Jacobo Bergareche (Londres, 1976) ha practicado variedad de géneros y modalidades literarias. Escribe poesía, teatro, novela, ensayo y artículos en prensa. También ha hecho un libro de difícil catalogación, Estaciones de regreso, que sale de la experiencia del asesinato de su hermano Roque en Angola en 2012 y anda entre la autobiografía, la reflexión ensayística, el análisis del duelo y el sentir elegíaco.
Cubierta de 'Tío grande'.
Tío grande
Jacobo Bergareche
Libros del Asteroide, 2026
269 páginas. 20,95 €
En Tío grande parte, de alguna manera, del conjunto de trabajos anteriores y desarrolla sus asuntos como si fuera jalón de una obra en marcha amplia y versátil. La memoria apesadumbrada, la ausencia del hermano, la clausura del luto, el espíritu aventurero, las relaciones familiares o la intensa vivencia del tiempo, presentes en esos libros con dispar intensidad, reaparecen en esta nueva entrega. Pero ahora lo hace dentro de la forma bastante bien definida que desde hace un tiempo se denomina relato de no ficción.
Arranca Bergareche Tío grande con la alevosa muerte del hermano. Reflexiona sobre el vacío de su ausencia y deja testimonio de la herida o el dolor por la pérdida. Ello viene a cuento del "Torneo memorial de mus Roque Bergareche Mendoza" que él y unos amigos celebran cada año en vísperas de Nochebuena. Este magnífico inicio avanza claves del conjunto de la historia, una mezcla de memoria afligida, superación del duelo y afrontamiento vitalista de la vida. También anuncia una calculada amalgama de reflexión y acción.
Sobre estos pivotes, enseguida nos vemos en la historia del personaje central del relato, Amadou, un joven negro de Guinea-Conakri que atiende a los bullangueros contrincantes en el torneo de mus. Amadou escapó de su tierra en compañía de cinco amigos del colegio, emprendió una temeraria peregrinación para alcanzar el "país de los blancos" tras atravesar horrendos parajes durante dos años.
Logró entrar a nado en Melilla, creció en un centro de menores y consiguió trabajo en la península. El relato seductor de esta odisea le lleva a "tío grande" –muletilla con la que el africano se dirige a Bergareche– a viajar con él, un par de años después de haberlo conocido, hasta la aldea donde nació, y ya con el propósito de escribir la crónica de aquella vida lacerada y ahora satisfactoria.
Algo tiene esta trama de relato de aventuras, con muchos de los ingredientes de la literatura viajera de hace un par de siglos, lleno de riesgos y miserias, un tanto en la estela de los "curiosos impertinentes" románticos y su aleación de generosas dosis de exotismo, primitivismo, etnografía, creencias, mentalidad y asombros paisajísticos. Todo eso se encuentra en abundancia, más notas curiosas, bien medidas, interesantes y volcadas hacia una mirada antropológica amplia, que incluye una estampa vibrante de la negritud y su contraste radical con el mundo blanco.
En ese contexto destaca la figura de Amadou, con quien Bergareche despliega cualidades para la indagación psicológica que ya ha mostrado en otras ocasiones. Aquí se supera y marca un nivel muy alto. Dibuja un retrato de verdad sugerente, un personaje en cuya personalidad andan entreverados la impronta del pícaro, la ingenuidad inocente, la sabiduría instintiva y los principios de la rectitud moral intuitiva.
Ignoro cuánto habrá en esa imagen, que emana de una encantadora mirada cálida del joven, de construcción literaria o de reflejo realista, pero el efecto es magnífico, se convierte en una figura memorable, de las que perduran en la memoria del lector.
Amadou se lleva la parte del león de la historia, pero no es el hilo único de Tío grande. Espacio considerable ocupan también la fatal peripecia del hermano muerto, episodios biográficos variados y notas familiares del propio Bergareche. Y, además, alcanzando un papel principal, la relación de Amadou con un íntimo, Hamada, boxeador de mérito establecido en España. Amadou no se atreve a visitar Melilla para revivir los años de estancia aquí y encarga a Hamada que le sustituya en su papel de guía.
'Tío grande' ofrece una mezcla de memoria afligida, superación del duelo y afrontamiento vitalista de la vida
Entra en este pasaje con máxima fuerza el asunto de la amistad y el libro adquiere intensidad reflexiva moral. Esa fraternidad desinteresada e invulnerable se presenta con valor ejemplar y reconocemos en ella un alegato a favor de ciertas culturas y en contra de las relaciones egoístas dominantes en las sociedades del capitalismo occidental. El tercer mundo mantiene valores que se han perdido en el nuestro.
El acierto fundamental de Bergareche se halla en cómo desarrolla los varios hilos anecdóticos del relato. Evita la monotonía de una historia dura, aunque en buena medida previsible, mediante una narración seguida, sin capítulos, a la manera de un continuo, un todo compuesto por partes enlazadas entre sí. Se salta con naturalidad de un asunto a otro, y uno y otro se entrelazan.
Se produce el efecto de una exposición vivaz y hasta con un punto de suspense en la que se hilvanan los temas que alimentan el fondo ensayístico del libro. Este acierto en la arquitectura de la obra no se acompaña, sin embargo, en el estilo. La puntuación suele violentar el sistema de nuestra lengua, y a veces comete errores. Y se utiliza una prosa en exceso funcional, sin brillo.
Da la impresión de que Bergareche ha rematado con prisas. Pero el fondo emocional muy fuerte de la materia y el persistente enfoque especulativo hacen que el contenido se imponga a la debilidad de la escritura. Y ello ocurre todavía más por unas circunstancias ajenas a la intención del autor, las de la invasión todavía irresuelta de Ceuta por muchos millares de personas procedentes de Marruecos.
La visita de Bergareche y Hamada a Melilla afronta con horizonte universalizador el problema de las migraciones, con especial atención a los menas. Marcado por cierto buenismo, el autor ve las migraciones desde una cerrada perspectiva humanista y solidaria. Hay una tesis de fondo: reclamar y proclamar los derechos inalienables de los desplazados. De ello resulta que Tío grande encierra el reportaje vivaz de unos destinos y el ensayismo moral dentro de una envoltura ideológica.
