Un llamativo anillo de oro adorna la mano derecha de Nelio Biedermann (Zúrich, 2003) durante su encuentro con El Cultural en el Instituto Goethe de Madrid. Es menos discreto que el resto de sus complementos, como sacado de una tienda de antigüedades. En su centro, se aprecia un orbe verde con un sello grabado en su superficie. Es el escudo de armas de los Lázár, una dinastía de la nobleza húngara de la que desciende el escritor.
Joya centenaria propiedad del patriarca de cada generación, ha sido testigo de los vaivenes de la historia magiar del pasado siglo. Una historia de la que es también testimonio la última novela de Biedermann, Lázár (Salamandra), que recorre su pasado familiar desde los tiempos en los que esa extraña criatura bicéfala que era el Imperio Austrohúngaro todavía era una de las grandes potencias europeas, hasta el exilio de su abuelo en Suiza tras la Revolución húngara de 1956.
Entre medias: la Gran Guerra, el tratado de Trianón, la regencia de Miklós Horthy, la irrupción del nazismo, la llegada del Ejército Rojo, los atropellos de unos y otros contra la población húngara...
La novela, escrita en alemán cuando Biedermann tenía 21 años, fue un éxito inmediato en su momento de publicación y ya ha sido traducida a más de 30 idiomas. "Tienen que juntarse muchísimos factores para que ocurra algo así. En primer lugar, cuento una historia, algo que en la literatura contemporánea no es tan habitual. Además, ese pasado sobre el que escribo es para cierta gente una vía de escape de un presente muy complejo y, al mismo tiempo, hay paralelismos con la actualidad. Por supuesto, soy consciente de que también tiene que ver con mi edad", responde cuando se le pregunta por las claves de la popularidad de su novela.
Lo cierto es que uno no adivinaría la edad de Biedermann si atendiera solamente a lo prudente de sus respuestas. Tampoco a juzgar por sus dotes literarias: su envidiable dominio del pulso narrativo, su contenido y elegante trabajo metafórico (sin desbocarse en lo poético, como es habitual en los autores bisoños) y su capacidad para construir unos personajes vivos fuera de todo tópico invitan a imaginar que hay un escritor mucho más maduro detrás de Lázár.
Nelio Biedermann durante la entrevista con El Cultural.
Su apariencia física, eso sí, lo delata: un fino bigote castaño es el único vello facial en su rostro, por lo demás juvenil. Su cabello, rubio y ligeramente desarreglado, hace que sea fácil imaginárselo como uno de esos desaforados personajes del Romanticismo alemán herederos del Werther de Goethe.
Los cimientos de Lázár son todas las historias que llegaron hasta los oídos de Biedermann durante su infancia. "Todo ese anecdotario familiar, que se transmite de generación en generación, llega un momento en el que se convierte en algo así como una leyenda conforme se va distanciando en el tiempo", sostiene.
Cubierta de 'Lázár' de Nelio Biedermann
Esta es la razón de la curiosa danza a dos bandas que mantiene la novela con la ficción y la realidad. Por un lado, está toda esa documentación (fotos y cartas) que ha acumulado el joven escritor a lo largo de los años, sobre la que se apoya para narrar la historia familiar. Por otro, sin embargo, hay demasiadas lagunas como para apoyarse únicamente en lo factual. ¿La solución? La literatura. Y es aquí donde Biedermann demuestra un admirable músculo poético.
"Al principio era muy frustrante encontrarme con tantos vacíos e incongruencias. La falta de información hace que a priori el trabajo parezca más difícil. Pero ahora, echando la vista atrás, estoy muy agradecido de que haya sido así. En realidad, para un escritor es mucho más interesante fabular en lugar de limitarse a consignar lo que ocurrió en el pasado. ¿Qué atractivo tiene eso? Yo quería escribir una novela, no un libro de Historia", reflexiona.
Nelio Biedermann antes de su conversación con El Cultural.
Pregunta. ¿Y dónde empieza la ficción y acaba la realidad? ¿Siguen siendo tus familiares? ¿Sigues narrando la historia de tu abuelo?
Respuesta. Ahí está una de las claves. Es mi árbol genealógico, pero a la vez no lo es. El hijo de Lajos, Pista, es mi abuelo, pero no lo es. Ambos vivieron historias muy parecidas que parten del mismo lugar y van al mismo destino, pero los personajes de mi novela viven cosas que solo han existido en mi imaginación y, más tarde, en la novela.
"No es verdad eso de que la vida escribe las mejores historias. Lo cierto es que a la imaginación no la supera nada"
De hecho, Biedermann empieza a fabular desde la primera página, con el nacimiento de Lajos, un niño (que el escritor relaciona con su bisabuelo) de "mirada aguamarina" y una piel transparente "que dejaba ver los órganos de su interior". "Para mí —detalla— era muy importante tener desde el principio esa libertad al escribir y liberarme de la sensación de estar atado a la realidad. A menudo me daba cuenta de que tenía ideas que superaban lo que había ocurrido realmente. No es verdad eso de que la vida escribe las mejores historias, eso es algo totalmente arbitrario. Lo cierto es que a la imaginación no la supera nada".
No obstante, conforme la historia se acerca a nuestros días, la ficción parece perderle la batalla a la realidad. De una primera mitad de la novela en la que el muchacho de piel transparente vive en un tiempo de apariencia mitológica, en un castillo rodeado de un bosque que parece sacado de un relato de los hermanos Grimm, la narración pasa a contarnos las peripecias que vive la familia cuando Lajos ya es el pater familias y tiene que enfrentarse al desmoronamiento de su vida privilegiada.
"Todas estas historias me las contaban los adultos cuando era niño como si fuera un cuento de hadas. De eso es de lo que bebo sobre todo al principio. Pero cuanto más nos acercamos a la Segunda Guerra Mundial y a la llegada del comunismo, más información hay disponible, más fotografías, más documentos... así que había menos espacio para la imaginación. Además, los horrores de esos años piden ser contados con sobriedad", señala.
La crítica alemana ha hablado de la influencia de la tradición centroeuropea en la escritura de Biedermann, pero él no está de acuerdo: "De hecho, he leído más realismo mágico y más literatura latinoamericana que centroeuropea. Tampoco sé dónde empieza Centroeuropa y dónde termina. Por supuesto, me crie con una forma de pensar centroeuropea, pero, al mismo tiempo, Proust y García Márquez fueron una gran referencia durante el proceso creativo".
Con el realismo mágico hemos topado. Ciertamente, es fácil relacionar ese castillo en el bosque protagonista en los primeros capítulos de Lázár con el hogar de los Buendía en Cien años de soledad. Ese estilo que popularizó en su día García Márquez, o algo parecido a él, parece estar convirtiéndose en una herramienta recurrente para contar un siglo XX cada vez más remoto. En España ya lo vimos en la Península de las casas vacías de David Uclés. La Historia —parece decirnos esta nueva generación de autores— solo necesita el tiempo adecuado para convertirse en leyenda.
