Con Atlántida, Nieves Chillón (Orce, Granada 1981) obtiene el IX Premio de Poesía Margarita Hierro, de la Fundación José Hierro.
Hay claridad en este libro, lo cual, en sí, no es bueno ni malo, pero es una claridad que empuja a la hora de hablar desde un lugar que toca el misterio. El poemario se anticipa con una cita en verso de Ariadna G. García y una información sobre la temperatura a la que deben congelarse los embriones.
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Atlántida
Nieves Chillón
Premio Margarita Hierro. Pre-Textos, 2026. 68 páginas. 13 €
Así, entramos con la mirada suspendida entre lo lírico y lo científico, una ciega esperanza y un dato. Y en esa red opera la autora, invocando lo sagrado, sacralizando lo biológico o haciendo herejía de ambos. “La Encarnación del Ovario Poliquístico / se acaricia su vientre / Ave María / así la han saludado esta mañana / qué gran noticia”.
Tenemos una anunciación de la fecundación in vitro. Tan enigmático el proceso de la ciencia como el de la religión, tan milagroso. La vida brota, sea desde donde sea, y la vida se desprende y concluye sin un porqué.
De esto nos habla, por este camino nos lleva, el libro, entregando el cuerpo al paisaje, la vera de los ríos, el musgo, y de su lucha por dar a luz, los órganos, las células, todo es material de la vida.
“Alarga tu raicilla minúscula / aférrate al bancal limpio de piedras”. Pero, para el mundo de lo diminuto, la vida puede ser tan rápida como la muerte, un fluir de la sangre, “el día de la sangre”, que arrastra lo que parecería que no ha llegado a ser: “al irse / dime / qué fue lo que no fue.”
Hay pérdida, pero no exactamente drama. La sustancia va tomando forma, delimitándose, requiriendo un nombre, “no sé cómo llamarte todavía / en los vaivenes de la marea amniótica”. Pero ese nombre propio, que busca el deseo, queda flotando una y otra vez, hasta tres.
El paisaje se extiende por el libro tal vez como un correlato, pero quizá se pueda ver como una forma simultánea o entrelazada de suceder las cosas dentro y fuera, en lo pequeño y en lo grande, en el cuerpo y en el territorio, en el símbolo y la tierra. Operaría así una mirada conectiva de lo vivo, no tanto un espejo o una metáfora, sino un espacio abierto en el que “aire hay para todos”.
Se estructura el poemario en cuatro partes llamadas “ciclos”, que dan idea del proceso que se lleva a cabo en cada fecundación in vitro. Pero es un sentir circular presente en todo: la naturaleza, la materia, un periodo tras el que se retorna, una revolución (en sus diversos sentidos).
Los poemas fluyen casi sin puntuación que los frene; la escritura va dejándose llevar de un verso a otro dando lugar a sugerentes dilemas de sentido. El tópico, la frase hecha, que la autora rescata en ocasiones, rompe con lo previsible en inesperados giros.
En el último ciclo, se dan los poemas más largos, aunque ninguno puede describirse como largo, y también más aseverativos.
Del primer ciclo al cierre hay un desplazamiento no solo del relato sino también del ánimo, de ese aire impulsor de la palabra, que va hacia una reclamación, un reconocimiento debido.
Conjura lo femenino con lo que guarda el cuerpo encinta, pero a la vez exorciza un otro ya innecesario, como en el penúltimo poema, “ya no siento placer bajo tu vientre / oh cazador”.
Al transcurso de los ciclos, con ese juego de fe y ciencia suplicante por el no nacido, la conexión con todo lo vivo, y la despedida del cazador, hay que añadir el epílogo que deja la lectura en un silencio, un rumor o un mantra y, rompiendo formalmente el verso final en escalera, queda todo en un último peldaño.
