Cuenta Lena Dunham (Nueva York, 1986) en sus memorias, Famesick (Debate), que su madre eligió llamarla así porque sonaba a nombre de alguien que podía llegar a ser estrella de cine o abogada con igual nivel de éxito. Acertó con lo primero.
La actriz y cineasta estuvo en boca de todo el mundo a partir de 2012, cuando consiguió que HBO diese luz verde a su primera serie, con solo 24 años.
Girls (2012-2017), el reverso de Sexo en Nueva York protagonizado por un grupo de veinteañeras, fue tal bombazo televisivo que coronó a Dunham como la portavoz de la generación millennial. Una voz narcisista, incómoda, divertida y honesta que elevó su nombre al estatus de icono pero también lo vició para siempre.
Portada de 'Famesick'.
Tras años apartada del foco mediático, Dunham rememora en sus nuevas memorias—publicadas en abril en Estados Unidos, han llegado a España este septiembre—ese atropellado ascenso a la fama y su posterior caída, imbuida en una espiral autodestructiva de adicciones, relaciones tóxicas y enfermedades.
La cineasta, que acaba de cumplir cuarenta años, recorre dos décadas de su vida con una memoria prodigiosa y despiadada, aunque reconozca haber echado mano de los innumerables artículos que pululan por la red sobre su vida privada, sobre todo para ordenar ciertos recuerdos cronológicamente.
Dunham es un ídolo de su tiempo, consagrado y despedazado con la misma vehemencia en Internet. "La gente de Internet era cruel conmigo, aunque nadie lo era más que yo", escribe en estas memorias que navegan, como ella, entre el ensimismamiento y la autocrítica.
La forma en la que Dunham cuenta sus vivencias, tan traumáticas como entretenidas, recuerda a la brillante ligereza de autoras como Eve Babitz —especialmente en su retrato de Los Ángeles y ese percance de prenderse, sin querer, fuego a sí misma— y de Nora Ephron, madrina y amiga de la autora.
Ambas no escatimaron a la hora de revelar detalles personales en sus libros, y tampoco lo hace Dunham, en cuyas memorias desfilan cineastas —unos jovencísimos hermanos Safdie con los que coincidió en la universidad, Ti West, Greta Gerwig, Noah Baumbach—, compañeros de reparto (Adam Driver es el que peor parado sale), ex amigos (como Jenni Konner, productora ejecutiva y ex amiga), exnovios (con Jack Antonoff como principal protagonista) y sus padres, dos artistas neoyorquinos comprensivos pero nunca aduladores.
La de Dunham es una jugosa crónica social —más disfrutable cuantos más nombres conoces—de la década de los 2010, cuando en Hollywood todavía no estaba de moda hablar de salud mental ni de abusos sexuales; tampoco de nepobabies o gaslighting y los hombres no se esforzaban ni en performear.
Sin embargo, asegura la autora, este no es un libro de venganza. De hecho, ella —infiel, egoísta, descuidada— queda en evidencia en muchos capítulos. Más bien parece una forma de vaciarse, de justificar sus acciones y contar qué significaba realmente ser Lena Dunham cuando ese nombre ya había sido usado, gastado, raído.
"Yo no empecé en esto queriendo ser una celebridad, estoy aquí por un impulso casi inagotable de autoexpresión que se manifiesta como una adicción al trabajo", escribe.
Alrededor de esa ambición desmedida va recordando su adultez precoz, apadrinada por el rey de la comedia estadounidense Judd Apatow y paseando por alfombras rojas con "una sonrisa enorme de no haber aprendido a posar", hasta el agotamiento extremo, que desembocó en un estado de disociación durante años, y enfermedades crónicas, que la convirtieron en una adicta a las pastillas.
"Me llevó mucho tiempo entender que podía tener un cuerpo frágil y una mente fuerte", dice Dunham, que reconoce haberse pasado diez años de su vida enferma, yendo de hospital en hospital.
Tras años padeciendo endometriosis y convencida de que su útero era "defectuoso" —"Un bolso falso de Chanel comprado en Chinatown lleno de pesadillas"—, se sometió a una histerectomía.
La autora habla de su cuerpo, siempre juzgado, con una honestidad brutal, la misma que reflejaba en Girls. Sin embargo, si ahí se centraba en el sexo, aquí profundiza en la maternidad y en cómo su infertilidad no le arrebató su deseo de ser madre.
Dunham, según recuerda en sus memorias, definió a las protagonistas de su serie así: "Somos feministas que no sabemos cómo vivir de acuerdo con nuestra ideología". Un retrato muy certero de en lo que se ha convertido la propia escritora, quien en 2017 defendió a un exguionista de Girls (Murray Miller) acusado de violación a una actriz y que, recientemente, ha anunciado que ha sido madre por gestación subrogada, una práctica legal en Estados Unidos y prohibida en España.
Sobre el primer caso, asegura en el libro que aquellas declaraciones —de las que ya se había retractado públicamente— se debieron al estado en el que se encontraba: "Estaba tan sumida en mi propia angustia (física, emocional, existencial), que había dejado de ser capaz de imaginar la de los demás". Reconoce que había perdido la empatía, "la cualidad más importante de una escritora, de una mujer, de una amiga".
Sobre su polémica maternidad, sin llegar a profundizar, parece justificarse sugiriendo lo mucho que una persona es capaz de traicionarse a sí misma con tal de alcanzar aquello que desea. Una admisión que no la exime de culpa, pero que, expuesta en unas buenas memorias, confirma que al menos Dunham sigue teniendo talento para exponer sus propias incoherencias.
