¿Qué libro está leyendo?
El cáncer y la madre que lo parió, de Máximo Pradera.
¿Cuál es el libro que más le ha “autoayudado”?
El nombre de la rosa. No porque me haya dado respuestas, sino porque me enseñó a hacer las preguntas correctas.
Si no hubiera podido ser escritor, ¿qué hubiera querido ser?
Lector profesional. Que no existe, pero la pregunta era qué hubiera querido ser, no qué hubiera podido ser. Si me obligan a elegir algo que exista de verdad: traductor. Es el único oficio en el que leer y escribir son la misma cosa.
Un acontecimiento que le habría gustado vivir in situ.
La Viena de 1900. Freud, Wittgenstein, Klimt, Schönberg, Musil: todo lo que iba a ser el siglo XX estaba a punto de explotar y nadie lo sabía todavía.
¿Cómo, cuándo y por qué surgió su Gonzalo de Berceo, monje y detective?
Surgió del vino, como casi todo lo bueno. Estaba leyendo al Berceo real –el de los Milagros de Nuestra Señora– y me llamó la atención que detrás de toda esa devoción había un hombre con un ojo clínico extraordinario para los pecados de sus contemporáneos.
¿Qué le debe esta serie a Eco y a El nombre de la rosa?
Mucho, y no lo oculto. Le debo la demostración de que se puede hacer. Dicho esto, creo que la deuda es más de valentía que de estilo.
En esta ocasión, Berceo viaja a la Córdoba de los omeyas. ¿Somos conscientes de la deuda cultural que tenemos con el mundo árabe de entonces?
No. Y lo curioso es que la ignorancia va en las dos direcciones: ni sabemos lo que les debemos, ni sabemos lo que ellos nos deben a nosotros. La historia de Al Ándalus se ha contado siempre en clave de conflicto o de idilio, pero lo que había era algo mucho más complicado y más parecido a lo que somos ahora de lo que nos gusta admitir.
¿Cuánto hay en su novela de historia, cuánto de intriga, cuánto de cultura y cuánto de humor?
No soy matemático, pero diría que la historia es el suelo, la intriga es lo que te hace seguir caminando, la cultura es la luz con la que ves el paisaje y el humor es lo que te impide tomarte demasiado en serio cualquiera de las tres. Proporciones exactas no tengo. Si las tuviera, probablemente la novela sería peor.
¿En qué película se quedaría a vivir y en cuál no aguantaría ni un minuto?
A vivir, en cualquiera de Berlanga: hay una humanidad ahí dentro caótica y tierna, que me parece habitable. No aguantaría ni un minuto en cualquiera en la que todo el mundo sepa lo que quiere y actúe en consecuencia.
¿Ha experimentado alguna vez síndrome de Stendhal?
Una vez, ante el pórtico de la Gloria en Santiago de Compostela. No por devoción, sino porque hay ahí una concentración de trabajo, de tiempo y de intención humana que a uno le hace sentir muy pequeño de una manera que no resulta desagradable.
Díganos algo que ya no soporte del mundillo cultural.
La costumbre de presentar los libros como si fueran medicamentos: “esta novela nos invita a reflexionar sobre”, “esta historia nos hace preguntarnos si”. Los libros no invitan ni hacen. Los libros están ahí. Si el lector quiere reflexionar, reflexiona; si no, también está bien.
Un placer cultural culpable.
Colombo. No me parece culpable en absoluto, pero sé que hay gente que lo consideraría una concesión.
¿La inteligencia artificial matará la creación artística?
No. Matará algunas formas de la creación artística mediocre, que es lo que han hecho siempre las nuevas tecnologías. Lo que no podrá hacer, al menos por ahora, es equivocarse de la manera en que se equivocan los buenos escritores: con una lógica propia, con unas obsesiones reconocibles, con algo que se parece a una voz. El día que la inteligencia artificial tenga voz propia, hablaremos. Hasta entonces, que nos ayude con la documentación.
España es un país...
...que todavía no sabe muy bien qué hacer con su historia. Lo cual, a efectos narrativos, es una bendición.
