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Menos del 1 % de la población mozambiqueña es de raza blanca, en su mayoría rescoldos de su pasado colonial, cuando Portugal dictaba la norma del país africano. Buena parte de los colonos y sus descendientes volvieron a Europa tras la Revolución de los Claveles y la independencia de Mozambique. Otros, muy pocos, decidieron quedarse. El escritor Mia Couto (Beira, 1955), gran referente de las letras portuguesas y habitual en las quinielas para el Nobel, pertenece a esta microscópica minoría.

El de Mia Couto es un caso extraordinario por este y otros motivos. Orgulloso mozambiqueño, proviene de una familia portuguesa que en los años 50 se asentó en este país subsahariano a orillas del Índico huyendo del régimen de Salazar. Sin haber cumplido la mayoría de edad se unió al FRELIMO, un movimiento guerrillero que luchaba por la independencia de Mozambique y que desde 1975 ha gobernado el país, guerra civil mediante.

A los 18 años, se trasladó de su Beira natal a la capital, la entonces llamada Lourenço Marques y más tarde renombrada Maputo, para estudiar medicina. Sin embargo, conocedores del dominio de las letras de Couto (ya había ganado algún que otro premio de poesía) desde el FRELIMO le pidieron suspender sus estudios y trabajar en el periódico La tribuna. De ahí, paso a dirigir la recién creada Agencia de Información de Mozambique y, en 1981, fundó la revista Tempo. Más tarde, retomó su relación con las ciencias y se formó como biólogo, oficio que desempeña a día de hoy en su país.

Paralelamente a su labor como periodista, nació un novelista. Y no uno cualquiera. Su formidable prosa apela a un realismo alternativo en el que la crudeza de la vida en el África subsahariana convive con un mundo mágico que no es tal. Con un dominio del ritmo soberbio, construye un mundo mitológico sobrecogedor en el que se cuestionan y dinamitan los constructos importados desde Europa. Tales dotes le han valido una buena nómina de premios, entre ellos, el Camões, el Premio de la Unión Latina y el FIL de Literatura en Lenguas Romances.

En el foco, siempre el Mozambique que lo vio nacer. Es el protagonista indiscutible de sus grandes novelas. He ahí, Tierra sonámbula, ópera prima que le hizo merecedor del reconocimiento internacional, y su más reciente y monumental Trilogía de Mozambique. Repite escenario en El río de la ceguera, su nueva novela (publicado en español por Alfaguara y en catalán por Periscopi), en la que parte de un episodio real ocurrido en la frontera con Tanzania durante los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial para insertar más tarde un fenómeno extraordinario: de pronto, estalla una epidemia que impide escribir a la población blanca de todo el mundo.

Portada de 'El río de la ceguera'. Alfaguara

El autor ha atendido a El Cultural por videollamada para hablar de esta nueva publicación, la forma mozambiqueña de entender el mundo y su opinión sobre la inmigración.

Pregunta. Los blancos sufriendo de agrafia y la población negra enseñándoles a leer y escribir de nuevo. ¿De dónde surge esta idea?

Respuesta. Con la escritura se ha establecido una jerarquía asociada a una técnica, porque se percibe como un saber superior en comparación con la oralidad. Esta última se ve como algo más infantil, perteneciente a un mundo primitivo. Este libro es mi forma de protestar ante tal concepción. Para mí, no existen los pueblos de la oralidad y la escritura. Esa frontera solamente se da dentro de nosotros. Usted, como yo, nació en una patria en la que las historias, primero, se le contaban de forma oral. Yo soy escritor gracias a la oralidad. Escribo para llegar a la oralidad, y me gusta un libro cuando se transforma en una voz. Somos una especie que crea y produce sentido principalmente debido a la voz, mucho menos y más recientemente por la escritura.

»En ciertas culturas, algo solo es verdad cuando está escrito. En Mozambique, es verdad si consigue transformarse en historia. La oralidad permite una cierta libertad, una cierta dinámica de pensamiento imposible con el lenguaje escrito. Si en mi país dices que hoy te has despertado convertido en Ángel, quien te escucha dice: "Sí, es perfectamente posible, no es algo extraordinario". Para nosotros, llamar "realismo mágico" a la literatura que se hace de este lado del mundo es un poco extraño, porque puede ser realidad.

»Pero a mí no me preocupa si es verdad o no, sino la belleza y la capacidad de enseñar las distintas formas que hay para transitar y existir en este mundo.

