Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Orense, 1973) practica un sistemático distanciamiento de la realidad corriente en Hija del cielo. Todo adquiere una dimensión extraña: el meollo anecdótico, los personajes, el espacio y el estilo. La invención predomina sobre la copia.
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Hija del cielo
Rodrigo Cortés
Random House, 2026. 248 páginas. 20,90 €
Este rasgo capital de la novela sobresale en el argumento, la historia de una misteriosa “niña” de trece años, no queda claro, a propósito, si epiléptica, loca, endemoniada o nada más rara.
La anónima cría acusa “vacíos” y nota impulsos de “sentirse ir”. También padece la irrefrenable tentación de morder. Por ello la llevaron a tratamiento a Madrid, sin que los médicos encontraran remedio.
La solución fue recluirla en una habitación sin ventanas en una especie de colegio o monasterio situado en un imaginario lugar, Gabaón. En ese centro, el Colegio de la Estricta Observancia, será vigilada, cuidada, atemorizada y, al fin, sometida a un luctuoso exorcismo.
Se encargan de tal cometido el padre Alén, un intransigente cura octogenario; sor Adriana, la ejecutiva priora del convento, y unas cuantas monjas/madres/hermanas de la “orden jacobina”. E interviene algún personaje más.
Mientras la chica , se rebela contra su reclusión, se explaya en una dispersa verborrea y da curso a una actividad mental frenética en los límites del delirio.
La variopinta galería de personajes constituye de Rodrigo Cortés.
A los citados, se agregan sor Tomata, la joven monja fumadora que atiende a la niña; sor Maite, boticaria y algo bruja; un cura viajero, el padre Solitude, dado a discusiones teológicas, y un enigmático Hombre Guapo, que puede ser real o calentura mental de la niña, quizás un doble con quien se pelea.
, sin atisbos de densidad psicológica, un tanto marionetas que dan lugar lo mismo a comportamientos iracundos que a episodios tiernos o a jugosas manifestaciones humorísticas.
El espacio, al igual que el tiempo, está marcado por la imprecisión: nada se sabe de Gabaón, salvo su emplazamiento en el norte y cerca del mar, ni de la capital de la provincia, Eresma, ni de otros lugares cercanos.
Frente a estas generalidades,.
'Hija del cielo' oculta qué piensa Rodrigo Cortés de lo que cuenta, si se queda en un trivial divertimento
Uno habla en tercera persona y cuenta y glosa los sucesos. El otro, en primera, acoge la voz de la propia niña, para quien se dispone un peculiarísimo idiolecto: usa el condicional en lugar del subjuntivo, repite fórmulas, tiene gusto por las enumeraciones, alardea de su inseguridad y reitera sin tasa algunas palabras.
Alejado del realismo, Cortés se entrega con denuedo a la creatividad. De ahí resulta un relato de perfiles imprecisos donde , lo incomprensible, la magia, algo la alquimia, lo visionario, la mística...
Con estos materiales surge un puzle, sin más motivo que el gusto que se ha dado el autor en desplegar sus dotes de fabulador y narrador.
Deben reconocérsele robusta imaginación, buenas imágenes y ritmo verbal. Pero también incurre en concesiones efectistas y ganchos populares (el exorcismo recuerda mucho a una famosa película) que acercan la novela a la literatura de consumo folletinesca.
Además, se echa en falta que la historia tenga un sentido: la Hija del cielo oculta qué piensa Rodrigo Cortés de lo que cuenta, si lo aplaude o lo condena, o si se queda en .
