En tanto que autor singular relativamente guadianesco, la literatura de Tom McCarthy (Londres, 1969) es de esas que amas o detestas. Su propuesta, le gusten o no las etiquetas, cae de lleno en lo que entendemos todos por posmodernismo literario, con un pie siempre puesto en el pop, en lo popular, y otro en el juego, en el experimento.
Su suerte editorial en España resulta también algo peculiar: su primera novela, Residuos (2005), vio la luz en Lengua de Trapo; sus tres siguientes, Hombres en el espacio (2007), C (2010) y Satin Island (2015), en Pálido Fuego; y ahora la última, rebautizada para la ocasión como Caja 808 (2021), ha aparecido en la joven De Conatus, que tantas sorpresas nos está deparando.
Con esto quiero resaltar que su atípica novelística está disponible al completo en castellano, lo cual resulta de lo más reseñable en los convulsos tiempos que corren. Constatamos pues la existencia de cierto culto alrededor de McCarthy, que es sin duda uno de los escritores más brillantes e interesantes del momento.
Portada de 'Caja 808' de Tom McCarthy.
Caja 808
Tom McCarthy
Traducción de Laura Fernández
De Conatus, 2026
436 páginas. 24,90 €
Sentado lo anterior, no debería haber problema en reconocer que Caja 808 deslumbra tanto como desconcierta. Su lectura se nos hace fascinante a medida que nos vamos dando cuenta de la elocuencia con la que está construida la novela, de la facilidad con la que las partes forman parte de un todo cósmico y majestuoso, gracias especialmente a una narración poderosísima que te engulle a la vez que te hace sentir el lector más inteligente del mundo.
Pero por debajo del celofán literario, tan arquitectónicamente perfecto, tan intelectualmente profundo, transcurren una serie de acciones (llamémosle tramas: la de la filmación de una soap opera de ciencia ficción con ínfulas shakesperianas en la que se quiere que todo lo espacial sea científicamente exacto, la de la empresa encargada de conseguir lo anterior, la de la búsqueda de la caja 808 perteneciente al legado de la científica Lillian Gilbreth donde se espera encontrar la solución a todos los problemas de “realismo” que tiene la película…) que no parecen llegar nunca a ningún sitio, ni falta que hace, que conste.
Esta sensación, quede claro, no obedece a un fallo de la escritura sino que forma parte de lo que quiere hacer McCarthy, aficionado al despiste y a los callejones sin salida, lo cual es bueno saberlo, pienso, para no llevarse a engaños.
Así, casi todo en Caja 808 huele a McGuffin, lo que no quita para que la novela tenga un final redondo y maravilloso. En lo que tiene de quest, el texto se presenta como una obra de lo más absorbente y apasionante. Pero en su empeño por explicar lo innecesario, lo inexplicable, puede llegar a pecar de plúmbeo tenga uno más o menos conocimientos técnicos al respecto.
Y entre medias, divertidos juegos referenciales: con los Beatles, con Barbarella, con 2001: Una odisea del espacio… Las comparaciones con Thomas Pynchon son odiosas, soy consciente de ello, pero ahí las dejo para desmentirlas o disfrutarlas, según el caso.
Terminada de leer la novela, no queda otra que destacar el impecable y sorpresivo trabajo de traducción de la periodista y narradora Laura Fernández, sin el cual no sería nada entendible. No hablo aquí, claro está, del mero volcado del inglés al castellano sino de la claridad expositiva-narrativa, puramente literaria, aplicada a la traslación de un fraseo que, en origen, se percibe en sí mismo tortuoso, aunque solo sea por la proliferación de tanta terminología técnica. En sus manos, sin embargo, Caja 808 parece no haber sido otra cosa que un juguete infantil en constante movimiento oscilante.