P. Menciona usted el realismo mágico. De hecho, hay quien emplea este término para describir su literatura. ¿No está de acuerdo?

R. Me parece que los escritores latinoamericanos fueron los que menos tuvieron que ver a la hora de crear esta etiqueta. Eso es cosa de los académicos. Los propios europeos también han tenido realismo mágico desde siempre, es una cosa que nos acompaña a todos, no es propio de ninguna cultura en particular. Cuando Kafka escribe La metamorfosis, eso no es realista. En todos los cuentos antiguos europeos se atraviesa esa difusa frontera entre lo que es magia y lo que es realidad. Nadie sabe dónde empieza una cosa y acaba otra.

P. La historia se desarrolla en 1914, en un choque entre las fuerzas coloniales alemanas y portuguesas a orillas del río Rovuma (frontera de Tanzania con Mozambique). ¿Por qué situar temporalmente esta pandemia ficticia en un episodio histórico tan aparentemente insignificante?

R. Porque es un momento muy misterioso. En primer lugar, ese suceso de un alemán atravesando el río y atacando un puesto militar portugués ocurre en un momento en que Portugal tenía una posición neutra en la Primera Guerra Mundial. Nadie entiende por qué ese médico atacó el puesto. Existen diferentes hipótesis: algunos dicen que, siendo médico, quiso conquistar una gloria militar en una especie de delirio personal; otros dicen que era parte de un proyecto de Alemania para obligar a Portugal a tomar partido en el conflicto. Es un relato que se encuentra entre el campo de la ficción y de la Historia. El lado literario de esto me pareció sumamente rico.

P. Le reconozco que lo primero en que pensé cuando leí la sinopsis de su libro —en la que se habla de una ceguera repentina que afectaba únicamente a los colonos— fue en Ensayo sobre la ceguera. ¿Tiene alguna influencia el libro de Saramago sobre El río de la ceguera?

R. De todos los libros de Saramago, el que más me tocó fue Ensayo sobre la ceguera, especialmente porque me parece que esta ceguera está presente en lo que escogemos ver, la idea sobre qué es para nosotros visible. Marca un estado antropocéntrico, ¿no? Solemos pensar que lo que es invisible para nosotros, también lo es para el resto de seres vivos. Esa imposibilidad de ponerse en el lugar del otro es la verdadera ceguera que todos sufrimos.

»Por ejemplo, existe la idea de que ahora se lee mucho menos que hace cincuenta años. Pero todo depende de desde qué perspectiva lo mires. En Mozambique ahora se lee mucho más que hace cincuenta años. Hay una tendencia a ver el fin de los tiempos que muchos países no pueden compartir. Si usted le dice a un africano: "Estamos viviendo el Apocalipsis", él te responderá: "¿Otra vez?". Todo depende de la perspectiva desde donde se lance la afirmación.

"Si usted le dice a un africano: 'Estamos viviendo el Apocalipsis', él te responderá: '¿Otra vez?'"

P. ¿El Apocalipsis es un invento blanco?

R. No sé si es un invento blanco, pero está vinculado a una forma de pensar lineal muy europea. Para muchas de las culturas presentes en Mozambique, no hay ni un principio ni un final. El Universo siempre ha existido y siempre existirá. Desde luego, desde el punto de vista individual, hay un alumbramiento y una muerte. Pero lo cierto es que todos nacemos varias veces. Cuando nos dan un nombre, nacemos. Cuando eres padre, vuelves a nacer. Cuando cambias de trabajo, también. Todos volvemos a comenzar innumerables veces. En Mozambique hay otra forma de entender el tiempo y el mundo.

P. Me mencionaba antes el aumento de la población lectora en Mozambique los últimos 50 años. ¿Eso no mata la oralidad? ¿Pueden coexistir en armonía ambas tradiciones?

R. Como he dicho antes, cuando se habla de oralidad y escritura parece que una cosa es superior a la otra. En este aspecto, los africanos hoy en día son muy eurocéntricos, se miran a través de la mirada europea. Muchos líderes africanos se definen a sí mismos y a su país por la capacidad de manejar idiomas (europeos), la escritura, y otras técnicas modernas. Para mí, la oralidad contiene una cierta divinidad que no pasa por la definición teológica de las instituciones religiosas. Uno puede ser farmacéutico o ingeniero y llamar a un curandero para tratar con los espíritus. Es una forma de coexistencia lógica para nosotros que no tiene nada que ver con el folclore.

