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En Todos mis pecados y la mitad de mi dolor, Elena Medel (Córdoba, 1985) ha construido una novela de campus, que además es mucho más. Sus páginas desmantelan la mentira de la meritocracia o, dicho de otro modo, la ideología del esfuerzo y del sacrificio.

Cubierta de 'Todos mis pecados y la mitad de mi dolor'. Seix Barral

Todos mis pecados y la mitad de mi dolor

Elena Medel

Seix Barral, 2026

384 páginas. 22,90 €

El vampiro emerge en la novela como figura a la vez de poder y de terror, no solo en el poema de Byron, "El infiel", también en la facultad de Filología Inglesa: los cuerpos se ofrecen humildes y en servidumbre ante el poder del vampiro, se desangran a la espera de obtener la vida eterna, que en el campus significa conseguir una placita.

Pero nada es nunca fácil. La ideología del trabajo a destajo se desmorona entre los pasillos de la facultad: la sumisión es al fin lo que alimenta el sistema, pero las castas heredan el poder reverencial del profesor titular. No en vano, la novela es una suerte de sátira costumbrista que señala sin piedad las míseras corruptelas de las universidades: amiguismos, puñaladas, falsa civilidad, un nido sucio de ratas que se muerden y se comen por obtener un lugar estable y reconocido donde poder descansar al fin de toda exigencia y detener el horror de tener que demostrar, doblegarse, fustigarse.

Medel realiza una inmersión (excelente, impresionante) en la intimidad de un manojo personajes execrables y egoístas, que lejos de ser extraños o tan solo despreciables, se parecen a nosotros, a esa parte más ruin que todos llevamos dentro: la ambición o el afán de que otros nos valoren, que seamos reconocidos, que no seamos un cero a la izquierda todo el tiempo.

La poeta, ensayista y narradora cordobesa no se anda con remilgos... La fe y la esperanza emergen en la novela como instancias risibles por inocentes: "Sé fuerte", le dice el cura a la tía Isabel, y treinta años más tarde Dios seguía en silencio, sin decirle una palabra. Así es la vida, nos dice la autora, así es la carrera universitaria: años de devoción y si esperas respuesta, a lo sumo y con suerte, una patada o tal vez un silencio insoportable.

El microcosmos universitario también le sirve a Medel para realizar una crítica despiadada contra el privilegio de cuna, que es esa estirpe tocada por la suerte y por la gloria sin mover un solo dedo. Su estructura, jerárquica y absolutista, expulsa a quienes vienen de barrios del extrarradio con la intención de medrar y de entrar en el sistema. Esfuerzo, abnegación: nombres de la humillación o eso que el narrador denomina "la capacidad para la devoción".

Y de nuevo el vampiro que aparece como imagen y como espejo: dar la sangre no implica nada más que vaciarse de conciencia y de orgullo de origen y de clase o acaso agachar la cabeza ante el padre en acto de vasallaje. No pretendo destripar la novela en absoluto: no puedo ofrecer más pistas en la carrera que lleva a la titularidad.

Tampoco revelo nada si digo que los personajes, como se apunta, cumplen "la función que os han asignado para que nada cambie, y mantener el orden. Joder, qué bajón". Y es cierto: Todos mis pecados y la mitad de mi dolor es una novela sumamente desesperanzada. Quiero decir, lúcida, sin corazón. Cómo decirlo sin que el lector desee huir cuando lo que debiera hacer es salir corriendo hacia la novela.

Lo dice Medel: "Ser persona es ser un monstruo, pero algunos lo son más". Pero también: la estructura cotidiana que podría sostenernos (la familia, la pareja) es la muerte de las almas, del deseo, del amor; lo normal es lo aberrante. El matrimonio es un sitio de coerción y miseria y los amantes no salvan. El egoísmo anula el anhelo de vivir, de encontrarse con los otros. Qué mundo horrible es este donde todos se observan el ombligo con fruición. Fuera no hay nadie. No hay nada.

Medel escribe con rabia latente, pero hace de esa ira una instancia literaria donde todo se alía para ofrecer un texto que mete miedo

La facultad de Filología Inglesa no sirve solo como metáfora de los mecanismos de poder, sino que también funciona como sucursal del infierno que es la vida en sociedad: un lugar encarnizado donde campa el cinismo disfrazado de artificio, de elegancia, de sapiencia.

Estefanía, la estudiante choni demasiado maquillada y con kilos de más, es la única capaz de ofrecer algo de luz, pero solo en su fuero más íntimo y personal: en la vida material, ellos ganan y ella pierde. Pierde el vínculo del barrio, las amistades, el novio. Un novio que acabará infeliz y encerrado en una vida adulta de proletario agobiado por los hijos, la mujer, los críos y el trabajo.

Los bloques de los barrios periféricos marcan los límites; nos dijeron que los cuerpos trabajadores y humildes podrían rebasar las fronteras invisibles. Mentira. Eso dice Estefanía con la vida de su cuerpo, totalmente "insignificante en el engranaje del mundo".

En el poema de Lord Byron, que es crucial en la novela, el vampiro es infiel: chupa almas y usa cuerpos en su propio beneficio. Pero mientras el Lord reduce sus personajes a puro estereotipo, Medel opera en sentido opuesto: usa el cliché y sin embargo consigue insuflar una intensa humanidad a todos sus personajes, con la grasa de sus cuerpos y de sus comidas, con los vómitos, el rímel, los cubatas, el sudor, las borracheras, los bailes y sus tristes ambiciones.

El cliché en su escritura adquiere vida profunda, es complejo y no tan solo una imagen o un capricho: funciona como emblema y a la vez exuda carne. Tanta carne y tan real que el lector se pregunta, pero qué mundo de mierda.

Medel escribe con rabia latente, contenida, impresionante, pero hace de esa ira una instancia literaria donde las voces, los tonos, la poesía y el juego con los géneros (el diario personal, las actas y los informes psiquiátricos, el monólogo interior, el narrador titubeante, los correos electrónicos, los comentarios de texto, el mundo como un teatro de marionetas sin alma) se alían para ofrecer un texto que mete miedo y podría provocar incendios en media España.