Muy pocos de los obituarios publicados con motivo del fallecimiento de Luis Goytisolo, el pasado mes de julio, recordaron que el novelista impulsó una fundación cultural en el Puerto de Santa María (Cádiz). Algún día les hablaré de ella. Hoy la recuerdo porque fue allí, en el marco de la Fundación Luis Goytisolo, en noviembre de 2001, donde conocí a Sergio Pitol, en un simposio que tenía por tema “El diario como forma narrativa”.
En la conferencia de clausura del simposio (que contó entre sus participantes con Luis Mateo Díez, Juan Villoro, Enrique Vila-Matas y Jorge Herralde, entre otros), Pitol habló del diario que él mismo llevaba desde hacía décadas, leyó unos fragmentos del mismo y señaló los diarios de Thomas Mann como modelo de diario de escritor.
Quién iba a decirme entonces que, más de dos décadas después, iba a recibir el encargo de ocuparme de la edición de los Diarios de Pitol.
Antes de su muerte, en 2018, todavía me encontré con Pitol unas pocas veces, pero nunca sospeché la relación de profunda amistad que llegaría a establecer con él póstumamente, durante los trabajos de edición de sus diarios. Pues si ya la simple lectura de unos diarios de vida suele generar una particular intimidad con su autor, la lectura minuciosa que comporta editarlos no es raro que derive, como digo, en amistad.
Así me ocurrió al editar los diarios de Kafka, o más aún los de André Gide. Así me ha ocurrido al editar los de Sergio Pitol, personalidad entrañable donde las haya, tímido, frágil, simpatiquísimo, por completo carente de fatuidad ni de arrogancia, afectuoso, maniático y profundamente vital, siendo como era un buscador incansable de la felicidad.
El 'leitmotiv' de los diarios de Pitol consiste en inventariar y lamentar todo aquello que le impide ponerse a escribir: sus amoríos, sus borracheras...
Los tres gruesos volúmenes que ocupará la edición en marcha de los Diarios de Pitol abarcan algo más de dos décadas (de 1968 a 1989), las mismas en que escribió el diario de manera más o menos regular. Un periodo decisivo para el mundo, tanto política como culturalmente, y en el que se enmarca entera la carrera diplomática de Pitol, con estancias más o menos prolongadas en Belgrado, Barcelona, Bristol, Varsovia, París, Budapest, Moscú, Ciudad de México y Praga.
El primer volumen, recién publicado, comprende los diarios escritos en las siete primeras ciudades de 1968 a 1980. No son, obviamente, diarios de viaje, si bien sumados constituyen un largo viaje por Europa, durante el cual Pitol no cesa de buscarse a sí mismo como escritor.
Tiene treinta y cinco años cuando viaja en barco desde México a Belgrado para estrenarse como agregado cultural. No es la primera vez que viaja a Europa, pero sí la primera en que lo hace con perspectivas de quedarse.
Empieza a escribir el diario como quien lleva una especie de bitácora que sirva de registro de sus días; pero poco a poco el diario va convirtiéndose en el hilo que los une, no tanto narrativamente como por el hecho de que solo por medio de la escritura se siente Pitol vivir, y la escritura del diario, por rutinaria que resulte, es, durante largos períodos de su vida, la única en la que consigue disciplinarse a duras penas.
Todo es desvío para quien solo vive en la escritura. Como los de Kafka, como los de Levrero, con los que guarda cierto parentesco, los Diarios de Pitol trazan una épica de la distracción.
Su leitmotiv consiste en inventariar y lamentar todo aquello que le impide –¿de verdad se lo impide?– ponerse de una vez a escribir. Pero he aquí que ese inventario es el de su vida misma: el tiempo que le absorben sus amistades, sus amoríos, sus borracheras; sus trabajos más o menos burocráticos, su agotadora vida social; sus hipocondrías, sus adicciones (al tabaco, a la comida, a los solitarios, a la televisión), también sus siempre ávidas lecturas, sus traducciones; su compulsiva pasión viajera, su afición a la música, a la ópera, al teatro, al cine, a visitar museos y exposiciones.
Puede que el rasgo más característico de estos Diarios sea el haber sido escritos durante muchos años sin atisbo alguno de publicarlos, lo que se traduce en una total ausencia de impostación, de engolamiento. Atruena a veces el ruido de las piedras que Pitol lanza contra su propio tejado.
Únicos interlocutores de su velada homosexualidad, los Diarios descubren al Pitol amante y enamoradizo, que huye de México para realizarse sexualmente. Descubren al Pitol inequívocamente alineado con las opciones políticas de la izquierda, que evalúa a la luz de su propia experiencia en los países del “socialismo real”.
Descubren también al escritor carente de otro proyecto en cuanto escritor que el de simplemente escribir, razón por la que –sin apenas brújula cuando finalmente consigue ponerse con ellas– se le resisten tanto las novelas (más de diez años le lleva terminar Juegos florales).
En la literatura –y en la vida– rusa y centroeuropea encuentra el germen que fecundará su talento y que lo convertirá en insólito puente cultural entre esas culturas y la lengua española.
En cuanto a sus relaciones con España… La crónica que este primer volumen contiene de la Barcelona de finales de los 60 y comienzos de los 70, “una de las ciudades más vivas de Europa”, la Barcelona del Barrio Chino y de la Gauche Divine, la Barcelona del boom editorial latinoamericano, es un documento impagable, aparte del testimonio de los años más locos, feroces y felices de la vida de Pitol, de esa otra cara de su escritura.