"La oralidad contiene una cierta divinidad que no pasa por la definición teológica de las instituciones religiosas"

P. El río es un personaje central en su novela. ¿Qué significado tiene en su literatura el agua y, por extensión, la naturaleza?

R. En este sentido fue muy importante un encuentro que tuve con una mujer con la que me encontré en la orilla del Rovuma. Le pregunté por cómo llamaba su gente al río y ella me respondió con unas palabras que en su idioma significa "el agua que se queda embarazada". Para mí eso era poesía, para ella era literal: el río tiene inundaciones cíclicas, como un embarazo. Para estos pueblos los bosques, las montañas y los ríos tienen almas, no son simplemente cosas. Por eso mismo, en mis novelas estos lugares no pueden ser simples decorados, son personajes porque están vivos.

P. Se ha convertido en depositario de una tradición como la mozambiqueña, de muy difícil acceso y asimilación para un blanco. ¿Se ha sentido en alguna ocasión como un extranjero en su propio país? ¿Es fácil sentirse mozambiqueño siendo de ascendencia europea?

R. Solo recuerdo que soy blanco cuando estoy fuera de Mozambique. Cuando llego a alguna aldea, me llaman mulungo, muzungo o mucunha, palabras originalmente asociadas a un forastero, no al color de piel. Si soy el único blanco en un grupo de seis personas, a todos nos llaman igual. Pero si soy el único que habla el idioma local, inmediatamente cambio de identidad. Paso a ser de ese lugar y los demás continúan siendo extraños. La raza define, pero no determina. Si hablas la lengua, eso ayuda a que te miren de forma distinta.

P. ¿Y esto ha sido así durante toda su vida? ¿También en los años de la independencia?

R. Los casos de Mozambique y Angola fueron muy particulares porque los blancos angoleños y mozambiqueños se juntaron en la lucha de liberación. El FRELIMO estaba compuesto por gente de distintas razas. Los blancos podían participar en el movimiento, aunque en Mozambique no se les permitía estar armados.

P. Cambiando de tema, ¿qué es la literatura para un mozambiqueño?

R. Complicamos demasiado el asunto y por eso la literatura no llega a tanta gente, porque la hemos separado de la propia vida. La literatura nace de la necesidad y del placer tan humano de contar y escuchar historias. Empecé a ser escritor cuando mi madre me contaba historias. Éramos emigrantes y, como no conoceríamos a nuestros abuelos ni tíos, ella se inventó a todas esas personas en nuestra casa en África con tanta fuerza poética que realmente existían. La literatura es crear este vínculo con las historias para que el mundo y la vida tengan sentido. Como biólogo he trabajado con cazadores: el cazador necesita transformarse en el león para pensar como él y anticipar sus jugadas. Eso es la literatura: la necesidad de pensar con la cabeza del otro y de que el mundo tenga un sentido. Hay que aproximar la literatura a una visión mucho más mundana.

P. Suele afirmar que Mozambique es un país en continua creación. ¿Qué le hace falta para culminar esa génesis?

R. 50 años es muy poco para construir una nación, máxime con tal diversidad de pueblos y culturas. En un primer momento hubo una imposición de arriba hacia abajo donde nadie podía hablar sus idiomas y todos tenían que hablar portugués. Hoy lidiamos con esto con más tranquilidad. El proyecto de nación se hará un poco como en España, donde existe una nación y dentro de ella hay otras situaciones particulares. No es necesario negar las naciones que existen en Mozambique para pensar en una entidad supranacional, y la lengua portuguesa ayuda a incorporar esa idea de familia única.

P. Hablando de España, ¿cómo percibe un mozambiqueño la crisis en Ceuta?

R. Lo de Ceuta demuestra que existe una tentación mundial de culpar al migrante de todos los males del país. Es la culminación dramática y fantasmagórica de una Europa que se siente amenazada e invadida por extraños, bajo la idea violenta de que va a perder su identidad. Esa idea olvida que mucho de Europa se hizo a partir de otros. Portugal y África tienen un profundo vínculo con el norte de África, algo que hoy en día se ignora deliberadamente. Pero no es un asunto solo de Europa. Ninguna extrema derecha en Europa hubiese hecho lo que se ha hecho en Sudáfrica: fue mucho más grave, mucho más violento.