Manu Leguineche, Javier Reverte o Luis Pancorbo son algunos de los nombres evocados al hablar de literatura de viajes. Más concretamente, si departimos sobre narraciones contemporáneas de la aventura de recorrer el mundo. Sin embargo, la tradición literaria de las rutas por nuestro planeta tiene una prolongada tradición a lo largo de la historia.
Literatura de viajes.
Título: Literatura de viajes. De la Edad Media a la Edad Contemporánea
Autores: Ana María Freire López, Miguel Ángel Pérez Priego y Luis Alburquerque-García
Editorial: UNED
Año de edición: 2026
Disponible en Editorial UNED
Así lo demuestra Literatura de viajes. De la Edad Media a la Edad Contemporánea, libro publicado por la editorial de la UNED en el que tres expertos nos trasladan a otros tiempos y lugares de la mano de quienes contemplaron con sus ojos los mundos que después describieron.
Los catedráticos eméritos de la UNED Miguel Ángel Pérez Priego y Ana María Freire López se ocupan respectivamente de los viajes por el medievo y el Siglo de Oro y de los ejemplos de escritos viajeros que nos dejaron la Ilustración y el periodo decimonónico. El libro se cierra con la literatura de viajes de los siglos XX y XXI, compendiada por el profesor del CSIC Luis Alburquerque-García.
“La mayoría de las grandes obras de la literatura universal son libros de viaje. La Eneida, la Divina Comedia, el Lazarillo de Tormes, el Quijote…”, escribe Alburquerque-García. No obstante, algo une a todos esos ejemplos: ser relatos de ficción. Y eso los aleja del género del relato viajero, cuyo “rasgo más determinante” es “su condición factual”.
El docente del CSIC remonta a la Historia de Heródoto y la Anábasis de Jenofonte los antecedentes del relato de viajes. Pero es en la Edad Media donde empiezan los principales ejemplos de las experiencias vividas y contadas.
No pueden faltar en tiempos medievales los viajes de Marco Polo. Sin embargo, este libro se centra en la literatura española del género, y Pérez Priego subraya la Embajada a Tamorlán, de comienzos del siglo XV. Tamorlán (o Tamerlán) era un soberano de origen mongol que había construido un gran imperio en Asia Central, con capital en Samarcanda (actual Uzbekistán). Sus ataques a los turcos que ya amenazaban Europa admiraron a los reyes cristianos medievales, entre ellos Enrique III de Castilla, que no dudó en enviarle emisarios.
En la primavera de 1403 partió de Cádiz una misión integrada por varios hombres, entre ellos Ruy González de Clavijo, del séquito real, al que se considera autor de la narración. La travesía del Mediterráneo los llevó a Italia, pero también a Rodas y a Constantinopla, donde los recibió el propio emperador romano de Oriente y visitaron la majestuosa basílica de Santa Sofía.
En su ruta cruzaron el Éufrates, “uno de los ríos que salen del Paraíso”, escribió Clavijo, y tierras recorridas más de un milenio atrás por Alejandro Magno, para encontrar por fin a Tamorlán en Samarcanda y entregarle las cartas del monarca castellano. Pérez Priego destaca las “minuciosas y detalladas” descripciones de los lugares que visitan, desde montañas y grandes llanos hasta ricos palacios con “jardines regados por agua abundante”.
Ya en la Edad Moderna, encajan en el género viajero las cartas de relación en las que Colón narró su viaje al otro lado del Atlántico a los Reyes Católicos, y las de Cortés a Carlos I para informarlo de la conquista del imperio azteca.
En la narración de sus descubrimientos y vicisitudes, Colón plasmaba los paisajes tropicales: “son todos verdes y las yervas como en el abril en el Andaluzía, y el cantar de los paxaritos, que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí”.
Entre batalla y batalla, Cortés hacía lo propio con el esplendor de Tenochtitlán -de la que el libro incluye ilustraciones de la época-: “Sus calles son muy anchas y derechas, y por ellas corre el agua y circulan las canoas”... “Otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente más de sesenta mil almas comprando y vendiendo. Hay todo género de mercaderías”.
No puede faltar en esa época el testimonio de Antonio Pigafetta de la primera vuelta al mundo, del que Alburquerque-García advierte: “Pigafetta, de manera consciente, decidió borrar a Juan Sebastián Elcano de su relato, más no consiguió eliminarlo de nuestra memoria. Tampoco los Naufragios de Cabeza de Vaca, cuya primera edición se publicó en Zamora en 1542, precisa Pérez Priego, quien resalta la “precisa información etnográfica acerca de los pueblos indígenas que fueron visitando” en su recorrido a pie de más de diez mil kilómetros por el sur de los actuales EEUU y el norte de México.
En la Ilustración, Ana María Freire recorre las expediciones científicas, como la que entre 1735 y 1746 exploró América, en la que participaron los marinos Jorge Juan y Antonio de Ulloa. O la de Félix de Azara al interior del continente suramericano entre 1781 y 1801, cuyo relato es el de “un científico, un naturalista”.
Sin olvidar viajes por España de Jovellanos, Campomanes e Iriarte, ni el del espía Alí Bey -su verdadera identidad era Domingo Badía-, quien, a las órdenes de Godoy, recorrió los países árabes y el Imperio otomano.
En el XIX comenzó la edad de oro de la literatura de viajes. Y también fue cuando las mujeres empezaron a destacar en este género. Freire subraya las aportaciones de Emilia Pardo Bazán, Fernán Caballero o Carolina Coronado, publicadas en la prensa de la época.
También brillaron Emilio Castelar y Emilio Pérez Galdós, que en sus rutas por Europa contaron el momento histórico que vivieron, como la unificación italiana. O el Diario de un testigo de la Guerra de África (1859), de Pedro Antonio de Alarcón, voluntario en aquel conflicto hispano-marroquí.
Del siglo XX, Alburquerque-García pone el foco en las crónicas de Julio Camba desde Nueva York, en los relatos de viaje de Carmen de Burgos y Concha Espina, o en los de los escritores del 98, como Azorín (La ruta de Don Quijote) y Unamuno (Andanzas y visiones españolas). En la posguerra llegará el Viaje a la Alcarria, de Cela y el viaje de realismo social de Juan Goytisolo con Campos de Níjar.
El reporterismo de guerra -Maruja Torres, Gervasio Sánchez, Alfonso Armada...-, los viajes por África de Javier Reverte o Xavier Aldekoa y las rutas por España de Julio Llamazares son solo otros de los ejemplos de la riqueza de nuestra literatura de viajes.
