la muerte de uno de los personajes.

R. Sí, es que un día pensé que en las cosas que yo había escrito había pocas muertes. En la realidad las muertes no tienen ninguna gracia, pero en la ficción son muy fértiles. Además, me parecía una idea muy interesante que todo el pueblo celebrara la muerte de alguien, porque remite al wéstern. Pensaba, por ejemplo, en qué pasará cuando muera Trump… Toda muerte hay que sentirla, pero cuando matan a Lee Van Cleef todo el mundo aplaude.

"En la realidad las muertes no tienen ninguna gracia, pero en la ficción son muy fértiles"

P. Creo que hizo suya la consigna de un amigo que decía que había que estar enfadado para escribir. Esta novela llega cuatro años después de Tostonazo. ¿Qué le ha enfadado en este tiempo?

R. He encontrado motivos de enfado, desde luego. En todo caso, he tardado cuatro años, así que tampoco es que me pase la vida haciendo vudú, tan enfadado no estaré... Pero sí había cosas que me indignaban y las he metido. Han sido años en los que se ha visto una dejación de responsabilidades con muertes de por medio, por ejemplo en una DANA. Se han visto cosas muy graves.

P. El personaje de Díaz Oña recuerda bastante a Mazón.

R. Se llama Carlos, ¿verdad?

P. ¡Claro, no había caído!

R. ¡Claro! [risas]. Pero, vamos, viene a ser un conglomerado de mucha gente.

P. También puede recordar a Miguel Ángel Rodríguez, porque es el jefe de prensa de un organismo político con comportamientos cuestionables.

R. En la voz atiplada, ¿no? [risas]. Pero no le he puesto una barriga tan gorda como la que tiene ese en la realidad [risas]. La verdad es que salen como doce o catorce personajes públicos de nuestra panoplia, como Abel Caballero y su infantilismo.

Cubierta de 'Contenta'. Blackie Books

P. Lo que está claro es que perdura su fascinación por los personajes estúpidos. Hasta hace poco decía que en el mundillo de la literatura se había encontrado a muy buena gente, al contrario que en el sector audiovisual.

R. Sigue siendo así, pero quizá tiene que ver con que me paso la mayor parte del tiempo metido en un pueblo. Me he cambiado, por cierto, desde la última vez que hablamos, a uno más pequeño y alejado.

P. Ah, ¿sí? ¿Cuántos habitantes tiene este? El anterior tenía 16.

R. Cuando llegué a este, éramos tres. Ahora ha venido una familia majísima y dos tíos que están reconstruyendo una casa, así que somos nueve. Hemos triplicado la población. Es como si en Madrid aparecieran de repente 9 millones de personas [risas].

P. Y al llegar a un pueblo de tres personas, ¿no se siente de pronto un poco "mochufa"?

R. No, porque como yo me inventé la palabra "mochufa", puedo manipularla para no resultarlo [risas]. Sobre el hecho de llegar a sitios nuevos, uno ha cogido callo. Aquí me he encontrado una microsociedad en la que me siento muy a gusto. Pero ¿qué me estabas preguntando?

P. Lo de encontrarse con idiotas en el mundo de las letras...

R. Eso. Nada, me gusta pasar por cándido y pensar que si no los he encontrado es porque no los hay. Aunque una vez me tocó dar la mano a Mario Vaquerizo en un Sant Jordi y esa experiencia contradice lo que digo; fue nefasto.

"En la comedia española se están haciendo cosas fantásticas como 'Vota Juan' o 'Poquita fe', que es una obra maestra"

P. Por cierto, esta vez hay una mirada menos compasiva sobre los antagonistas, Josito y Díaz Oña.

R. Bueno, en un momento dado se sugiere que en realidad Díaz Oña ansiaba la muerte y se estaba suicidando a píldoras, como demostraba su envejecimiento prematuro y su degradación orgánica. Como si él mismo se diera cuenta de que no merecía la pena estar en el mundo de los vivos. Pero prefiero hablar de Trompillo, que me cae muy bien. Es un hombre feo y con aspecto de paleto al que todos marginaríamos en un grupo, pero mi experiencia es que ese tipo de persona suele ser el más listo en el mejor sentido, quien tiene más cosas que aportar a los demás. Está basado en mucha gente que he tenido a bien conocer.

P. Los personajes más despreciables de sus últimas novelas son varones. Entiendo que es una coincidencia y no una cuestión de género, y que no le asusta retratar a una mujer idiota.

R. No, en absoluto. Hay un personaje femenino repugnante en una novela mía de hace once años, Las ganas, llamada Doña Emma. Era una persona que no sabía hacer nada y estaba inspirada en mujeres reales. De hecho, entre las doce o catorce personas que inspiraron el personaje de Díaz Oña había varias mujeres.

P. En la novela, Cecilia siente la necesidad de socializar, igual que el Manuel de Los asquerosos quiere tener amigos. ¿Pretende ser una sátira del momento actual, en el que parece que no sabemos estar solos?

