En su indispensable libro de reportajes políticos Miedo y asco en la campaña electoral del 72, Hunter S. Thompson escribió que el único periodismo objetivo que había visto era el de "un sistema de circuito cerrado de televisión que vigilaba a los ladrones en una tienda de Woody Creek, Colorado".
Cubierta de 'La carne'.
La carne
David Szalay
Traducción de Ce Santiago
Anagrama, 2026
344 páginas. 21,90 €
El comentario de Thompson me vino a la mente mientras leía La carne, la novela galardonada con el premio Booker 2025 del excepcionalmente talentoso escritor húngaro-británico David Szalay (Montreal, 1974). Leer este libro, premeditadamente frío y distante –entre cuyos temas principales se encuentra la alienación masculina– es como observar la acción a través de una red de cámaras de vigilancia. No habrá miradas cómplices ni guiños metaficcionales.
La carne es el sonido que emite un narrador cuando ha seleccionado y disparado a sus personajes favoritos como si fueran los Romanov. En cuanto a su estilo, un título más apropiado sería Huesos. La novela funciona porque la sencillez de Szalay, como la de Ernest Hemingway, es de esas que resuenan con fuerza.
Este libro narra la historia de superación personal de István, un joven tímido y solitario que crece con su madre en un barrio marginal de Hungría. A István le suceden muchas cosas: siendo aún adolescente y virgen, inicia una relación clandestina con una mujer mucho mayor; tiempo después se le responsabiliza de la muerte del marido de su amante; pasa tiempo en un centro de detención juvenil y también junto a soldados noruegos en Irak. Aprenderá a valerse por sí mismo en situaciones difíciles.
Lo invitan a trabajar en seguridad y se convierte en chófer en Londres de una familia adinerada. Se introduce en la familia sin proponérselo: es un proletario que se infiltra en las clases dominantes. Pronto viste trajes de Tom Ford, viaja en jet privado y se acuesta con la joven esposa del magnate.
István avanza hacia los reductos del privilegio, pero sigue siendo tosco, inarticulado y grosero. Oscuros impulsos acechan en él; parece un mero espectador de su propia experiencia, pues posee el desapego de un superviviente. También da la impresión de ser uno de esos tipos que pulsan el botón de "cerrar la puerta" seis veces en cada ascensor al que entran. Sin embargo, Szalay nos permite sentir su incipiente anhelo de significado, de experiencia, de pertenencia. Es más vulnerable de lo que aparenta. Se percibe en él la tristeza contenida de Europa del Este.
En La carne, el tiempo transcurre con una fluidez asombrosa. Szalay hace avanzar la acción, a veces varios años a la vez, de una manera imperceptible. El tono de la novela recuerda, aunque de forma sombría, a los poemas de Frank O’Hara del tipo "Hago esto, hago aquello".
La novela del excepcionalmente talentoso Szalay resuena con fuerza, como las de Hemingway
Szalay es difícil de clasificar como escritor. Sus cinco novelas anteriores tienen poco en común, salvo cierta melancolía y un interés por la masculinidad bajo presión. Conocido principalmente por All That Man Is, finalista del Premio Booker en 2016, personalmente la que más me ha impactado es Turbulencias (Tusquets, 2021), una serie de relatos interconectados que nos sumergen en la vida de los viajeros aéreos.
En La carne, István no se describe físicamente, pero la novela gira en torno a su irresistible atractivo para las mujeres. Muchas ansían entregarse a él. Parece ser lo que Lorrie Moore llamó un donk: mitad nerd, mitad galán. De hecho, cuando es adolescente, acepta con gratitud favores sexuales de la mujer madura mientras observa sus canas. Más tarde, se acuesta no solo con Helen, la mujer casada que lo contrata como chófer, sino también con la joven niñera de la familia.
La trama cobra impulso en su segunda mitad, cuando el primogénito de la familia se revuelve contra István, quien, junto con Helen, ha estado desviando su enorme herencia. Aquí está Helen, informando sobre el comentario de su hijo acerca de István: "Dijo que representas una forma primitiva de masculinidad. Dijo que le sorprendía que alguna vez me parecieras atractivo".
En La carne no hay nadie por quien sentir simpatía moral. Uno se pregunta si la trama, parafraseando el título de una novela de Anthony Powell, se reducirá a "una cuestión de educación". Pero aquí confluyen los extremos: ricos y pobres parecen igualmente vacíos y superficiales. Vivimos en un mundo carente de referentes morales, y el libro de Szalay hace que su ausencia se sienta como un dolor físico.
Admiré este libro de principio a fin aunque no llegó a cautivarme por completo. A veces, son esos libros los que te incitan a releer.
