Fue Serrat quien cantó en el estribillo de Lucía a la nostalgia por lo que nunca tuvo, por lo que perdió. No sabremos ya si alguno de los 79 proyectos malogrados de Azcona hubiera sido mejor que cualquiera de los 109 que culminó.
Cubierta de 'Rafael Azcona. Lo que no pudo ser'.
Rafael Azcona. Lo que no pudo ser
Santiago Aguilar y Bernardo Sánchez
Pepitas ed., 2026
336 páginas. 24,90 €
Pero hemos conocido, por ejemplo, gracias a la soberbia investigación de Santiago Aguilar –experto en la obra de Azcona– y Bernardo Sánchez –autor de la reciente adaptación al teatro de La escopeta nacional–, que en los 60 Serrat, precisamente, iba a participar en Los aficionados, una película que llevaba gestándose más de una década y finalmente acabó siendo, después de cambiar tres veces de título, nada menos que La vaquilla.
Nos perdimos también, y esto es más hiriente, ver a Antonio Banderas encarnando a Lorca en Cadaqués 1927, una película destinada a la Expo 92 que hubiera dirigido Maurizio Scaparro sobre los días que pasó el poeta con Dalí en la Costa Brava. ¿Y qué hubiera pasado si su novela Los europeos, que iba a ser adaptada por Berlanga, hubiera contado con Vittorio Gassman y Alfredo Landa?
¿Y si hubiera materializado junto a Pedro Masó los proyectos de Bodas de oro y Matrícula de honor? ¿Y si José Luis Cuerda y posteriormente José Luis García Sánchez hubieran podido llevar a buen puerto el guion de El laberinto? No habría estado mal que al menos el proyecto de Las hermanas del Don, la única colaboración que hizo con José Luis Borau, acabara siendo una película.
Desde su etapa en la revista La Codorniz, adonde llamó Marco Ferreri interesado en producir la adaptación de Los muertos no se tocan, nene –Berlanga rechazó dirigirla–, Azcona encadenó muchos éxitos, pero también varios emprendimientos fallidos. Al principio fue la censura franquista, que amputó partes de El pisito y El cochecito, de Ferreri, y echó por tierra, entre otras muchas, Arturo, sobre un seminarista que se transforma en mujer, e Inseminación artificial.
Nos hurtaron aquí un reparto formado por Fernando Fernán Gómez, Agustín González y José Luis López Vázquez como el inseminador, aunque alguna escena incluida en este guion sería reciclada en ¡Vivan los novios! Algo similar ocurrió con la mutilada Marcia nuziale, de la que se tomó la idea de las muñecas de plástico para Tamaño natural, calificada por Buñuel como "una guarrada".
En Italia, Raffaele Ascona –así aparecía en los créditos– también tuvo que lidiar con la censura: La abeja reina desató un escándalo judicial en el que intervino hasta el Vaticano y Ferreri, el director, fue procesado. Con todo, el fracaso de los proyectos más prometedores tuvo más que ver con los desmanes de los productores. Dino de Laurentiis despidió a Ferreri y relevó a Nino Manfredi como protagonista en El poder de la mafia, que fue abucheada después de ganar la Concha de Oro en San Sebastián.
Los productores alemanes arruinaron Caronte, una reescritura en clave esperpéntica a cargo de Azcona y Berlanga de El último caballo, de Edgar Neville, donde el protagonista, pensado para Fernán Gómez, era el cochero del carruaje de una funeraria. Al menos esta fue, de algún modo, la semilla de El verdugo, que tuvo objeciones de la censura en quince escenas.
Con Carlo Ponti, marido de Sophia Loren, hicieron L’uomo dei cinque palloni, pero el productor no permitió que el disparatado argumento devaluara la imagen de Mastroianni, que iba a ser el protagonista, y finalmente el proyecto se quedó en un sketch.
Tras la muerte de Franco, Azcona participó en otros tantos guiones truncados, como el de la cuarta parte de la saga iniciada con La escopeta nacional, cuando el proyecto aún se llamaba Nacional IV, que acabó abandonando. Siguieron Berlanga y su hijo Jorge, pero fue Manuel Hidalgo quien lo culminó en solitario. El proyecto final (¡Viva Rusia!) tampoco salió.
En todo caso, la gran espina del guionista fue no haber hecho El castillo, de Kafka, por la que suspiró desde finales de los 50 hasta su muerte. Solo queda consolarse con aquella frase de Borau: "La mejor película es aquella en la que no ves nada". Pero, claro...