R. Creo que muchas personas en cualquier momento tienden a no querer estar solas. Otra cosa es un personaje que procura fulminar su soledad y descubre que estar solo es lo mejor, como pasaba en Los asquerosos. Pero Cecilia, la protagonista de Contenta, no tiene tanta suerte y busca compañía con desesperación.

"Durante los meses que paso escribiendo me olvido por completo de quién va a comprar el libro"

P. El narrador se ensaña con los chistes malos en esta novela a propósito del libro que Trompillo le regala a Cecilia. ¿Qué tipo de humor es el que no soporta Santiago Lorenzo?

R. Sé que esto no es popular, pero a mí siempre me ha dado asco, pero asco de potar, el humor de Mariano Ozores. Todo el conjunto, incluida la connotación machista, no me hace ninguna gracia. Tampoco soporto a Benny Hill, que era el Mariano Ozores británico. Yo hice una película que se llama Mamá Boba y había un matrimonio feliz que se contaba ese tipo de chistes horrorosos.

P. En el panorama actual hay propuestas que creo que le interesan más...

R. Solo con el hecho de que estuvieran haciendo humor Pepón Montero, Juanito Maidagán, Borja Cobeaga, Juan Cavestany, Álvaro Fernández Armero o Diego San José, estaríamos salvados. Se están haciendo cosas fantásticas como Vota Juan o Poquita fe, que es una obra maestra. Además, viendo series de todos los países me he dado cuenta de que el humor y el drama son los mismos en todas partes: a todos nos dan vergüenza las mismas cosas. Eso que consideramos nuestros "pecados nacionales", como la envidia o la preocupación por el qué dirán, son los mismos motores dramáticos que en una producción canadiense.

P. En la anterior entrevista me decía que no le importaba que le leyeran. No sé si su actual dimensión como escritor, que no ha dejado de crecer, ha cambiado su parecer al respecto.

R. Creo que no. Igual el matiz es que me importan muy poco los resultados económicos. Si todo el mundo robara el libro de las estanterías no cobraría nada, pero estaría bien que lo leyeran. Lo que te aseguro es que durante los meses que paso escribiendo, me olvido por completo de quién va a comprar el libro o si al editor le apetecerá publicar la obra. De hecho, el día que me toca enviársela a Jan Martí, mi editor en Blackie Books, siento como una fractura en la cabeza y pienso: ¿cómo se la voy a mandar yo a nadie? Te convences tanto de que es algo que haces para ti que te cuesta desprenderte de algo tan íntimo.

"No hay oro en el mundo que pague poder decir 'no' a una productora que pretende adaptar tu novela"

P. Qué maravilla que le siga ocurriendo eso tras cosechar tan grandes éxitos.

R. De hecho, creo que con el éxito de Tostonazo y Los asquerosos ya no me va hacer falta vender más, porque soy muy austero. No sé, igual esto es mejor no meterlo. Publicado puede quedar muy cretino, ¿no? [risas].

P. Sería una pena...

R. Bueno, no sé, como veas.

P. Si le parece, yo me comprometo a quitarlo si no logro captar la autenticidad con que lo ha dicho.

R. Venga, ¡trato hecho! [risas].

P. Me ha parecido que una de las moralejas de esta historia es que se puede ser feliz incluso en el lugar menos atractivo del mundo. Que no se trata de dónde, sino de cómo, incluso con quién.

R. Totalmente de acuerdo. Siempre he tendido a sentirme bien y en mi vida normal las cosas tienden a tener un final feliz. No es que aspire a finales de estos, pero escribo sobre gente que se esfuerza y le echa coraje, así que obtienen éxitos parciales que consideran totales. Uno es asquerosamente optimista, qué le vamos a hacer.

P. Para terminar, ¿qué ha sido del proyecto de adaptación cinematográfica de Los asquerosos?

R. Nada. Hicimos mal en anunciarlo en Twitter [ahora X] porque no dependía de nosotros. La historia es larga, pero se resume en una palabra: desapareció. La cuestión es que nunca llamamos a la productora para preguntar '¿qué hay de lo mío?', y creo que los productores no soportan que no dependas de ellos. Hoy en día rechazamos las propuestas porque el cine es un tostón.

P. O sea, que de volver a hacer películas, ni hablar.

R. Ni me lo planteo. Y mira que me alegro mucho por el buen momento del cine español y por mis amigos del sector, pero ya no es para mí. Prefiero escribir una novela en mi casa y entregársela a la editorial. Y en cuanto a las ofertas de adaptación al cine, solo traen líos de porcentajes y dolores de cabeza. En cambio, la adaptación al teatro de Los asquerosos fue maravillosa porque trabajaron en el montaje con sencillez, todo súper fácil. En el cine es imposible, todo son complicaciones con el merchandising, los derechos para plataformas o los contratos internacionales. No hay oro en el mundo que pague el hecho de poder decirles que no.